Recordando estos días a mi malogrado amigo Pepe Muelas, evoqué una conversación con él y con Juan Francisco Pérez Avilés, en la que surgió la idea de instituir una ruta de Mr. Witt (por la novela de Ramón J. Sender), y de paso vindicar una memoria histórica del Cantón.
Recordé que me tomé en serio esa conversación, y que escribí un texto dándole forma. Eso fue en 2014; algo ha llovido.
Pero he buscado en mi ordenador, y voilà, helo aquí:
§ 1. SE TRATA de trazar una ruta o paseo por algunos escenarios posibles que pudo conocer el personaje de Ramón J. Sender, de haber existido en 1873, y hacer una serie de paradas en lugares donde se pueda beber y comer algo (sería interesante ofrecer para beber vino del campo de Cartagena, pues la novela cita el vino de Campo Nubla, posiblemente vino dorado), y allí unos personajes vestidos de época podrían pronunciar un breve discurso o diálogo, cuyos contenidos se sugieren más adelante ad exemplum, y donde se podría aprovechar para recuperar las mineras, cartageneras -o el palo que sean- que el propio Sender recopiló y que más abajo transcribimos con el ámbito que tienen en la novela.
§ 2. UNO de los motivos -además del lúdico- del paseo es el de vindicar la memoria histórica de la Insurrección Cantonal. Cabe preguntarse, sin embargo, si aún no será polémica -para muchos- dicha memoria histórica, a pesar de que se trata de un hecho aún más lejano que la Guerra civil. Y si no repárese en las siguientes cuestiones -que no son objeto de discusión para ningún historiador, pero que chocan con una tradición anti-histórica arraigada en sentimientos y pasiones-:
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-que el Cantón se llamó en su origen “Murciano” porque en esa época a los cartageneros no parecía producirles urticaria esa vecindad regional (y así, El Cantón Murciano, se llamó al periódico que los revolucionarios editaron mientras duró la insurrección; Antonete Gálvez era natural de Torreagüera, donde se conserva su casa).
-que el Cantón no aspiró a crear una “provincia” de Cartagena, ni fue de derechas, ni centralista, ni monárquico, ni católico, sino todo lo contrario: fue un movimiento revolucionario para establecer la República Federal en España. Y tiene cierta similitud con la Comuna de París de 1871, algunos de cuyos protagonistas se refugiaron en nuestra ciudad (también varó algún garibaldino, ya más pasado que el arroz para esas fechas).
Todo lo dicho, por fidelidad a la verdad histórica y por llamar a las cosas por su nombre, y sin que sirva de apología a esas ideas; en especial, no tengo inconveniente en proclamar mi oposición frontal al federalismo en España. De otro lado, de los auténticos problemas que Cartagena padece por el centralismo de la administración murciana no puede hacerse responsable a nuestros paisanos de allende la sierra de la Cadena.
§ 3. OTRO tema que se debería comentar es el de la propia conservación de los escenarios de la Cartagena de 1873.
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Cartagena fue bombardeada por los centralistas, que dejaron intactos pocos edificios. Después, una burguesía civilizada y aún cosmopolita edificó sobre sus ruinas una ciudad espléndida de hôtels que más que modernistas, corresponden a ese eclecticismo decimonónico que aún hoy confiere caché a muchas ciudades de Europa.
Durante la última guerra civil, la aviación franquista bombardeó esta bella ciudad, que aún así sobrevivió, para ser devastada con mayor eficacia que los Junkers o los Savoia-Marchetti por una política urbanística desastrosa, basada en el derribo sistemático del casco histórico. Sin duda esto también condiciona el planteamiento de la ruta.
§ 4. EN CUANTO a los puntos de interés que hay que tener en cuenta para el paseo, los voy a referir, si bien advirtiendo que me parece imposible usarlos todos, pues alargaría demasiado la jornada, y acaso sería incómodo si viene alguna persona de edad.
Por la misma razón no tomamos en consideración los castillos, especialmente el de la Atalaya, pese al enorme interés que tuvo en los hechos y que lo cite la novela, precisamente porque ya convertiría la ruta en un evento deportivo.
Son los siguientes:
-El antiguo Penal, luego Cuartel de Instrucción de Marinería, actualmente Facultad de Empresa de la Universidad Politécnica.
-La Muralla del Mar. Allí residía Mr. Witt. Sólo queda en pié de esa época, además de la propia muralla de Carlos III, la antigua Capitanía del siglo XVIII (hoy Servicios Generales de la Armada) y los bajos de un edificio de piedra casi al final de la calle.
-El baluarte del cerro de San José, a la espalda de cuartel de Antiguones. En sus muros exteriores están aún las marcas del bombardeo centralista. Es el último vestigio intacto del bombardeo de 1874, y sería importante velar para que el día que el baluarte sea restaurado, esas marcas no desaparezcan.
-La Cuesta de las Monjas y el Pasaje de la Virgen de la Soledad. Allí, al borde del barrio de los pescadores hoy desaparecido por la excavación del teatro romano, según el libro, se cantaba una cartagenera, así que la parada parece obligatoria, también por las buenas condiciones del lugar, con dos locales ubicados en edificios que ya existían en 1874: El Soldadito de Plomo, ubicado en la notable casa Spottorno, con un bello patio interior con un gran portón donde ya se ha representado micro-teatro, y que tiene asociadas algunas interesantes historias desconocidas del gran público; los mismos encargados recuerdan a través de la temática del local la visita que en el siglo XIX hizo Hans Christian Andersen a nuestra ciudad; y también el bar de La Catedral, hoy lamentablemente cerrado, cuyo local es un verdadero palimpsesto de elementos arquitectónicos históricos.
-El Molinete. Fue un barrio muy popular, con tabernas y lupanares muy frecuentadas por marineros. Nada queda del barrio, salvo alguna de las calles de acceso (actualmente en la esquina de calle del Adarve con Balcones Azules existe una fonda), pero en lo alto del cerro hay una cafetería con excelentes vistas.
-El Parque de Artillería. Uno de los hitos más dramáticos del sitio fue la explosión del Parque (no sabemos si por alcanzar un obús los depósitos de pólvora o por las malas condiciones de ésta). La destrucción y la mortandad incluso entre civiles fue elevada, pues muchas mujeres trabajaban allí y llevaban con ellas a sus hijos. Se podría aprovechar para poner unas flores en memoria de las víctimas. Actualmente hay al menos dos locales de hostelería que usan las viejas bóvedas del Parque, así que la parada es ineludible. Es además un lugar muy espacioso, que tiene por tanto muchas posibilidades para representar.
§ 6. EL ITINERARIO que yo sugiero es el siguiente:
Cuesta de las Monjas/callejón de la Soledad, Molinete, Parque de Artillería, calle Canales (porque se cita en el libro como lugar de cante, y allí hay dos locales que pueden ayudar: La Posada Jamaica (si algún día vuelve a abrir al público) y especialmente el restaurante La Universal; y para acabar, el local “Mr. Witt”, por el nombre.
Se puede ampliar el recorrido con una parada en la calle Jara para aprovechar el local de la Uva Jumillana.
§ 7. TRANSCIPCIÓN de todos los textos de la novela donde figuran las coplas.
Ramón J. Sender se tomó el trabajo de recopilar una serie de letras de cantes populares, sobre cuyo exacto origen habría que consultar con un flamencólogo. Es posible que la atribución a la época cantonal de alguno de ellos no sea del todo rigurosa, pero desde luego él se los encontró en nuestra ciudad a mediados de la década de 1930, cuando aún quedaba viva mucha gente que había vivido el Cantón (un hombre de 25 años en 1873 contaba con 85 en 1935), y no cabe duda de que conversó con muchos testigos de la época.
Tanto en La Unión como en el Conservatorio de Cartagena trabajan buenos cantaores y guitarristas, que a la vista de las letras saben muy bien el palo en el que hay que tocarlas. Musicar todos estos textos en los palos cartageneros me parece un proyecto de recuperación muy especial, pues podría incluso editarse una grabación. Este proyecto no tiene por qué ser costoso.
§ 8. TEXTOS tomados de “Mr. Witt en el Cantón” (las notas al pié no pertenecen al original; son de nuestra responsabilidad):
Aquella noche el maquinista Vila recibió un recado en “La Turquesa”1. Al día siguiente había que encender las calderas. El maquinista Vila nunca preguntaba por qué. Las órdenes eran siempre justas, y cuando mandaban una cosa era porque no debían mandar otra.
(…)
Al lado, en otra mesa, bebían, y a veces cantaban a compás, unos vidrieros de Santa Lucía, que tenían fresco el jornal. A la Turquesa no le gustaban las largas sesiones de cante en las que se obstinaban algunos clientes, a pesar de que a veces las coplas eran muy de su gusto. En aquellos días se cantaba a menudo esta cartagenera:
Quieres, Marín, que yo
cante al clero y la monarquía;
no comprendes, ignorante,
que esa opinión no es la mía.
¡Que vaya el nuncio y les cante!
Al terminar, comenzaban todos a batir palmas con el ritmo del tango, a contrapunto, y eso era lo que molestaba más a la Turquesa. El vino les aguzaba la sensibilidad, y repetían, uno detrás de otro, cartageneras, carceleras2, hasta sacarles todos los matices. A veces se discutía sobre el “deje” de uno y la “caída” del otro. Eso no le gustaba a la Turquesa. Le parecía poco serio en una casa donde no “entraba nunca la vigilancia”. Pero esta noche no cantaban cartageneras, sino un romancillo que se oía en la calle, en los patios interiores de las casas, en todas partes:
Antonete está en la Sierra
y no se quiere entregar.
No me entrego, no me entrego,
no me tengo de entregar
mientras España no tenga
República Federal.
(…)
Se quedaron un momento en silencio, durante el cual, por la ventana abierta, se oyó mejor el martilleo de docenas de hombres sobre planchas de hierro. A veces cantaban los obreros a compás, y más por el ritmo que por la letra Hozé identificó la canción:
Hasta la Virgen del Carmen
se ha vuelto republicana.
La irreverencia de considerar republicana a la patrona de la marinería le hería al director en lo hondo. Se levantó:
—Ya saben ustedes. Fuera del Arsenal y de las horas de trabajo, lo que quieran.
(...)
El poblado carecía entonces de vegetación casi por completo. Tenía un aspecto andaluz como las aldeas de Cádiz. Muy encalado y tal cual chumbera, desesperada en gestos histéricos. Los críos se defendían de las moscas como podían. Las mujeres, de la anemia. Los hombres, del propio rencor. Pero, a pesar de todo, para quien no estuviera en antecedentes, Escombreras tenía un aspecto suave, tranquilo, casi idílico.
Ya se van los quintos, madre;
sabe Dios si volverán;
se van, los pobres, cantando
para no oírnos llorar.
Esto de las quintas era la preocupación máxima en los hogares de Escombreras y en casi todos los hogares campesinos de entonces. Tadea, la mujer de Paco, que tenía una fuerte personalidad y discutía de política con los hombres, solía contestar antes de la República:
Si la República viene
no habrá quintas en España.
Las mujeres se burlaban un poco de la Tadea, viéndola siempre con hombres, de igual a igual.
(…)
Por la tarde buscó a un muchacho que nadaba como un pez, a Cristobaliyo, — chico de trece años, cuyo padre había muerto el año anterior en el ejército del Norte peleando contra los carlistas. No tenía familia, porque su madre había muerto antes que el padre y los dos eran forasteros (habían ido a
Escombreras al reclamo de la fábrica). El chico quedó desamparado y los vecinos lo atendían. Uno le enseñaba las pocas letras que sabia. Era un jornalero que cantaba bastante bien y que desde que aprendió “de letra” incorporó a su repertorio esta cartagenera:
Escombreras para mí
y el Hondón para mi hermano;
y el que no sepa escribí
que vaya en cá el escribano
y le enseñe, como a mí.
(…)
En Escombreras y El Hondón las Cruces de Mayo tenían más importancia que en la ciudad. Lo mismo en el Arco de la Caridad que en la plaza de los Caballos, la Cruz de Mayo no era sino un pretexto para ensayar los rapazuelos la mendicidad y otear las mozas la nueva primavera entre el ramaje cortado, las candelillas y las cartageneras.
Bajaban cantaores de Herrerías, a pesar de la canción reiterada todas las noches en la esquina de la Subida a las Monjas por un flamenquillo de voz bronca:
En la villa de La Unión
dicen que no hay cantaores.
Cuando vino Juan Ramón
cantaban los ruiseñores...
y también cantaba yo.
O la otra que terminaba con tres versos famosos en toda la costa mediterránea, de Castellón a Huelva:
....la noche la vuelvo día
cuando monto en mi caballo
y hablo con Ana María.
Resucitaban las coplas con bríos de primavera en el campo y en el mar. En el mar se suele anunciar la primavera con canciones, sobre todo en esos mares como el de Cartagena, encerrados entre montes áridos, sin árboles. Malagueñas bravías. Malagueñas con hierro en la garganta y un poco de pena salvaje y solitaria, que en la malagueña de Málaga es dulce como su mar. Eso es la cartagenera. Y en aquellos días las Cruces de Mayo no eran sino un poco más de vino y de canciones al obscurecer.
En la calle de Canales cantaba Paco el Herrero, le acompañaba Chilares, Pedro Morato, el pequeño, y Enrique el de los Vidales.
Las coplas de intención política apenas se cantaban. No hacía falta. Por cantar las otras, las del repertorio popular, serrano o marinero, no dejaba de estar presente en la calle, en el puerto, en la guitarra y en la caña de Moriles la fiebre del federalismo.
Pero donde las Cruces de Mayo tenían más relieve y pompa era en los pueblos próximos, especialmente en aquellos en los que abundaba el campesino. El Hondón más que Escombreras. Escombreras más que Santa Lucía.
En el Hondón los alfareros y los campesinos se reunían en una casa de la Media Legua, donde había una Cruz de Mayo que venía siendo de años atrás la más celebrada. Mozas y viejas acudían a escuchar el cante, las relaciones y los mayos. En la Cruz de la Media Legua el cante no solía tener el aire sombrío y dramático que tenía en El Molinete. Todo era allí ligero y alegre. Coplas en las que se hablaba humorísticamente incluso del querer. Con esa tendencia al amor vicioso que abunda entre los aldeanos y que los viejos alegres glosaban con escándalo de las muchachas, todo se anegaba en torrentes de risa y miradas turbias, Si algo bueno había en aquello era la confianza y el amigable abandono a que se entregaban.
Hacía muchos años que no se había producido ninguna reyerta, y tenían que remontarse a la memoria de los más viejos para recordar un crimen de aquellos tan frecuentes en La Unión.
Con el Ladrillero, viejo cantaor, se habían agrupado al pie de la gran cruz de hojarasca varios labriegos. En grupos próximos se bebía y las mozas escuchaban y reían escandalosamente, La noche era tibia y húmeda. La brisa que llegaba del mar traía frío; pero entre el baile y las copas, a nadie se le ocurría cerrar la puerta, que debía quedar abierta, además, para todo el que quisiera entrar. El Ladrillero cantó:
Estoy pasando por tí
más penas y más trabajos
que pasó el tío Marín
cuando lo corrió un lagarto
en las lomas del Perín.
¿Quién sería este tío Marín de las coplas? ¿Era el protagonista de la cartagenera? En todas partes donde se rasgueaba una guitarra tenía que aparecer el tío Marín en cuanto el cantaor abría la boca. ¿Seria el minero con la salud quebrada, pero el humor firme, ya entrado en años, que para mayo mordía el tallo de un clavel en los quicios de Cartagena? El tío Marín es la copla mitad gitana, mitad levantina que rueda por la falda de los cinco montes cartageneros. Pero nadie había visto al tío Marín. ¿Calzaría esparteñas de Cieza? ¿Bebería en ca la Turquesa o en la caminera tasca de Alumbres? ¡Cualquiera sabía quién era el tío Marín! Aunque, desde luego, era “mucha persona”.
En la Media Legua comenzó el baile entrada ya la noche. El Ladrillero bebía todo lo que le acercaban. Su cara salía del horno cada día como una pieza más de alfar, rojiza y tostada. La mitad del año era campesino y la otra mitad alfarero. Con los jornales del tejar pagaba el vino del verano. Las mozas se separaban de las casadas, más licenciosas y, sin embargo, menos prontas al jaleo de los mayos. Se divertían tanto como ellas, pero de otra manera. Cuando el baile estaba más animado, entró un hombre, abriéndose paso entre los grupos. Llevaba el rostro pintado de cal o harina. Dio un brinco, quedó plantado en medio, apoyado en una caña que usaba como signo de autoridad. Extendió el brazo izquierdo desnudo, cubierto de vello rojizo por el polvo y el sol, y dando con la caña en el suelo dijo:
Alto el baile; yo primero y luego naide.
Sobre el rostro enharinado lucía un casco de piel de cabra en la cabeza. Todos se hicieron atrás, riendo y alborotando. ¿Sería el tío Marín?
Una mozuela gritó:
—El tío Marín es pastor.
Con su aire majestuoso, el supuesto tío Marín volvió a golpear el suelo con la caña y respondió:
—Soy pastor. Tengo una punta de ovejas y dos perros.
Comenzaron las viejas y las jóvenes casadas a escandalizarse. Los mozos preguntaban al pastor:
—¿Mayo o relasión?
El enharinado respondía para todos los gustos:
—Si quieres mayo, mayo. Si no, relasión.
Todos querían las dos cosas, Por el mayo, una copa. Otra por la relasión.
—Entonces —añadió el pastor— comenzaremos por la relasión.
Y cantó el romance de Gerineldo, acompañado por el Ladrillero, que le quitó la guitarra a su vecino. En aquella asamblea campesina sonaban las estrofas con limpieza. La gala del romance llegaba a todos, la entendían todos, colgaba imágenes fantásticas en la sombra de la noche levantina, encendía lo inefable en los últimos sueños de la marina gitana.
Gerineldo, Gerineldo, traía un aura de Castilla, popular y culta. La misma guitarra sonaba a clavecín.
Cuando terminó la relación, los campesinos pidieron trovos, pero las viejas esperaban el mayo que había prometido al entrar, y el pastor volvió a dar un brinco y extendiendo los dos brazos hacia las mozas gritó:
—Mayo será si las mositas disen mayo.
—¡Mayo, mayo! —gritaron varias.
El silencio de anhelo, de esperanza y también de miedo —los mayos daban miedo a las mocitas de Herrerías—, abría alrededor del pastor nimbos religiosos bajo la Santa Cruz de hojarasca.
—Soy el pastor Marín, con su punta de Ovejas y sus dos perros.
Metió el índice de cada mano en su boca y volviendo la cabeza atrás silbó dos veces.
—¿Dónde están las ovejas?
Varios campesinos entraron a cuatro manos en el corro. Les cubría una piel de cordero y balaban. Uno llevaba un delantal colgando de las ingles, como los machos sementales fuera del tiempo del celo. Las bromas obscenas, suficientemente veladas para ser entendidas sin demasiada vergüenza de las vírgenes, salieron de aquí y de allá. El pastor volvió a dar su zapateta y su golpe con la caña y explicó que sus perros llegarían después. ¿Cómo se llamaban sus perros? ¡Ah, sus perros se llamaban con nombres extranjeros! En Cartagena, donde eran familiares los nombres alemanes e ingleses, no podría extrañarse nadie de que el perro de un pastor se llamara Jones.
El Ladrillero quiso intercalar una copla y, aunque los mozos se opusieron, la soltó, quedándose con los últimos versos entre los labios, por creer, quizá, que no venían a cuento:
... que al castillo de Galeras
se le han llevao al amante
y ella se muere de pena.
El pastor respondió haciendo un paréntesis:
—A Galeras ya no vamos nosotros, los pobres. Ahora van las personas desentes.
(…)
El grupo se perdió en las entrañas de la noche, mucho antes de llegar a la puerta de San José. El faro de cabo Palos echaba sus ráfagas al cielo y del puerto subía rumor de oleaje3. En la cruz de mayo de Media Legua quedaban tres viejos y algunas mocitas, muy aburridos. Uno de ellos cogió la guitarra que había abandonado el Ladrillero y rasgueó torpemente. Una mocita cantó, con su vocecilla delgada e insegura:
Castillo de las Galeras,
ten cuidao al dispará,
porque va a pasá mi amante
con la bandera encarná.
(…)
Y el tren seguía rodando hacia Hellín, dejando detrás paisajes bravíos, montes y simas pelados y cenicientos, sin un árbol, sin un arbusto. Esparto en las laderas del Mediodía y hierro en la entraña difícil.
Mucho antes de llegar comenzó a anochecer. Los soldados cantaban en grupos. Sus rostros, brillantes de sudor, se acercaban a los aros de las ventanillas, y al pasar frente a alguna aldea el que lo sabia decía su nombre y los demás lo repetían para volver en seguida a cantar con indolencia.
En la ventanilla más próxima al vagón del Estado Mayor asomaba un rostro atezado —ángulos azules de gitano— que cantaba a plena voz cuando las palmadas a contrapunto de sus compañeros cesaban:
Yo nací en el Garbanzal,
me crié en las Herrerías,
y al que pregunte por mí
me llamo José María,
de Antonete el cornetín.
A veces las cartageneras con Paco el Herrero, Chilares, ritmo de fragua y yunque, dejaban paso a las alegres seguidillas:
Un fraile y una monja
dormían juntos
porque tenían miedo
de los difuntos.
(…)
Un centinela de infantería de Marina cantaba al pie de una tronera de la muralla, bajo el balcón:
Metí la mano en tu pecho
y me picó un alacrán...
(…)
Alrededor de las guardias se convocaban en la hora del rancho docenas de niños andrajosos, sucios, comidos de las moscas. No había en sus caritas el menor dramatismo. La mugre no era en sí misma dramática.
Con el mendrugo o la cabeza de un pez entre los dientes correteaban y se perseguían. A veces un grupo cantaba, llevando el compás con el pie desnudo:
Agüil, agüil,
que vienen los moros
con el candil.
A matar escarabajos
con trompetas y caballos.
Agüil, agüil,
que vienen los moros
con el candil.
(…)
Las mujeres que salieron temprano hacia la plaza de Abastos se encontraron en medio de la calle del Salitre un hombre muerto. Se había aplastado las narices y roto los dientes contra el empedrado. Su cabeza descansaba sobre un charco de sangre. Lo identificaron enseguida, aunque nadie sabía su nombre. Era un aljecero de San Antón, ya viejo, que fue separado del servicio de la defensa cantonal porque su miopía le incapacitaba para usar el fusil. Desde entonces se había dedicado a componer coplas alusivas a la deslealtad de unos jefes y a la cobardía de otros y las recitaba o cantaba a quienes querían escucharle. Al principio la gente se indignaba, pero como no tardaban en advertir por cualquier detalle que el viejo no estaba en su juicio, lo dejaban en paz con sus manías. El aljecero fue observando que a medida que arreciaba en sus coplas el hambre se hacia más dura. La gente, que difícilmente encontraba alimentos, no quería compartirlos con aquel viejo deslenguado. Los últimos días había abandonado sus coplas mordaces y componía otras. El hambre rechazaba la ironía. Con una voz tenue, que apenas salía de los dientes, hacía un relato de comidas espléndidas. En su fantasía se permitía ciertos sibaritismos como el de
...buen vino de Campo Nubia4
en jarrico del Hondón.
Hacia sus diminutivos en ico porque procedía del campo murciano.
Aquella madrugada fue hallado muerto en la calle vieja del Salitre, estrecha y obscura como un ataúd. Las mujeres formaron corro. Al principio creían que estaba borracho.
(…)
Los chicos se nutrían como podían: con el sol, el aire y con la alegría de sus juegos, que seguían siendo —dramática lección de serenidad— juegos de paz bajo los cañones:
¿Dónde va la cojita?
Piu, piu, píu, pa.
Pero ahora, alrededor del cadáver del aljecero, las mujeres, los viejos iban resucitando sus pasiones, vivas en las coplas. Odiaba a los que le quitan lo suyo al pobre para darle al rico más;
Y cuando sus trovos iban por ese camino, la gente le escuchaba, olvidando sus manías. Pero de pronto arremetía contra el general Contreras:
Quié cobrarse en Cartagena
los despresios de Madrid.
La gente dudaba. No faltaba alguno que se ofendiera por cuenta del Cantón, y entonces todos lo insultaban y lo dejaban solo.
(…)
Al frente de la manifestación iban dos voluntarios con banderas rojas. En el aire había otra vez una pujanza nueva. Optimismo, fiebre en la sangre y hasta cartageneras. Hasta una variante de la copla de las Galeras, que nadie cantaba, pero que estaba en los oídos de muchas mujeres:
Cañones de las Galeras
callarse y no tiréis más,
que pasan los voluntarios;
que pasan los voluntarios
con banderas encarnás.
1Suponemos que “La Turquesa” se encontraba en El Molinete.
2Este palo, la carcelera, sí existía antes de 1874, como se colige de un texto de Federico García Lorca sobre el Cante Jondo, y que fija en el Penal de Cartagena su origen.
3Aquí Sender se toma una licencia literaria excesiva: desde Cartagena no se ve la luz del faro de Cabo de Palos (ni siquiera desde lo alto del Cerro de San José).
4Errata o desconocimiento del texto original. Sólo puede referirse a “Campo Nubla”. Casi seguro que debía tratarse del tradicional vino dorado elaborado con uva meseguera.


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