Hace unos días se lamentaba Gabriel Rufián por el “espectáculo dantesco” ofrecido por las izquierdas ante su incapacidad de aunar esfuerzos, comentario que obedece sin duda o a su juventud (relativa ya en un cuarentón como él) o a su falta de interés por conocer la trayectoria histórica del movimiento de izquierdas en España, que en realidad ha tendido siempre a la escisión o incluso a la atomización.
Esta anécdota, unida a la crispación y a la polarización sectaria que parece haberse adueñado de la sociedad española, me trajeron a la memoria otros días, ya muy lejanos, de mi adolescencia en la época de la Transición, que hoy parecen un sueño.
Y es que, de la la noche a la mañana, el casco antiguo de mi ciudad se llenó literalmente de locales de partidos políticos de izquierdas y de sus correspondientes juventudes, donde a todas horas pululaba la gente.
Era una auténtica sopa de letras hoy difícilmente digerible pero explicable por un estigma que aún hoy perdura, y del que se lamentaba el político independentista como si fuera algo nuevo.
Si el Partido Comunista de España (PCE) fue una escisión del PSOE en abril de 1921, por la negativa de éste a integrarse en la Komintern (o lo que es lo mismo, a la plena sumisión u obediencia a Lenin) durante la Transición en cada nuevo congreso o asamblea del Partido Comunista se producía una nueva herejía o cisma bizantino.
La lista (incompleta) es:
-el Partido Comunista de España, PCE, the real thing, el de Santiago Carrillo y La Pasionaria, con otras denominaciones en País Vasco y Cataluña;
-el Partido Comunista de España Marxista Leninista, PCE-ML. Quizá el más exótico del catálogo. Paupérrimamente financiados por la Albania de Enver Hoxha, que estaba peleado con los rusos y los chinos, el partido tenía incluso un brazo armado, el FRAP. Contaban en su apoyo con un noticiario en español de Radio Tirana en Albania, que sintonizábamos de noche mientras estudiábamos para descansar: su narrativa y contenidos eran absolutamente delirantes;
-el Partido Comunista Obrero Español, PCOE (sic) prosoviético y anti renovador. Entre su docena y media de militantes tenían al sanguinario general Líster, al que conocí en una conferencia que dió en Cartagena para unos ex-combatientes; fue un fiel ejecutor de Stalin en la Guerra civil. La propia denominación del partido es interesante, pues rescata la efímera del primer partido comunista tras la escisión del PSOE en 1921;
-el Partido del Trabajo de España, PTE, de inspiración maoísta; resulta interesante que partidos como éste apoyaran el SÍ en el referendum constitucional.
-la Organización Revolucionaria de los Trabajadores, ORT, también maoísta y pro Constitución de 1978; acabó fusionándose con el PTE;
-pero no confundir esto con el Partido Comunista del Trabajo, PCT, escindido en el VIII Congreso del PCE en 1973, que en 1980 se fusionó con así llamado PCE (VIII y IX Congresos) en el brevísimo Partido Comunista de España Unificado o PCEU;
-la Liga Comunista Revolucionaria, LCR, escisión trotskista que a su vez se fusionó con una escision de la ETA en el País Vasco; se posicionaron en contra de la Constitución de 1978. Por cierto, que lo de ser trotskista es España fue muy peligroso, basta recordar si no el destino de los militantes del POUM, asesinados como perros en plena Guerra Civil por militantes del PCE.
-la Liga Comunista, LC, escindida de la LCR, a la que volvió a reintegrarse como el hijo pródigo, en 1980;
-la Organización Comunista de España - Bandera Roja, OCE-BR, luego Unificación Comunista de España, UCE. También de obediencia maoísta, por influjo del mayo francés atrajo a personajes de variado pelaje, como un joven Josep Piqué, años después ministro del Partido Popular;
-el Partido Obrero Revolucionario de España, PORE, partido trotskista fundado en 1974 y que disputaba con el histórico POUM la representación de la IV Internacional. Sus restos, sin la menor relevancia social o política, se integraron en Izquierda Unida en 1993. Actualmente se denominan La Aurora Organización Marxista.
-el Partido Obrero de Unificación Marxista, POUM, originariamente fundado en 1935, trotskista y anti estalinista, lo que costó caro a sus militantes (empezando por su líder, Andreu Nin, torturado y asesinado por miembros del PCE). En la Transición se presentó en coalición con la Liga Comunista Revolucionaria, Acción Comunista y la Organización de Izquierda Comunista, formando con dichas organizaciones el Frente por la Unidad de los Trabajadores (FUT), el POUM abandonó su actividad a comienzos de la década de los ochenta, sin llegar a disolverse.
-y el Movimiento Comunista de España - Organización de Izquierda Comunista o MC-OIC, quizá el más eficiente de todos ellos, no por su número de militantes, que era escaso, sino por su capacidad de infiltración entre los estudiantes y porque manejaban una propaganda muy atractiva visualmente, de excepcional calidad (que no podía salir de las menguadas cuotas de su militancia; se decía que los financiaba la URSS, vaya usted a saber). Se trataba en realidad de dos partidos diferentes unidos luego en 1979, que años después, en 1991, se fusionaron con la LCR brevemente, y luego desaparecieron.
Pocos años después siguieron los cismas, como el Partido Comunista de los Pueblos de España, PCPE, escindido del PCE en 1984, impulsado por Ignacio Gallego, al que el eurocomunismo le parecía “una mariconada pequeño-burguesa” (esa expresión le escuché a uno de sus militantes en una conversación); o el Partido del Trabajo - Unidad Comunista, PT-UC, producto del berrinche del mismísimo Santiago Carrillo, tras ser defenestrado del PCE en 1985.
Y en realidad esta lista no está completa, pues habría que añadir otras escisiones socialistas (el PSOE Histórico y el PSP de Tierno Galván). Todos ellos se presentaban por separado a las elecciones, con gran regocijo de los partidos de centro y derecha, a los que sólo les restaban votos los de Fuerza Nueva y la Falange; repárese por un momento en la confusión que podía experimentar un incauto votante izquierdista en las Elecciones Generales de 1979 al encontrarse con unas DIECIOCHO (18) papeletas diferentes.
De un somero examen de la lista resulta evidente que ha sido obsesión en la izquierda lo de hablar de unidad; en la actualidad se repite en denominaciones como Sumar (sin duda se equivocaron de operación aritmética) o Izquierda Unida (?).
Pero lo cierto es que todos ellos se profesaban un odio africano, ferozmente enfrentados por cuestiones capitales, de similar enjundia a la cuestión del sexo de los ángeles o de si Jesús de Nazaret fue dueño de sus alpargatas.
Y es que alguien dijo que el comunismo o el marxismo no son ideologías, sino ersatz de la religión o religión sin dios, lo que acaso tenga que ver con el origen judío de Marx y su obsesión por controlar el lenguaje y el pensamiento, cuya versión en este siglo se denomina Lenguaje Políticamente Correcto.
Inocentemente, en nuestra adolescencia visitábamos todos los locales de esta sopa de letras; en el caso de los partidos de izquierda, siempre pasaba lo mismo: aquellos barbudos jovencitos en papel de Comisario político te adoctrinaban sobre las incuestionables verdades del Partido; si tú, incauto, osabas cuestionar, discutir, eras fulminado con la fatwah: ¡pequeño burgués! ¡fascista!; con preferencia por la primera expresión, porque les parecía más despreciable.
Con la gente de la Falange de las JONS y de Fuerza Nueva, nostálgicos de un Franco aún fresco en su tumba, las diatribas, continuas, sucedían normalmente en el Instituto, porque a sus locales nos daba miedo ir: intentábamos razonar con ellos, discutíamos, nada se sacaba en claro con aquellos cabezas huecas.
Al final también nos caía la fatwah: ¡rojo! o ¡rojillo!, opción ésta última a la que se asociaba más desprecio.
Sufrí en plena calle una agresión de matones de Fuerza Nueva, que no llegó a más porque uno de los que formaban parte de la pandilla iba a mi clase en el instituto y les convenció de que no me pegaran, de que bastaba con que llegara a casa con la camisa rota, de la que me habían arrancado una chapa ecologista.
Todo esto es expresivo, dado que el PSOE de Sánchez, con suma alegría y despreocupación ha resucitado esa actitud intolerante sancionando cualquier discrepancia con el carismático líder con el envío a una papelera de reciclaje o fosa común llamada “fachosfera”. Los que ya de partida eran imbéciles están encantados con la ocurrencia, que aleja aún más de ellos esa funesta manía de pensar.
Han tenido que pasar más de cuarenta años para que ahora en redes sociales, algunos indocumentados hayan llegado a llamarme fascista (!?) sólo por cuestionar a Sánchez o proponer una refundación del PSOE basada en valores éticos.
En España decimos muy poco “pienso que…”, porque por defecto casi siempre decimos “Yo creo que…”.
Y es que de partida ya es malo que nos pasemos el día creyendo mucho y pensando poco, así que cuando alguien no cree con nosotros nos parece una ofensa personal.
Como decía Alberti en su Nocturno, siento hoy heridas de muerte las palabras.

