sábado, 3 de enero de 2026

Un proyecto para celebrar La noche (o la ruta) de Mr. Witt




  1. Recordando estos días a mi malogrado amigo Pepe Muelas, evoqué una conversación con él y con Juan Francisco Pérez Avilés, en la que surgió la idea de instituir una ruta de Mr. Witt (por la novela de Ramón J. Sender), y de paso vindicar una memoria histórica del Cantón.

    Recordé que me tomé en serio esa conversación, y que escribí un texto dándole forma. Eso fue en 2014; algo ha llovido.

    Pero he buscado en mi ordenador, y voilà, helo aquí:

  2. § 1. SE TRATA de trazar una ruta o paseo por algunos escenarios posibles que pudo conocer el personaje de Ramón J. Sender, de haber existido en 1873, y hacer una serie de paradas en lugares donde se pueda beber y comer algo (sería interesante ofrecer para beber vino del campo de Cartagena, pues la novela cita el vino de Campo Nubla, posiblemente vino dorado), y allí unos personajes vestidos de época podrían pronunciar un breve discurso o diálogo, cuyos contenidos se sugieren más adelante ad exemplum, y donde se podría aprovechar para recuperar las mineras, cartageneras -o el palo que sean- que el propio Sender recopiló y que más abajo transcribimos con el ámbito que tienen en la novela.

  3. § 2. UNO de los motivos -además del lúdico- del paseo es el de vindicar la memoria histórica de la Insurrección Cantonal. Cabe preguntarse, sin embargo, si aún no será polémica -para muchos- dicha memoria histórica, a pesar de que se trata de un hecho aún más lejano que la Guerra civil. Y si no repárese en las siguientes cuestiones -que no son objeto de discusión para ningún historiador, pero que chocan con una tradición anti-histórica arraigada en sentimientos y pasiones-:

    1. -que el Cantón se llamó en su origen “Murciano” porque en esa época a los cartageneros no parecía producirles urticaria esa vecindad regional (y así, El Cantón Murciano, se llamó al periódico que los revolucionarios editaron mientras duró la insurrección; Antonete Gálvez era natural de Torreagüera, donde se conserva su casa).

      -que el Cantón no aspiró a crear una “provincia” de Cartagena, ni fue de derechas, ni centralista, ni monárquico, ni católico, sino todo lo contrario: fue un movimiento revolucionario para establecer la República Federal en España. Y tiene cierta similitud con la Comuna de París de 1871, algunos de cuyos protagonistas se refugiaron en nuestra ciudad (también varó algún garibaldino, ya más pasado que el arroz para esas fechas).

    2. Todo lo dicho, por fidelidad a la verdad histórica y por llamar a las cosas por su nombre, y sin que sirva de apología a esas ideas; en especial, no tengo inconveniente en proclamar mi oposición frontal al federalismo en España. De otro lado, de los auténticos problemas que Cartagena padece por el centralismo de la administración murciana no puede hacerse responsable a nuestros paisanos de allende la sierra de la Cadena.

    1. § 3. OTRO tema que se debería comentar es el de la propia conservación de los escenarios de la Cartagena de 1873.

    2. Cartagena fue bombardeada por los centralistas, que dejaron intactos pocos edificios. Después, una burguesía civilizada y aún cosmopolita edificó sobre sus ruinas una ciudad espléndida de hôtels que más que modernistas, corresponden a ese eclecticismo decimonónico que aún hoy confiere caché a muchas ciudades de Europa.

      Durante la última guerra civil, la aviación franquista bombardeó esta bella ciudad, que aún así sobrevivió, para ser devastada con mayor eficacia que los Junkers o los Savoia-Marchetti por una política urbanística desastrosa, basada en el derribo sistemático del casco histórico. Sin duda esto también condiciona el planteamiento de la ruta.

    1. § 4. EN CUANTO a los puntos de interés que hay que tener en cuenta para el paseo, los voy a referir, si bien advirtiendo que me parece imposible usarlos todos, pues alargaría demasiado la jornada, y acaso sería incómodo si viene alguna persona de edad.

Por la misma razón no tomamos en consideración los castillos, especialmente el de la Atalaya, pese al enorme interés que tuvo en los hechos y que lo cite la novela, precisamente porque ya convertiría la ruta en un evento deportivo.

    1. Son los siguientes:

      -El antiguo Penal, luego Cuartel de Instrucción de Marinería, actualmente Facultad de Empresa de la Universidad Politécnica.

      -La Muralla del Mar. Allí residía Mr. Witt. Sólo queda en pié de esa época, además de la propia muralla de Carlos III, la antigua Capitanía del siglo XVIII (hoy Servicios Generales de la Armada) y los bajos de un edificio de piedra casi al final de la calle.

      -El baluarte del cerro de San José, a la espalda de cuartel de Antiguones. En sus muros exteriores están aún las marcas del bombardeo centralista. Es el último vestigio intacto del bombardeo de 1874, y sería importante velar para que el día que el baluarte sea restaurado, esas marcas no desaparezcan.

      -La Cuesta de las Monjas y el Pasaje de la Virgen de la Soledad. Allí, al borde del barrio de los pescadores hoy desaparecido por la excavación del teatro romano, según el libro, se cantaba una cartagenera, así que la parada parece obligatoria, también por las buenas condiciones del lugar, con dos locales ubicados en edificios que ya existían en 1874: El Soldadito de Plomo, ubicado en la notable casa Spottorno, con un bello patio interior con un gran portón donde ya se ha representado micro-teatro, y que tiene asociadas algunas interesantes historias desconocidas del gran público; los mismos encargados recuerdan a través de la temática del local la visita que en el siglo XIX hizo Hans Christian Andersen a nuestra ciudad; y también el bar de La Catedral, hoy lamentablemente cerrado, cuyo local es un verdadero palimpsesto de elementos arquitectónicos históricos.

    2. -El Molinete. Fue un barrio muy popular, con tabernas y lupanares muy frecuentadas por marineros. Nada queda del barrio, salvo alguna de las calles de acceso (actualmente en la esquina de calle del Adarve con Balcones Azules existe una fonda), pero en lo alto del cerro hay una cafetería con excelentes vistas.

    3. -El Parque de Artillería. Uno de los hitos más dramáticos del sitio fue la explosión del Parque (no sabemos si por alcanzar un obús los depósitos de pólvora o por las malas condiciones de ésta). La destrucción y la mortandad incluso entre civiles fue elevada, pues muchas mujeres trabajaban allí y llevaban con ellas a sus hijos. Se podría aprovechar para poner unas flores en memoria de las víctimas. Actualmente hay al menos dos locales de hostelería que usan las viejas bóvedas del Parque, así que la parada es ineludible. Es además un lugar muy espacioso, que tiene por tanto muchas posibilidades para representar.


§ 6. EL ITINERARIO que yo sugiero es el siguiente:

Cuesta de las Monjas/callejón de la Soledad, Molinete, Parque de Artillería, calle Canales (porque se cita en el libro como lugar de cante, y allí hay dos locales que pueden ayudar: La Posada Jamaica (si algún día vuelve a abrir al público) y especialmente el restaurante La Universal; y para acabar, el local “Mr. Witt”, por el nombre.

Se puede ampliar el recorrido con una parada en la calle Jara para aprovechar el local de la Uva Jumillana.


§ 7. TRANSCIPCIÓN de todos los textos de la novela donde figuran las coplas.

Ramón J. Sender se tomó el trabajo de recopilar una serie de letras de cantes populares, sobre cuyo exacto origen habría que consultar con un flamencólogo. Es posible que la atribución a la época cantonal de alguno de ellos no sea del todo rigurosa, pero desde luego él se los encontró en nuestra ciudad a mediados de la década de 1930, cuando aún quedaba viva mucha gente que había vivido el Cantón (un hombre de 25 años en 1873 contaba con 85 en 1935), y no cabe duda de que conversó con muchos testigos de la época.

Tanto en La Unión como en el Conservatorio de Cartagena trabajan buenos cantaores y guitarristas, que a la vista de las letras saben muy bien el palo en el que hay que tocarlas. Musicar todos estos textos en los palos cartageneros me parece un proyecto de recuperación muy especial, pues podría incluso editarse una grabación. Este proyecto no tiene por qué ser costoso.


§ 8. TEXTOS tomados de “Mr. Witt en el Cantón” (las notas al pié no pertenecen al original; son de nuestra responsabilidad):

Aquella noche el maquinista Vila recibió un recado en “La Turquesa”1. Al día siguiente había que encender las calderas. El maquinista Vila nunca preguntaba por qué. Las órdenes eran siempre justas, y cuando mandaban una cosa era porque no debían mandar otra.

(…)

Al lado, en otra mesa, bebían, y a veces cantaban a compás, unos vidrieros de Santa Lucía, que tenían fresco el jornal. A la Turquesa no le gustaban las largas sesiones de cante en las que se obstinaban algunos clientes, a pesar de que a veces las coplas eran muy de su gusto. En aquellos días se cantaba a menudo esta cartagenera:

Quieres, Marín, que yo

cante al clero y la monarquía;

no comprendes, ignorante,

que esa opinión no es la mía.

¡Que vaya el nuncio y les cante!

Al terminar, comenzaban todos a batir palmas con el ritmo del tango, a contrapunto, y eso era lo que molestaba más a la Turquesa. El vino les aguzaba la sensibilidad, y repetían, uno detrás de otro, cartageneras, carceleras2, hasta sacarles todos los matices. A veces se discutía sobre el “deje” de uno y la “caída” del otro. Eso no le gustaba a la Turquesa. Le parecía poco serio en una casa donde no “entraba nunca la vigilancia”. Pero esta noche no cantaban cartageneras, sino un romancillo que se oía en la calle, en los patios interiores de las casas, en todas partes:

Antonete está en la Sierra

y no se quiere entregar.

No me entrego, no me entrego,

no me tengo de entregar

mientras España no tenga

República Federal.

(…)

Se quedaron un momento en silencio, durante el cual, por la ventana abierta, se oyó mejor el martilleo de docenas de hombres sobre planchas de hierro. A veces cantaban los obreros a compás, y más por el ritmo que por la letra Hozé identificó la canción:

Hasta la Virgen del Carmen

se ha vuelto republicana.

La irreverencia de considerar republicana a la patrona de la marinería le hería al director en lo hondo. Se levantó:

Ya saben ustedes. Fuera del Arsenal y de las horas de trabajo, lo que quieran.

(...)

El poblado carecía entonces de vegetación casi por completo. Tenía un aspecto andaluz como las aldeas de Cádiz. Muy encalado y tal cual chumbera, desesperada en gestos histéricos. Los críos se defendían de las moscas como podían. Las mujeres, de la anemia. Los hombres, del propio rencor. Pero, a pesar de todo, para quien no estuviera en antecedentes, Escombreras tenía un aspecto suave, tranquilo, casi idílico.

Ya se van los quintos, madre;

sabe Dios si volverán;

se van, los pobres, cantando

para no oírnos llorar.

Esto de las quintas era la preocupación máxima en los hogares de Escombreras y en casi todos los hogares campesinos de entonces. Tadea, la mujer de Paco, que tenía una fuerte personalidad y discutía de política con los hombres, solía contestar antes de la República:

Si la República viene

no habrá quintas en España.

Las mujeres se burlaban un poco de la Tadea, viéndola siempre con hombres, de igual a igual.

(…)

Por la tarde buscó a un muchacho que nadaba como un pez, a Cristobaliyo, — chico de trece años, cuyo padre había muerto el año anterior en el ejército del Norte peleando contra los carlistas. No tenía familia, porque su madre había muerto antes que el padre y los dos eran forasteros (habían ido a

Escombreras al reclamo de la fábrica). El chico quedó desamparado y los vecinos lo atendían. Uno le enseñaba las pocas letras que sabia. Era un jornalero que cantaba bastante bien y que desde que aprendió “de letra” incorporó a su repertorio esta cartagenera:

Escombreras para mí

y el Hondón para mi hermano;

y el que no sepa escribí

que vaya en cá el escribano

y le enseñe, como a mí.

(…)

En Escombreras y El Hondón las Cruces de Mayo tenían más importancia que en la ciudad. Lo mismo en el Arco de la Caridad que en la plaza de los Caballos, la Cruz de Mayo no era sino un pretexto para ensayar los rapazuelos la mendicidad y otear las mozas la nueva primavera entre el ramaje cortado, las candelillas y las cartageneras.

Bajaban cantaores de Herrerías, a pesar de la canción reiterada todas las noches en la esquina de la Subida a las Monjas por un flamenquillo de voz bronca:

En la villa de La Unión

dicen que no hay cantaores.

Cuando vino Juan Ramón

cantaban los ruiseñores...

y también cantaba yo.

O la otra que terminaba con tres versos famosos en toda la costa mediterránea, de Castellón a Huelva:

....la noche la vuelvo día

cuando monto en mi caballo

y hablo con Ana María.

Resucitaban las coplas con bríos de primavera en el campo y en el mar. En el mar se suele anunciar la primavera con canciones, sobre todo en esos mares como el de Cartagena, encerrados entre montes áridos, sin árboles. Malagueñas bravías. Malagueñas con hierro en la garganta y un poco de pena salvaje y solitaria, que en la malagueña de Málaga es dulce como su mar. Eso es la cartagenera. Y en aquellos días las Cruces de Mayo no eran sino un poco más de vino y de canciones al obscurecer.

En la calle de Canales cantaba Paco el Herrero, le acompañaba Chilares, Pedro Morato, el pequeño, y Enrique el de los Vidales.

Las coplas de intención política apenas se cantaban. No hacía falta. Por cantar las otras, las del repertorio popular, serrano o marinero, no dejaba de estar presente en la calle, en el puerto, en la guitarra y en la caña de Moriles la fiebre del federalismo.

Pero donde las Cruces de Mayo tenían más relieve y pompa era en los pueblos próximos, especialmente en aquellos en los que abundaba el campesino. El Hondón más que Escombreras. Escombreras más que Santa Lucía.

En el Hondón los alfareros y los campesinos se reunían en una casa de la Media Legua, donde había una Cruz de Mayo que venía siendo de años atrás la más celebrada. Mozas y viejas acudían a escuchar el cante, las relaciones y los mayos. En la Cruz de la Media Legua el cante no solía tener el aire sombrío y dramático que tenía en El Molinete. Todo era allí ligero y alegre. Coplas en las que se hablaba humorísticamente incluso del querer. Con esa tendencia al amor vicioso que abunda entre los aldeanos y que los viejos alegres glosaban con escándalo de las muchachas, todo se anegaba en torrentes de risa y miradas turbias, Si algo bueno había en aquello era la confianza y el amigable abandono a que se entregaban.

Hacía muchos años que no se había producido ninguna reyerta, y tenían que remontarse a la memoria de los más viejos para recordar un crimen de aquellos tan frecuentes en La Unión.

Con el Ladrillero, viejo cantaor, se habían agrupado al pie de la gran cruz de hojarasca varios labriegos. En grupos próximos se bebía y las mozas escuchaban y reían escandalosamente, La noche era tibia y húmeda. La brisa que llegaba del mar traía frío; pero entre el baile y las copas, a nadie se le ocurría cerrar la puerta, que debía quedar abierta, además, para todo el que quisiera entrar. El Ladrillero cantó:

Estoy pasando por tí

más penas y más trabajos

que pasó el tío Marín

cuando lo corrió un lagarto

en las lomas del Perín.

¿Quién sería este tío Marín de las coplas? ¿Era el protagonista de la cartagenera? En todas partes donde se rasgueaba una guitarra tenía que aparecer el tío Marín en cuanto el cantaor abría la boca. ¿Seria el minero con la salud quebrada, pero el humor firme, ya entrado en años, que para mayo mordía el tallo de un clavel en los quicios de Cartagena? El tío Marín es la copla mitad gitana, mitad levantina que rueda por la falda de los cinco montes cartageneros. Pero nadie había visto al tío Marín. ¿Calzaría esparteñas de Cieza? ¿Bebería en ca la Turquesa o en la caminera tasca de Alumbres? ¡Cualquiera sabía quién era el tío Marín! Aunque, desde luego, era “mucha persona”.

En la Media Legua comenzó el baile entrada ya la noche. El Ladrillero bebía todo lo que le acercaban. Su cara salía del horno cada día como una pieza más de alfar, rojiza y tostada. La mitad del año era campesino y la otra mitad alfarero. Con los jornales del tejar pagaba el vino del verano. Las mozas se separaban de las casadas, más licenciosas y, sin embargo, menos prontas al jaleo de los mayos. Se divertían tanto como ellas, pero de otra manera. Cuando el baile estaba más animado, entró un hombre, abriéndose paso entre los grupos. Llevaba el rostro pintado de cal o harina. Dio un brinco, quedó plantado en medio, apoyado en una caña que usaba como signo de autoridad. Extendió el brazo izquierdo desnudo, cubierto de vello rojizo por el polvo y el sol, y dando con la caña en el suelo dijo:

Alto el baile; yo primero y luego naide.

Sobre el rostro enharinado lucía un casco de piel de cabra en la cabeza. Todos se hicieron atrás, riendo y alborotando. ¿Sería el tío Marín?

Una mozuela gritó:

El tío Marín es pastor.

Con su aire majestuoso, el supuesto tío Marín volvió a golpear el suelo con la caña y respondió:

Soy pastor. Tengo una punta de ovejas y dos perros.

Comenzaron las viejas y las jóvenes casadas a escandalizarse. Los mozos preguntaban al pastor:

¿Mayo o relasión?

El enharinado respondía para todos los gustos:

Si quieres mayo, mayo. Si no, relasión.

Todos querían las dos cosas, Por el mayo, una copa. Otra por la relasión.

Entonces —añadió el pastor— comenzaremos por la relasión.

Y cantó el romance de Gerineldo, acompañado por el Ladrillero, que le quitó la guitarra a su vecino. En aquella asamblea campesina sonaban las estrofas con limpieza. La gala del romance llegaba a todos, la entendían todos, colgaba imágenes fantásticas en la sombra de la noche levantina, encendía lo inefable en los últimos sueños de la marina gitana.

Gerineldo, Gerineldo, traía un aura de Castilla, popular y culta. La misma guitarra sonaba a clavecín.

Cuando terminó la relación, los campesinos pidieron trovos, pero las viejas esperaban el mayo que había prometido al entrar, y el pastor volvió a dar un brinco y extendiendo los dos brazos hacia las mozas gritó:

Mayo será si las mositas disen mayo.

¡Mayo, mayo! —gritaron varias.

El silencio de anhelo, de esperanza y también de miedo —los mayos daban miedo a las mocitas de Herrerías—, abría alrededor del pastor nimbos religiosos bajo la Santa Cruz de hojarasca.

Soy el pastor Marín, con su punta de Ovejas y sus dos perros.

Metió el índice de cada mano en su boca y volviendo la cabeza atrás silbó dos veces.

¿Dónde están las ovejas?

Varios campesinos entraron a cuatro manos en el corro. Les cubría una piel de cordero y balaban. Uno llevaba un delantal colgando de las ingles, como los machos sementales fuera del tiempo del celo. Las bromas obscenas, suficientemente veladas para ser entendidas sin demasiada vergüenza de las vírgenes, salieron de aquí y de allá. El pastor volvió a dar su zapateta y su golpe con la caña y explicó que sus perros llegarían después. ¿Cómo se llamaban sus perros? ¡Ah, sus perros se llamaban con nombres extranjeros! En Cartagena, donde eran familiares los nombres alemanes e ingleses, no podría extrañarse nadie de que el perro de un pastor se llamara Jones.

El Ladrillero quiso intercalar una copla y, aunque los mozos se opusieron, la soltó, quedándose con los últimos versos entre los labios, por creer, quizá, que no venían a cuento:

... que al castillo de Galeras

se le han llevao al amante

y ella se muere de pena.

El pastor respondió haciendo un paréntesis:

A Galeras ya no vamos nosotros, los pobres. Ahora van las personas desentes.

(…)

El grupo se perdió en las entrañas de la noche, mucho antes de llegar a la puerta de San José. El faro de cabo Palos echaba sus ráfagas al cielo y del puerto subía rumor de oleaje3. En la cruz de mayo de Media Legua quedaban tres viejos y algunas mocitas, muy aburridos. Uno de ellos cogió la guitarra que había abandonado el Ladrillero y rasgueó torpemente. Una mocita cantó, con su vocecilla delgada e insegura:

Castillo de las Galeras,

ten cuidao al dispará,

porque va a pasá mi amante

con la bandera encarná.

(…)

Y el tren seguía rodando hacia Hellín, dejando detrás paisajes bravíos, montes y simas pelados y cenicientos, sin un árbol, sin un arbusto. Esparto en las laderas del Mediodía y hierro en la entraña difícil.

Mucho antes de llegar comenzó a anochecer. Los soldados cantaban en grupos. Sus rostros, brillantes de sudor, se acercaban a los aros de las ventanillas, y al pasar frente a alguna aldea el que lo sabia decía su nombre y los demás lo repetían para volver en seguida a cantar con indolencia.

En la ventanilla más próxima al vagón del Estado Mayor asomaba un rostro atezado —ángulos azules de gitano— que cantaba a plena voz cuando las palmadas a contrapunto de sus compañeros cesaban:

Yo nací en el Garbanzal,

me crié en las Herrerías,

y al que pregunte por mí

me llamo José María,

de Antonete el cornetín.

A veces las cartageneras con Paco el Herrero, Chilares, ritmo de fragua y yunque, dejaban paso a las alegres seguidillas:

Un fraile y una monja

dormían juntos

porque tenían miedo

de los difuntos.

(…)

Un centinela de infantería de Marina cantaba al pie de una tronera de la muralla, bajo el balcón:

Metí la mano en tu pecho

y me picó un alacrán...

(…)

Alrededor de las guardias se convocaban en la hora del rancho docenas de niños andrajosos, sucios, comidos de las moscas. No había en sus caritas el menor dramatismo. La mugre no era en sí misma dramática.

Con el mendrugo o la cabeza de un pez entre los dientes correteaban y se perseguían. A veces un grupo cantaba, llevando el compás con el pie desnudo:

Agüil, agüil,

que vienen los moros

con el candil.

A matar escarabajos

con trompetas y caballos.

Agüil, agüil,

que vienen los moros

con el candil.

(…)

Las mujeres que salieron temprano hacia la plaza de Abastos se encontraron en medio de la calle del Salitre un hombre muerto. Se había aplastado las narices y roto los dientes contra el empedrado. Su cabeza descansaba sobre un charco de sangre. Lo identificaron enseguida, aunque nadie sabía su nombre. Era un aljecero de San Antón, ya viejo, que fue separado del servicio de la defensa cantonal porque su miopía le incapacitaba para usar el fusil. Desde entonces se había dedicado a componer coplas alusivas a la deslealtad de unos jefes y a la cobardía de otros y las recitaba o cantaba a quienes querían escucharle. Al principio la gente se indignaba, pero como no tardaban en advertir por cualquier detalle que el viejo no estaba en su juicio, lo dejaban en paz con sus manías. El aljecero fue observando que a medida que arreciaba en sus coplas el hambre se hacia más dura. La gente, que difícilmente encontraba alimentos, no quería compartirlos con aquel viejo deslenguado. Los últimos días había abandonado sus coplas mordaces y componía otras. El hambre rechazaba la ironía. Con una voz tenue, que apenas salía de los dientes, hacía un relato de comidas espléndidas. En su fantasía se permitía ciertos sibaritismos como el de

...buen vino de Campo Nubia4

en jarrico del Hondón.

Hacia sus diminutivos en ico porque procedía del campo murciano.

Aquella madrugada fue hallado muerto en la calle vieja del Salitre, estrecha y obscura como un ataúd. Las mujeres formaron corro. Al principio creían que estaba borracho.

(…)

Los chicos se nutrían como podían: con el sol, el aire y con la alegría de sus juegos, que seguían siendo —dramática lección de serenidad— juegos de paz bajo los cañones:

¿Dónde va la cojita?

Piu, piu, píu, pa.

Pero ahora, alrededor del cadáver del aljecero, las mujeres, los viejos iban resucitando sus pasiones, vivas en las coplas. Odiaba a los que le quitan lo suyo al pobre para darle al rico más;

Y cuando sus trovos iban por ese camino, la gente le escuchaba, olvidando sus manías. Pero de pronto arremetía contra el general Contreras:

Quié cobrarse en Cartagena

los despresios de Madrid.

La gente dudaba. No faltaba alguno que se ofendiera por cuenta del Cantón, y entonces todos lo insultaban y lo dejaban solo.

(…)

Al frente de la manifestación iban dos voluntarios con banderas rojas. En el aire había otra vez una pujanza nueva. Optimismo, fiebre en la sangre y hasta cartageneras. Hasta una variante de la copla de las Galeras, que nadie cantaba, pero que estaba en los oídos de muchas mujeres:

Cañones de las Galeras

callarse y no tiréis más,

que pasan los voluntarios;

que pasan los voluntarios

con banderas encarnás.


1Suponemos que “La Turquesa” se encontraba en El Molinete.

2Este palo, la carcelera, sí existía antes de 1874, como se colige de un texto de Federico García Lorca sobre el Cante Jondo, y que fija en el Penal de Cartagena su origen.

3Aquí Sender se toma una licencia literaria excesiva: desde Cartagena no se ve la luz del faro de Cabo de Palos (ni siquiera desde lo alto del Cerro de San José).

4Errata o desconocimiento del texto original. Sólo puede referirse a “Campo Nubla”. Casi seguro que debía tratarse del tradicional vino dorado elaborado con uva meseguera.


viernes, 23 de febrero de 2024

Dos o tres cosas que ya no voy a poder decirle a Javier Marías





 

Enmedio del sestero de hoy, 11 de septiembre, apoteosis de los separatistas catalanes, que, nostálgicos de su Edad de Oro (en la que fueron puros de sangre, tocados de  barretina, comedores de salchichón de Olot, heroicos, y sólo habladores de catalán incontaminado), pelean entre ellos por la Verdad contenida en no sé qué vaso esencial, mientras las tropas rusas retroceden en el Noreste de Ucrania, y las exequias de la reina Isabel II de Inglaterra obstruyen todos los televisores de Occidente: en medio de todo esto, bajo el calor de este interminable verano, cuando salía de una cabezada y dudaba de dar otra, tomé el móvil y eché una ojeada a Facebook, donde una amiga virtual, Tiotimolina Querulante, compartía tempranamente la noticia brutal del fallecimiento de Javier Marías.

Hace ya más años que meses que me venció la repugnancia y rompí el hábito, que adquirí en el bachillerato, de leer el diario El País, cuya degradación hasta ser el portavoz de la Estupidez Políticamente Correcta ha sido pareja a la progresiva expulsión de cualquier firma digna de mención o respeto.

Para cuando extrañaron de sus páginas a Félix de Azúa, yo ya había dejado de leer el diario. No sé si el joven Marías, como Benet le bautizó, seguía ocupando la última página de El Semanal, su Zona fantasma, que a mí me gustaba mucho, pues siempre me pareció un alarde de inteligencia e independencia, que progresivamente se iba haciendo cada vez más peligrosa para su autor, porque, no nos engañemos: una cosa es épater les bourgeois, y otra muy diferente provocar a los Guardianes de las Esencias de la Nueva Izquierda, o a los independentistas, todos ellos tan feos como paletos e intolerantes; tanto, que claman para que la Lengua Española sea reformada (en el caso de los segundos, suprimida), pues a ellos les sobra casi toda, teniendo en cuenta que tienen que distinguir angustiosamente entre femenino y masculino allí donde no hay tal, porque el prejuicio pseudo-religioso les amenaza a cada momento con el Pecado del Machismo.

Yo me conformaba, durante años, con leer la columna de Marías, porque ya he dicho que me gustaba mucho; de hecho, era casi lo único que merecía la pena leer en el otrora gran diario, que ahora me manda correos electrónicos ofreciéndome patéticamente que me haga suscriptor por 12 € al año; he hecho lo lógico:  he marcado esos correos como no deseados (spam), porque no quiero saber nada de ellos; a estas alturas, no me haría suscriptor ni aunque me pagaran. 

Pero yo seguía sin leer los libros de Marías, lo que se debía a un prejuicio que aún tengo en parte, el de no leer a mis contemporáneos, porque me falta conocer a demasiados otros autores de quien ellos forzosamente traen causa: anchos como los de La Mancha son los campos de mi ignorancia, y a la edad que voy cumpliendo, sé ya a ciencia cierta que esto no tiene remedio, sino burdo remedo.

Y en eso estaba, pero hace ya muchos años que por motivos profesionales iba yo con cierta frecuencia a Madrid, donde, entre otros, hice amistad con un compañero abogado que era buen lector suyo, le conocía personalmente, y supo captar en esas conversaciones arriba y abajo de la Cuesta de Moyano o compartiendo sobremesa, que a manudo versaban sobre libros y sobre la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, que a mí me agradaría mucho leer a Marías.

Yo no decía que no, pero no arrancaba a comprar ningún libro, porque siempre llevaba muchos otros en danza, y mi prejuicio hacía el resto.

Hasta que un día, en la estación de Atocha, este amigo entró en una de las tiendas y salió con una edición de bolsillo de Todas las almas y me la puso en la mano, inoculándome inmisericorde y alevosamente (porque confiar un libro a pié de andén y embarcando en un slow train, es garantía de lectura inmediata y del tirón) un virus del que hoy todavía -felizmente-, no me he curado.

Porque esa suave cadencia marina entre la luz y las tinieblas, el sueño y la vigilia, la repetición de ideas y obsesiones, ese fraseo jazzístico tan propio del lenguaje literario de Marías, forma parte de esos juegos de nuestro discurso interior que no podemos evitar; sí simular, porque nos parece más digno mostrar que nuestro pensamiento es constante y nuestra es la línea recta, no los laberintos ni las repeticiones; cuando lo único que nos aleja de la angustia es la adopción de rutinas, cuando consideramos conmovedor un recurso literario, las propias aliteraciones.

Con estos balbuceos quiero decir que a mi juicio Marías es un escritor único, que nada tiene de  convencional, que no es un profesor pesadillo, ni un periodista en camisa de once varas.  

Me tropecé entonces en la novela con un personaje al que yo ya conocía, oscuro, fantasmagórico, que pareciera de ficción, un piloto mercenario para la República española llamado Oloff de Wet, cuya noticia hallara Marías en un libro sobre la guerra aérea en España escrito por Salas Larrazábal, ignorando que la fuente primaria y más extensa la constituía un libro raro y apasionante, Mitos y verdades, que se publicó en México en 1973, escrito por Andrés García Lacalle, esforzado piloto y jefe de la Escuadra de Caza de la aviación republicana, y que pienso habría encantado a Marías; singularmente, por la poco conocida historia sobre los primeros días de la guerra, cuando este piloto insuflaba moral a ciudadanos y soldados sitiados sobrevolando Madrid en solitario con un caza biplano, el único Hawker Fury que había en Cuatro Vientos, con el que tenía que desdoblarse día tras día, durante semanas, para enfrentarse con los aparatos nacionales; para cuando llegaron refuerzos, García Lacalle era un hombre roto, agotado física y mentalmente.

Y conoció a Oloff de Wet, habla de él, incluso aporta un poco conocido retrato suyo. Se trataba de un personaje tan atractivo como poco recomendable, que ofreció sus servicios de piloto mercenario a Franco, y sólo tras ser rechazado se ofreció a la República. 

Hace unos años ya era muy complicado encontrar ese libro, que a mí me envió una librería de México D.F., así que hice unas fotocopias de las páginas dedicadas al personaje y se las entregué a mi amigo, que también lo conocía y al que el hallazgo interesó mucho, como buen mitómano aficionado a las viejas historias de guerra, para que se las hiciera llegar a Marías a su casa, pero él me contestó que no, que iba a ser aún mejor: iba a ser que en uno de mis viajes a Madrid quedáramos a tomar una copa con el escritor, o incluso a cenar, y que yo se las diera personalmente.

Y como en un relato del propio Javier Marías, así entramos en un bucle de wishful thinking que se iría repitiendo como colofón obligado de conversaciones telefónicas, de falta de coincidencia en mis idas y venidas de Madrid, con la alternancia de períodos de olvido y reverdeceres del interés ante el hallazgo de una inesperada y desvaída foto, o una nueva noticia sobre la huidiza vida como espía y prisionero de los nazis del enigmático Oloff de Wet, o sobre una máscara funeraria o una terracota de Ezra Pound a él atribuida.

Y así fuimos procrastinando el plan de esta reunión tan prometedora, hasta que llegó un momento en que iba yo más a París que a Madrid y casi no hablaba con mi amigo, y aún después llegó este fatídico día 11 de septiembre con la noticia de que Javier Marías, definitivamente, sin la menor consideración, se había pasado al otro lado; para mí, no a su debido tiempo (y esto lo digo porque Cela solía decir eso, que uno siempre se muere a su debido tiempo).

No sé qué habrá hecho mi amigo con la fotocopias del libro, porque hace algún tiempo que ni voy a Madrid ni ya hablamos por teléfono. 


lunes, 8 de agosto de 2022

Sobre viejos fusiles, y sobre un error subsanable en la penúltima novela de Pérez Reverte

 





Estaba leyendo la penúltima novela de mi paisano, Arturo Pérez Reverte, Línea de fuego, ambientada en 1938, durante la batalla del Ebro.

Es sabido que el autor es sumamente preciosista en los detalles que podríamos denominar ‘de marca’, a fin de dar verosimilitud a escenas y personajes; esto es, sabemos que un oficial otea el horizonte con unos binoculares marca Zeiss o por el contrario, de una marca rusa de época; que el reloj de pulsera, la pluma, el tabaco, la pistola automática o la crema de afeitar son de una determinada marca, que realmente existían y eran habituales. El preciosismo es tal que, si uno repara un poco en él, se da cuenta de que esto importa más al autor que al propio personaje; pero con ello se retratan con precisión un lugar y época determinados.

Se trata de un recurso literario, y no de uno cualquiera; yo lo aprecio sobremanera, y pienso de inmediato en Truth of masks (‘La verdad de las máscaras’) de Óscar Wilde, un breve ensayo en el que, de modo magistral, se enfrentaba con Lord Lytton y una serie de críticos teatrales, a los que reprochaba su básica incomprensión de Shakespeare, quien cuidaba al máximo los detalles de vestuario en la mis en scène de sus obras, prácticamente todas ambientadas en el pasado. 

Shakespeare sabía perfectamente que la belleza del vestuario fascinaba al espectador, y se conservaban sus indicaciones escénicas para las tres grandes procesiones de su drama Enrique VIII, indicaciones extraordinariamente minuciosas en detalles como los collares del rey y las perlas en el cabello de Ana Bolena; y eran tan exactas estas indicaciones, que uno de los funcionarios de la Corte de aquella época, refiriendo en una carta a un amigo suyo la última representación de la obra en el teatro The Globe, se quejaba de su carácter realista y, sobre todo, de la aparición en escena de los caballeros de la Muy Noble Orden de la Jarretera, con sus mismos  trajes e insignias, cosa que tenía que poner en ridículo la ceremonia auténtica.

Wilde insistía en que no se trataba tanto de que Shakespeare apreciase el valor pintoresco de las bellas vestiduras como un añadido a lo poético, como de su importancia como medio de producir ciertos efectos dramáticos. Hasta los detalles más imperceptibles de la indumentaria, como el color de las medias de un mayordomo, el dibujo del pañuelo de una esposa, las mangas de un joven soldado, los sombreros de una dama elegante, adquieren en manos de Shakespeare una verdadera importancia dramática, y algunos de ellos incluso condicionan la acción de una manera absoluta.

Se pregunta Wilde acerca de la utilidad escénica de esa “arqueología”, como la tildó Lord Lytton (“extraño terror de los críticos”, le replicó Wilde), y se contesta retóricamente que única y exclusivamente es ella y sólo ella la que puede proporcionarnos la arquitectura y el aparato que convengan a la época en que se desarrolle la acción; en resumen, nos permiten contemplar épocas pasadas bajo su verdadero adorno.

No desvirtúa el argumento el que en un caso se trate de teatro y yo empezara hablando de novela,  porque en ésta el descuido, la infiltración de la contemporaneidad, en suma, lo anacrónico, puede convertir un relato de terror en una comedia… o al revés, que es casi peor.

¿Un ejemplo? Hace muchos años un escritor novel (que de ahí pasó con toda justicia al olvido) quedó finalista en un certamen de novela erótica, en la que una deidad vagamente mesopotámica (en torno al año 2.500 a.C.) se deleitaba comiendo tomates y arropándose con un edredón de plumas. Que los tomates no salieran de América hasta el siglo XVI no importó mucho al autor, que lamentablemente tampoco nos aclaró si habíamos de imaginar el modelo de edredón de Ikea o de El corte inglés.

Todo este excursus para decir que en la novela de Pérez Reverte la verdad de las máscaras alcanza al armamento usado en la batalla del Ebro, y aquí es donde la mayoría de los lectores se aburrirán o caerán en la decepción, pues comprendo que es materia que a pocos interesa, aunque se puedan contar algunas bonitas historias sobre el tema.

En suma, sobre el armamento usado en la batalla del Ebro, Pérez Reverte afirma con su aplomo habitual que los soldados republicanos usaban unos fusiles Mauser mexicanos viejos y malos (pág. 71). También habla de unos fusiles Mannlicher que estaban nuevos y flamantes, con su grasa de fábrica, y que eran muy apreciados.

Estas afirmaciones son incorrectas. El autor ha citado de oído, y al hacerlo ha cambiado unos fusiles por otros, y en un caso ha usado un juicio que se refiere no sólo a otro fusil, sino a otra época dentro de la misma guerra; cosa por otra parte excusable por el verdadero maremágnum de armamento de multitud de países que llegó de contrabando a la República, desafiando el embargo decretado por la Sociedad de Naciones.

Para empezar hay que decir que, en realidad, el Cuerpo de Ejército del Ebro fue una fuerza de choque muy bien pertrechada en cuanto a armamento personal y artillería, hasta el punto que, tras la caída de Cataluña, cuando sus restos en retirada se internaron en Francia y depositaron allí su armamento (para evitar que cayera en manos del enemigo), la cantidad y calidad de éste provocó el interés y aún la angustia del Estado Mayor francés, pues la abundancia de armamento moderno y sobre todo, de armas automáticas, ponía en evidencia las graves carencias del Ejército francés (carencias que pagaría un año después, en la dèbacle de 1940).

La decisión que tomó entonces el Estado Mayor, con Gamelin a su cabeza, y este es un capítulo desconocido en la historiografía de la Guerra civil, fue apoderarse de gran cantidad de aquél material llovido del cielo y distribuirlo en secreto tanto en unidades metropolitanas como en ultramar. Mucho material de guerra de la batalla del Ebro (no sólo fusiles) acabó luchando contra los alemanes en la Francia desesperada de 1940: autoametralladoras fabricadas por la Maquinista de Levante formaban la última línea de defensa del Loira ante el avance alemán, mientras los antiaéreos Oerlikon republicanos defendían los techos de Paris (ese material, luego capturado por los alemanes, se empleó contra los rusos en 1941); pero aún más, fusiles Mosin Nagant republicanos  se usaban contra los japoneses en Indochina poco después, y también contra los italianos en Djibouti, a orillas del mar Rojo… Investigué esta cuestión en archivos inéditos franceses, y algún día me animaré a publicar los resultados.

Volviendo a las afirmaciones de Pérez Reverte, los fusiles Mauser mejicanos que hubo en la Guerra Civil, ni eran viejos ni eran malos, sino exactamente todo lo contrario; el comentario sólo puede referirse a los Mauser paraguayos, que aunque no eran más antiguos (fabricados en torno a 1930), adolecían de defectos de construcción y sobre todo, estaban en muy mal estado tras ser utilizados en una sangrienta guerra, la del Chaco. Y por cierto, habían sido construidos en la fábrica de armas de Oviedo, pues se trataba de una exportación española al Paraguay, que ahora retornaba por necesidades de guerra.

Y en cuanto a los fusiles austro-húngaros Mannlicher, tampoco es cierto que estuvieran nuevos de trinca, ni que fueran un armamento apreciado; se trataba normalmente del modelo de 1895, y no venían de Austria, sino de Polonia y de la URSS, restos de la Gran Guerra. El comentario de Pérez Reverte hay que predicarlo de otros dos fusiles, casi idénticos, de gran calidad, y que llegaron directamente con la grasa de fábrica: los checos Vz24 y su versión polaca, denominada Wz29; en ambos casos se trataba de fusiles Mauser, y todavía hoy se consideran armas de una calidad excepcional. 

Por último, hay que decir incluso que, concretamente en la batalla del Ebro, posiblemente no hubo ni un sólo Mauser mejicano, y tampoco creo que hubiera demasiados Mannlicher. En las fotos, no se ve ninguno; en las relaciones de material capturado por los franquistas, o en el de material internado en Francia (éstas permanecen sin publicar pero las examiné, todavía en formato microfilm y con el sello en tinta de “Sécret” en los Archivos nacionales de Francia, en París), no aparecen ni unos ni otros.

Puede que el -a estas alturas, improbable- lector se pregunte que qué importará esto, pues para un lego un fusil de cerrojo es básicamente igual a otro.

Y se puede contestar que sí importa; primero, porque, de hecho, ni las armas ni los juicios son correctos. Y segundo, y mucho más importante, porque las armas le parecerán iguales al lector no interesado en ellas, pero la historia que llevan asociada es muy singular, tanto que desafía a la ficción, y aunque sea por respeto a esas historias, es bueno señalar el error.

Contemos brevemente les déssous sécrets de estas armas, y luego vuelven a juzgar si es irrelevante o no la cuestión.

Los fusiles mejicanos, y la sorprendente historia que nos pueden contar.

Como adelanté, se trataba de armas de excelente calidad, fabricadas entre los años 1929 y 1932, y no habían sido usados en conflicto alguno (luego en 1938 estaban totalmente nuevos). Méjico no tenía demasiadas existencias de armamento, pero el Presidente Lázaro Cárdenas simpatizaba con la República española, y los buenos oficios de un embajador excepcional, el catedrático Félix Gordón Ordás, hicieron el resto, de modo que se pudieron enviar a España veinte mil fusiles con sus bayonetas y unos dos millones de cartuchos. Estas armas eran externamente idénticas al fusil Mauser español, y además, del mismo calibre (7 mm.), por lo que resultaban muy útiles.

Con este material y otras muchas compras de armas y pertrechos de otras procedencias que pudo reunir Gordón, se cargó en Veracruz un vapor, el ‘Magallanes’, que zarpó el 23 de agosto de 1936, en medio de una agria polémica en prensa y radio, alimentada por agentes franquistas que intentaban sabotear la operación. Los estibadores aceleraron el proceso de carga y no sólo no cobraron, sino que se votó por unanimidad la donación de un día de su salario para que se comprasen y enviasen alimentos a la República. Al capitán del buque se le dio la orden terminante de mantener silencio de radio, dado que la marina franquista intentaba conocer su derrota para capturarlo. 

El buque, pues, se desvió al Sur, pasó cerca de Cabo Verde y Madeira, y cuando ya viraba en demanda del Estrecho de Gibraltar desde el Sur, observaron consternados que un buque de guerra se dirigía hacia ellos a toda máquina. Pasaron momentos de verdadera angustia, hasta que por señales intercambiadas en Scott entre ambos buques, resultó que se trataba del destructor republicano Sánchez Barcáiztegui, que describió un amplio círculo en torno al Magallanes, en medio de una gran explosión de alegría en ambas tripulaciones: había salido a su encuentro para servirle de escolta.

Aún hubo que atravesar el Estrecho de noche y sin luces, amenazados en todo momento por ataques nacionalistas (en dos ocasiones aviones alemanes e italianos les lanzaron bombas, sin éxito), pero lo lograron, arribando a Cartagena la tarde del 2 de septiembre.

Como epílogo, hay que decir que los 20.000 fusiles mejicanos se enviaron al Madrid sitiado y sirvieron eficazmente para detener la ofensiva nacionalista sobre la capital; otro número indeterminado, pero no muy numeroso de estos fusiles fue enviado al frente Norte, aislado, y fue usado por algunos batallones asturianos. Se conservan fotos de ellos, y luego aparecen en las listas de material capturado por los franquistas. Por eso decía líneas atrás que es harto improbable que ninguno llegara a Cataluña. 

Gordón Ordás sí mandó con el Magallanes algunos fusiles Mosin Nagant mod. 1891, resto de un pedido del gobierno del zar de todas las Rusias a las casas Remington y Westinghouse durante la Gran Guerra, que habían quedado sin despachar en Estados Unidos, y que acabaron en manos de las Brigadas Internacionales, quienes, conocedores de su origen, les llamaban con el apodo de “Mexicanskis”.

Y es que Gordón Ordás siguió buscando desesperadamente suministros para la República, no sólo de armas; en uno de esos viajes a países de Centroamérica llegó a sufrir un accidente de aviación, del que sobrevivió milagrosamente. Por su mediación Méjico envió toneladas de garbanzos que aún paliaron mucha hambre en la postguerra.

Pero la historia, que aquí no puedo contar en detalle, sigue desafiando la ficción, pues Gordón pasó a Estados Unidos haciéndose pasar por turista, en compañía de su mujer y de su hija, y en una verdadera road movie aún no demasiado conocida, recorrió aeródromos privados y contactó con marchantes de armas para comprar material de guerra, seguido de cerca por agentes franquistas que pusieron en peligro su vida, y a los que llegó a despistar recurriendo a argucias verdaderamente rocambolescas.

Todo lo que logró comprar fue enviado al puerto de Nueva York para ser cargado en otro barco, la motonave ‘Mar Cantábrico’, al tiempo que la presión internacional obligaba a votar en el Congreso el embargo de armas a la República.

La situación era verdaderamente angustiosa; los estibadores de Nueva York, cuyo sindicato apoyaba a la causa republicana, trabajaron de forma ininterrumpida día y noche en la estiba del buque, al tiempo que en el Congreso un representante por San Antonio (Texas) retrasaba el momento fatal de la votación, perdida de antemano, recurriendo a la argucia de hablar sin ceder turno de palabra, en uso de un curioso privilegio parlamentario norteamericano. Entretanto, en el puerto, los guardacostas zarpaban y tomaban posiciones para detener al Mar Cantábrico en cuanto se votase el embargo. 

Llegó un momento en el que el congresista cayó agotado. Justo antes, Serafín Santa María, el capitán del mercante español, decidido a no arriesgarse, y aunque quedaban algunos aviones desmontados pendientes de estiba, sin previo aviso soltó las amarras y salió a toda máquina del puerto de Nueva York, seguido de cerca por los guardacostas, que esperaban instrucciones por radio; la votación concluía en el Congreso justo cuando el Mar Cantábrico alcanzaba aguas internacionales, y con ello, la libertad. Era el 6 de enero de 1937.

Es una bella historia, pero tiene un final atroz.

El Mar Cantábrico continuó su viaje hasta Veracruz, donde cargó armamento y otras mercancías, y de allí zarpó hacia España el 19 de febrero. Gordón Ordás había dado la orden de guardar silencio de radio, en la medida de lo posible, y en caso contrario, facilitó una clave para cifrar los radiogramas. Pero imprudentemente, a mitad de viaje se lanzó un radiograma que fue interceptado por radiogoniometría; la inteligencia militar franquista pudo triangular la posición y anticipar la derrota del buque. A 115 millas de Santander, a mediodía del 8 de marzo, el crucero Canarias le cortaba el paso, y a pesar del intento del capitán de distraer la atención y escapar (portaba bandera británica, y en el casco se rotuló un nombre y puerto de matrícula falsos, Adda, Newcastle) unas salvas de artillería de aviso dejaban claro que el juego había terminado. 

El Mar Cantábrico fue escoltado hasta el puerto de El Ferrol, todo su cargamento fue apresado por los franquistas y, lo que es peor, en un burdo remedo de juicio, la tripulación fue juzgada por un tribunal militar, en sólo tres días, sin que el defensor nombrado por el tribunal (que ni siquiera era abogado) pudiera entrevistarse con los 45 acusados. Todos ellos fueron fusilados sin contemplaciones, incluyendo a los simples fogoneros o radiotelegrafistas, a un chico de sólo 17 años y a una mujer, esposa de un tripulante. También había varios ciudadanos mexicanos y uno norteamericano.

Hay que decir que el comandante del crucero Canarias abogó personalmente por el capitán Santa María, al que había dado garantías en su rendición y al que consideró un caballero, pero de nada sirvió, como de nada sirvió tampoco la apelación a la indulgencia del Caudillo, que, como es sabido, mientras desayunaba ponía el “visto” a decenas de condenas a muerte que al sátrapa eran elevadas, casi siempre en vano.

Y por último, hablemos de la confusión entre los Mannlicher y los Mauser Vz24 y Wz29.

Ya dije que los Mannlicher ni eran nuevos, ni fueron apreciados. Además, su munición era escasa, y no se fabricaba en España. Tampoco me consta que llegaran muchos a Cataluña.

Los primeros 10.000 arribaron a bordo de la motonave Hillfern en octubre de 1936, otros 3.000 en el Warmond en diciembre, y por último 7.000 más en enero de 1937, a bordo del Sarkani, cuyos talones de embarque especificaban “Mannlicher M95 rifles, old”. Que me conste, sólo se usaron en primera línea en el frente del Norte, donde siempre estuvieron más escasos de material.

Existe un relato muy interesante -y bien escrito- del comandante de gudaris Pablo Beldarrain, ‘El asalto al monte Intxorta’, donde cuenta lo mal que lo pasó el batallón 'Martiartu' y otras unidades que habían sido armadas con los Mannlicher: estaban en tan mal estado que para abrir los cierres algunos soldados tenían que golpearlos con una piedra. Cuando poco después pudieron cambiarlos por fusiles franceses o checos, llegaron a tirar los Mannlicher como si fueran chatarra.  

En cuanto a los fusiles checos, fueron sin duda los mejores empleados en la contienda, y como tales fueron apreciados en ambos bandos: los franquistas los incorporaban a sus propias unidades en cuanto los capturaban al enemigo. Su origen está también en los buenos oficios de un diplomático singular, al que conocemos todos los juristas: Luis Jiménez de Asúa, uno de los más ilustres penalistas españoles de todos los tiempos, y uno de los redactores de la Constitución de 1931. En 1936 se encontraba destinado en Ginebra, en la sede de la Sociedad de Naciones, y luego nombrado embajador en Praga por el gobierno de la República. Checoslovaquia poseía entonces una pujante industria armera, y era posible comprar armas allí, aunque había que buscar “tapaderas” para distraer el embargo decretado por la Sociedad de Naciones.    

No deja de ser curioso que este fusil, comprado por la República, llegara a formar parte de la iconografía franquista, pues aparece en todas las acuarelas y dibujos del mejor artista puesto al servicio de su propaganda: Carlos Sáenz de Tejada. No entendía la causa, hasta que ví una fotografía de un soldado posando en el estudio del artista, con un Vz24 en las manos; a buen seguro se debió a que le dejaron en depósito ese fusil, capturado al enemigo, para que le sirviera de modelo, como así hizo.

Como es de ver, en las historias asociadas a ambos fusiles habría tenido buen encaje Falcó, el agente secreto franquista creado también por Pérez Reverte, y en cualquier caso, me ha parecido muy conveniente relatarlas para insistir: los detalles importan, forman parte de la verdad de las máscaras, y los viejos fusiles, también.




domingo, 24 de abril de 2022

Lo viejo y lo nuevo en la Guerra de Ucrania







 La guerra de Ucrania ofrece contrastes muy violentos; de un lado, asistimos a un cambio en la forma de hacer la guerra, motivado, claro, por la tecnología; de otro, vemos cómo se siguen usando materiales de guerra absolutamente obsoletos.

Con la ayuda masiva a Ucrania se ensayan los sistemas más avanzados de drones y misiles que convierten todo el material convencional en chatarra.

La aparente generosidad de las naciones apenas oculta, una vez más, el negocio inmenso y obsceno de los fabricantes de armas, que van a vender esos misiles y esos sistemas con el sello de 'tested in combat', y el aval de haber destruido cientos de blindados o aeronaves.

Los muertos ahí quedan, ya les llorarán sus madres.

Materiales muy costosos, como tanques y helicópteros, se hacen vulnerables frente a la sufrida infantería. Es otra revolución en la tecnología de los armamentos.

Tampoco se libran los grandes buques de superficie.

Los rusos se paseaban, confiados, por la zona de conflicto con su buque insignia, el Moskva, todo un crucero de casi 20.000 toneladas y más de 180 metros de eslora, cuajado de lanzaderas de misiles, pero en realidad un anacronismo flotante, botado en 1979, que a mí me recuerda mucho el papelón que hizo en la guerra de las Malvinas el viejo General Belgrano, un crucero superviviente de la II Guerra Mundial, que fue igualmente hundido sin pegar un sólo cañonazo.

Como pusiera de relieve Sergei Eisenstein en su cine, con frecuencia nos emociona la tensión entre lo viejo y lo nuevo, que también se da, con enorme intensidad, en este conflicto.

Ya hundido el Moskva, me entero por Facebook que los rusos envían en busca del pecio a un buque de salvamento que se llama 'Kommuna'.

Nada de particular, ¿no?

Por el nombre, está claro que debe tratarse de un buque de la era soviética, porque hace referencia a un hito comunista, la 'Pariskaya Kommuna', la Comuna de París de 1871.

La realidad es aún más sorprendente, dado que este buque fue botado en 1915 para salvamento de submarinos, y por tanto enarboló la bandera zarista.

Participó activamente en la Revolución y en la Guerra civil posterior. Se llamó 'Volkhov' hasta 1922, cuando se cambió su denominación, apenas unos días después de la constitución oficial de la República Soviética.

Os adjunto una instantánea donde aparece en el prestigioso anuario naval Jane's Fighting Ships de 1938. En realidad ha seguido apareciendo en esa publicación hasta nuestros días; ningún buque ha estado en el Jane's desde 1915 a 2022, ni siquiera nuestro Juan Sebastian de Elcano.

El Kommuna estuvo al borde del desguace más de una vez, pero al final iba siendo recuperado y actualizado.

Durante la II Guerra Mundial estaba entre el Báltico y el lago Ladoga rescatando tanques, vehículos y otras mercancías de cargueros o convoyes hundidos; también sufrió el sitio de Leningrado.

Es, además, uno de los buques más raros del  mundo; se trata en realidad de dos barcos con su propia maquinaria uncidos a la estructura de una grúa; dicho de otro modo, es un gigantesco catamarán.

Su planteamiento consistía en enganchar el submarino siniestrado e izarlo hasta anclarlo en el canal central del buque. Muy ingenioso, pero raramente practicable en alta mar.

De hecho, cuando en 2000 tuvo lugar la desgracia del submarino Kursk en el Báltico, el Kommuna nada podía hacer para auxiliar a los marinos que allí sufrieron una cruel agonía.

¿Qué va a hacer ahora el Kommuna con el gran crucero Moskva

Pues desde luego, no puede sacarlo del fondo del mar, porque las enormes dimensiones del pecio hacen inviable cualquier intento.

En realidad le envían para recuperar algún cargamento o elementos que portara a bordo (exactamente la misma tarea para la que ya se revelara útil en 1944).

Y ¿de qué se debe tratar, tan precioso, como para intentar esta arriesgada operación de rescate?
Pues según se dice, es posible que el Moskva portara, entre otras cosas (además de un pedazo del 'lignum crucis', una valiosa reliquia de la Iglesia Ortodoxa) dos cabezas nucleares tácticas...

Otro violento contraste éste, y no sé si corresponde al ámbito de lo  tecnológico, lo teleológico, lo teológico, o todo ello a la vez: mientras unos invocan el recurso invisible de la inteligencia artifiial, satélites y drones otros navegan confiados en la Divina Providencia y en el mágico poder de un fragmento de la Cruz, que se ha perdido en combate, como les pasó a los Cruzados frente a Jerusalén en 1187.

En cuanto conocí la noticia del envío del Kommuna y ví las fotos,  una vez recuperado de la sorpresa, aún mayor de la que me produjo ver fusiles Mosin Nagant de 1891 o ametralladoras Maxim de 1910, recordé un buque español muy parecido, el Kanguro, que servía exactamente para lo mismo, para rescatar submarinos, y que también era un catamarán.

Fue botado en 1920, y pasó la Guerra civil en Cartagena. A nosotros nos duró muy poco, dado que en 1943 fue dado de baja y desguazado. 

Os adjunto fotos de los dos buques, ciertamente extravagantes, pero no tanto como la evidencia de que en una guerra del año 2022, se están todavía usando materiales que sirvieron al Zar de todas las Rusias.