

Recordando estos días a mi malogrado amigo Pepe Muelas, evoqué una conversación con él y con Juan Francisco Pérez Avilés, en la que surgió la idea de instituir una ruta de Mr. Witt (por la novela de Ramón J. Sender), y de paso vindicar una memoria histórica del Cantón.
Recordé que me tomé en serio esa conversación, y que escribí un texto dándole forma. Eso fue en 2014; algo ha llovido.
Pero he buscado en mi ordenador, y voilà, helo aquí:
§
1. SE TRATA de trazar una ruta o paseo por algunos escenarios
posibles que pudo conocer el personaje de Ramón J. Sender, de haber
existido en 1873, y hacer una serie de paradas en lugares donde se
pueda beber y comer algo (sería
interesante ofrecer para beber vino del campo de Cartagena, pues la
novela cita el vino de Campo Nubla, posiblemente vino dorado),
y allí unos personajes vestidos de época podrían pronunciar un breve discurso o diálogo, cuyos contenidos se
sugieren más adelante ad exemplum,
y donde se podría
aprovechar para recuperar
las mineras, cartageneras -o el palo que sean- que el propio Sender
recopiló y que más abajo transcribimos con el ámbito que tienen
en la novela.
§
2. UNO de los motivos -además del lúdico- del paseo es el de
vindicar la memoria histórica de la Insurrección Cantonal.
Cabe preguntarse, sin embargo, si aún no será polémica -para
muchos- dicha memoria histórica, a pesar de que se trata de un
hecho aún más lejano que la Guerra civil. Y si no repárese en las
siguientes cuestiones -que no son objeto de discusión para ningún
historiador, pero que chocan con una tradición anti-histórica
arraigada en sentimientos y pasiones-:
-
-que
el Cantón se llamó en su origen “Murciano” porque en esa
época a los cartageneros no parecía producirles urticaria esa
vecindad regional (y así, El Cantón Murciano, se llamó al
periódico que los revolucionarios editaron mientras duró la
insurrección; Antonete Gálvez era natural de Torreagüera, donde
se conserva su casa).
-que
el Cantón no aspiró a crear una “provincia” de Cartagena, ni
fue de derechas, ni centralista, ni monárquico, ni católico, sino
todo lo contrario: fue un movimiento revolucionario para establecer
la República Federal en España.
Y tiene cierta similitud con la Comuna de París de 1871, algunos
de cuyos protagonistas se refugiaron en nuestra ciudad (también
varó algún garibaldino, ya más pasado que el arroz para esas
fechas).
Todo
lo dicho, por fidelidad a la verdad histórica y por llamar a las
cosas por su nombre, y sin que sirva de apología a esas ideas; en
especial, no tengo inconveniente en proclamar mi oposición frontal
al federalismo en España. De otro lado, de los auténticos problemas
que Cartagena padece por el centralismo de la administración
murciana no puede hacerse responsable a nuestros paisanos de allende
la sierra de la Cadena.
§
3.
OTRO tema que se debería comentar es el de la propia conservación
de los escenarios de la Cartagena de 1873.
-
Cartagena
fue bombardeada por los centralistas, que dejaron intactos pocos
edificios. Después, una burguesía civilizada y aún cosmopolita
edificó sobre sus ruinas una ciudad espléndida de hôtels
que más que modernistas, corresponden a ese eclecticismo
decimonónico que aún hoy confiere caché a muchas ciudades de
Europa.
Durante
la última guerra civil, la aviación franquista bombardeó esta
bella ciudad, que aún así sobrevivió, para ser devastada con
mayor eficacia que los Junkers o los Savoia-Marchetti por una
política urbanística desastrosa, basada en el derribo
sistemático del casco histórico. Sin duda esto también
condiciona el planteamiento de la ruta.
§
4. EN CUANTO a los puntos de interés que hay que tener
en cuenta para el paseo, los voy a referir, si bien advirtiendo
que me parece imposible usarlos todos, pues alargaría demasiado
la jornada, y acaso sería incómodo si viene alguna persona de
edad.
Por
la misma razón no tomamos en consideración los castillos,
especialmente el de la Atalaya, pese al enorme interés que tuvo en
los hechos y que lo cite la novela, precisamente porque ya
convertiría la ruta en un evento deportivo.
Son
los siguientes:
-El
antiguo Penal, del siglo XVIII, luego Cuartel de Instrucción de Marinería,
actualmente Facultad de Empresa de la Universidad Politécnica, tras una acertada restauración, con muy buen criterio, del arquitecto José Manuel Chacón. según un estudio sobre el cante jondo de García Lorca, de este edificio procede el palo de cante de las carceleras.
-La
Muralla del Mar. Allí residía Mr. Witt. Sólo
queda en pié de esa época, además de la propia muralla de
Carlos III, la antigua Capitanía del siglo XVIII (hoy Servicios
Generales de la Armada) y los bajos de un edificio de piedra casi
al final de la calle.
-El
baluarte del cerro de San José, a la espalda de cuartel
de Antiguones. En sus muros exteriores están aún las marcas del
bombardeo centralista. Es el último vestigio intacto del
bombardeo de 1873, y sería importante velar para que el día que
el baluarte sea restaurado, esas marcas no desaparezcan.
-La
Cuesta de las Monjas y el Pasaje de la Virgen de la Soledad.
Allí, al borde del barrio de los pescadores hoy desaparecido por
la excavación del teatro romano, según el libro, se cantaba una
cartagenera, así que la parada parece obligatoria, también por
las buenas condiciones del lugar, con dos locales ubicados en
edificios que ya existían en 1873: El Soldadito de Plomo, en los bajos de la notable casa Spottorno, con un bello patio
interior con un gran portón donde ya se ha representado
micro-teatro, y que tiene asociadas algunas interesantes historias
desconocidas del gran público; los mismos encargados recuerdan a
través de la temática del local la visita que en el siglo XIX
hizo Hans Christian Andersen a nuestra ciudad; y también el bar
de La Catedral, hoy lamentablemente cerrado, cuyo local es un
verdadero palimpsesto de elementos arquitectónicos históricos.
-El
Molinete. Fue un barrio muy popular, con tabernas y lupanares
muy frecuentadas por marineros. Nada queda del barrio, salvo alguna
de las calles de acceso (actualmente en la esquina de calle del
Adarve con Balcones Azules existe una fonda), pero en lo alto del
cerro hay una cafetería con excelentes vistas.
-El
Parque de Artillería. Uno de los hitos más
dramáticos del sitio fue la explosión del Parque (no sabemos si
por alcanzar un obús los depósitos de pólvora o por las malas
condiciones de ésta). La destrucción y la mortandad incluso
entre civiles fue elevada, pues muchas mujeres trabajaban allí y
llevaban con ellas a sus hijos. Se podría aprovechar para poner
unas flores en memoria de las víctimas. Actualmente hay al menos
dos locales de hostelería que usan las viejas bóvedas del
Parque, así que la parada es ineludible. Es además un lugar muy
espacioso, que tiene por tanto muchas posibilidades para
representar.
§
6. EL ITINERARIO que yo sugiero es el siguiente:
Cuesta
de las Monjas/callejón de la Soledad, Molinete, Parque de
Artillería, calle Canales (porque se cita en el libro como lugar de
cante, y allí hay dos locales que pueden ayudar: La Posada Jamaica
(si algún día vuelve a abrir al público) y especialmente el
restaurante La Universal; y para acabar, el local “Mr. Witt”, por
el nombre.
Se
puede ampliar el recorrido con una parada en la calle Jara para
aprovechar el local de la Uva Jumillana.
§
7. TRANSCIPCIÓN de todos los textos de la novela donde figuran las
coplas.
Ramón
J. Sender se tomó el trabajo de recopilar una serie de letras de
cantes populares, sobre cuyo exacto origen habría que consultar con
un flamencólogo. Es posible que la atribución a la época cantonal
de alguno de ellos no sea del todo rigurosa, pero desde luego él se
los encontró en nuestra ciudad a mediados de la década de 1930,
cuando aún quedaba viva mucha gente que había vivido el Cantón (un
hombre de 24 años
en 1873 contaba con 86 en 1935), y no cabe duda de que conversó con
muchos testigos de la época.
Tanto
en La Unión como en el Conservatorio de Cartagena trabajan buenos
cantaores y guitarristas, que a la vista de las letras saben muy bien
el palo en el que hay que tocarlas. Musicar todos estos textos en los
palos cartageneros me parece un proyecto de recuperación muy
especial, pues podría incluso editarse una grabación. Este proyecto
no tiene por qué ser costoso.
§
8. TEXTOS
tomados de “Mr. Witt en el Cantón” (las notas al pié no
pertenecen al original; son de nuestra responsabilidad):
Aquella
noche el maquinista Vila recibió un recado en “La Turquesa”.
Al día siguiente había que encender las calderas. El maquinista
Vila nunca preguntaba por qué. Las órdenes eran siempre justas, y
cuando mandaban una cosa era porque no debían mandar otra.
(…)
Al
lado, en otra mesa, bebían, y a veces cantaban a compás, unos
vidrieros de Santa Lucía, que tenían fresco el jornal. A la
Turquesa no le gustaban las largas sesiones de cante
en las que se obstinaban algunos clientes, a pesar de que a veces las
coplas eran muy de su gusto. En aquellos días se cantaba a menudo
esta cartagenera:
Quieres,
Marín, que yo
cante
al clero y la monarquía;
no
comprendes, ignorante,
que
esa opinión no es la mía.
¡Que
vaya el nuncio y les cante!
Al
terminar, comenzaban todos a batir palmas con el ritmo del tango, a
contrapunto, y eso era lo que molestaba más a la
Turquesa. El vino
les aguzaba la sensibilidad, y repetían, uno detrás de otro,
cartageneras, carceleras,
hasta sacarles todos los matices. A veces se discutía sobre el
“deje” de uno y la “caída” del otro. Eso no le gustaba a la
Turquesa. Le
parecía poco serio en una casa donde no “entraba nunca la
vigilancia”. Pero esta noche no cantaban cartageneras, sino un romancillo que se oía en la calle, en los patios interiores de las
casas, en todas partes:
Antonete
está en la Sierra
y
no se quiere entregar.
No
me entrego, no me entrego,
no
me tengo de entregar
mientras
España no tenga
República
Federal.
(…)
Se
quedaron un momento en silencio, durante el cual, por la ventana
abierta, se oyó mejor el martilleo de docenas de hombres sobre
planchas de hierro. A veces cantaban los obreros a compás, y más
por el ritmo que por la letra Hozé identificó la canción:
Hasta
la Virgen del Carmen
se
ha vuelto republicana.
La
irreverencia de considerar republicana a la patrona de la marinería
le hería al director en lo hondo. Se levantó:
—Ya
saben ustedes. Fuera del Arsenal y de las horas de trabajo, lo que
quieran.
(...)
El
poblado carecía entonces de vegetación casi por completo. Tenía un
aspecto andaluz como las aldeas de Cádiz. Muy encalado y tal cual
chumbera, desesperada en gestos histéricos. Los críos se defendían
de las moscas como podían. Las mujeres, de la anemia. Los hombres,
del propio rencor. Pero, a pesar de todo, para quien no estuviera en
antecedentes, Escombreras tenía un aspecto suave, tranquilo, casi
idílico.
Ya
se van los quintos, madre;
sabe
Dios si volverán;
se
van, los pobres, cantando
para
no oírnos llorar.
Esto
de las quintas era la preocupación máxima en los hogares de
Escombreras y en casi todos los hogares campesinos de entonces.
Tadea, la mujer de Paco, que tenía una fuerte personalidad y
discutía de política con los hombres, solía contestar antes
de la República:
Si
la República viene
no
habrá quintas en España.
Las
mujeres se burlaban un poco de la Tadea, viéndola siempre con
hombres, de igual a igual.
(…)
Por
la tarde buscó a un muchacho que nadaba como un pez, a Cristobaliyo,
— chico de trece años, cuyo padre había muerto el año anterior
en el ejército del Norte peleando contra los carlistas. No tenía
familia, porque su madre había muerto antes que el padre y los dos
eran forasteros (habían ido a
Escombreras
al reclamo de la fábrica). El chico quedó desamparado y los vecinos
lo atendían. Uno le enseñaba las pocas letras que sabia. Era un
jornalero que cantaba bastante bien y que desde que aprendió “de
letra” incorporó a su repertorio esta cartagenera:
Escombreras
para mí
y
el Hondón para mi hermano;
y
el que no sepa escribí
que
vaya en cá el escribano
y
le enseñe, como a mí.
(…)
En
Escombreras y El Hondón las Cruces de Mayo tenían más importancia
que en la ciudad. Lo mismo en el Arco de la Caridad que en la plaza
de los Caballos, la Cruz de Mayo no era sino un pretexto para ensayar
los rapazuelos la mendicidad y otear las mozas la nueva primavera
entre el ramaje cortado, las candelillas y las cartageneras.
Bajaban
cantaores de Herrerías, a pesar de la canción reiterada todas las
noches en la esquina de la Subida a las Monjas por un flamenquillo de
voz bronca:
En
la villa de La Unión
dicen
que no hay cantaores.
Cuando
vino Juan Ramón
cantaban
los ruiseñores...
y
también cantaba yo.
O
la otra que terminaba con tres versos famosos en toda la costa
mediterránea, de Castellón a Huelva:
....la
noche la vuelvo día
cuando
monto en mi caballo
y
hablo con Ana María.
Resucitaban
las coplas con bríos de primavera en el campo y en el mar. En el mar
se suele anunciar la primavera con canciones, sobre todo en esos
mares como el de Cartagena, encerrados entre montes áridos, sin
árboles. Malagueñas bravías. Malagueñas con hierro en la
garganta y un poco de pena salvaje y solitaria, que en la malagueña
de Málaga es dulce como su mar. Eso es la cartagenera. Y en
aquellos días las Cruces de Mayo no eran sino un poco más de vino y
de canciones al obscurecer.
En
la calle de Canales cantaba Paco el Herrero, le acompañaba Chilares,
Pedro Morato, el pequeño, y Enrique el de los Vidales.
Las
coplas de intención política apenas se cantaban. No hacía falta.
Por cantar las otras, las del repertorio popular, serrano o marinero,
no dejaba de estar presente en la calle, en el puerto, en la guitarra
y en la caña de Moriles la fiebre del federalismo.
Pero
donde las Cruces de Mayo tenían más relieve y pompa era en los
pueblos próximos, especialmente en aquellos en los que abundaba el
campesino. El Hondón más que Escombreras. Escombreras más que
Santa Lucía.
En
el Hondón los alfareros y los campesinos se reunían en una casa de
la Media Legua, donde había una Cruz de Mayo que venía siendo de
años atrás la más celebrada. Mozas y viejas acudían a escuchar el
cante, las relaciones y los mayos. En la Cruz de la Media Legua el
cante no solía tener el aire sombrío y dramático que tenía en El
Molinete. Todo era allí ligero y alegre. Coplas en las que se
hablaba humorísticamente incluso del querer. Con esa tendencia al
amor vicioso que abunda entre los aldeanos y que los viejos alegres
glosaban con escándalo de las muchachas, todo se anegaba en
torrentes de risa y miradas turbias, Si algo bueno había en aquello
era la confianza y el amigable abandono a que se entregaban.
Hacía
muchos años que no se había producido ninguna reyerta, y tenían
que remontarse a la memoria de los más viejos para recordar un
crimen de aquellos tan frecuentes en La Unión.
Con
el Ladrillero,
viejo cantaor, se habían agrupado al pie de la gran cruz de
hojarasca varios labriegos. En grupos próximos se bebía y las mozas
escuchaban y reían escandalosamente, La noche era tibia y húmeda.
La brisa que llegaba del mar traía frío; pero entre el baile y las
copas, a nadie se le ocurría cerrar la puerta, que debía quedar
abierta, además, para todo el que quisiera entrar. El
Ladrillero
cantó:
Estoy
pasando por tí
más
penas y más trabajos
que
pasó el tío Marín
cuando
lo corrió un lagarto
en
las lomas del Perín.
¿Quién
sería este tío
Marín de las
coplas? ¿Era el protagonista de la cartagenera? En todas partes
donde se rasgueaba una guitarra tenía que aparecer el tío Marín en
cuanto el cantaor abría la boca. ¿Seria el minero con la salud
quebrada, pero el humor firme, ya entrado en años, que para mayo
mordía el tallo de un clavel en los quicios de Cartagena? El
tío Marín
es la copla
mitad gitana, mitad levantina que rueda por la falda de los cinco
montes cartageneros.
Pero nadie había visto al tío
Marín. ¿Calzaría
esparteñas de Cieza? ¿Bebería en ca
la Turquesa o en la
caminera tasca de
Alumbres? ¡Cualquiera sabía quién era el tío
Marín! Aunque,
desde luego, era “mucha persona”.
En
la Media Legua comenzó el baile entrada ya la noche. El
Ladrillero bebía
todo lo que le acercaban. Su cara salía del horno cada día como una
pieza más de alfar, rojiza y tostada. La mitad del año era
campesino y la otra mitad alfarero. Con los jornales del tejar pagaba
el vino del verano. Las mozas se separaban de las casadas, más
licenciosas y, sin embargo, menos prontas al jaleo de los mayos. Se
divertían tanto como ellas, pero de otra manera. Cuando el baile
estaba más animado, entró un hombre, abriéndose paso entre los
grupos. Llevaba el rostro pintado de cal o harina. Dio un brinco,
quedó plantado en medio, apoyado en una caña que usaba como signo
de autoridad. Extendió el brazo izquierdo desnudo, cubierto de vello
rojizo por el polvo y el sol, y dando con la caña en el suelo dijo:
Alto
el baile; yo primero y luego naide.
Sobre
el rostro enharinado lucía un casco de piel de cabra en la cabeza.
Todos se hicieron atrás, riendo y alborotando. ¿Sería el tío
Marín?
Una
mozuela gritó:
—El
tío Marín es
pastor.
Con
su aire majestuoso, el supuesto tío
Marín volvió a
golpear el suelo con la caña y respondió:
—Soy
pastor. Tengo una punta de ovejas y dos perros.
Comenzaron
las viejas y las jóvenes casadas a escandalizarse. Los mozos
preguntaban al pastor:
—¿Mayo
o relasión?
El
enharinado respondía para todos los gustos:
—Si
quieres mayo, mayo. Si no, relasión.
Todos
querían las dos cosas, Por el mayo, una copa. Otra por la relasión.
—Entonces
—añadió el pastor— comenzaremos por la relasión.
Y
cantó el romance de Gerineldo, acompañado por el
Ladrillero, que le
quitó la guitarra a su vecino. En aquella asamblea campesina sonaban
las estrofas con limpieza. La gala del romance llegaba a todos, la
entendían todos, colgaba imágenes fantásticas en la sombra de la
noche levantina, encendía lo inefable en los últimos sueños de la
marina gitana.
Gerineldo,
Gerineldo, traía un aura de Castilla, popular y culta. La misma
guitarra sonaba a clavecín.
Cuando
terminó la relación, los campesinos pidieron trovos,
pero las viejas esperaban el mayo
que había
prometido al entrar, y el pastor volvió a dar un brinco y
extendiendo los dos brazos hacia las mozas gritó:
—Mayo
será si las mositas
disen mayo.
—¡Mayo,
mayo! —gritaron varias.
El
silencio de anhelo, de esperanza y también de miedo —los mayos
daban miedo a las mocitas de Herrerías—, abría alrededor del
pastor nimbos religiosos bajo la Santa Cruz de hojarasca.
—Soy
el pastor Marín, con su punta de Ovejas y sus dos perros.
Metió
el índice de cada mano en su boca y volviendo la cabeza atrás silbó
dos veces.
—¿Dónde
están las ovejas?
Varios
campesinos entraron a cuatro manos en el corro. Les cubría una piel
de cordero y balaban. Uno llevaba un delantal colgando de las ingles,
como los machos sementales fuera del tiempo del celo. Las bromas
obscenas, suficientemente veladas para ser entendidas sin demasiada
vergüenza de las vírgenes, salieron de aquí y de allá. El pastor
volvió a dar su zapateta y su golpe con la caña y explicó que sus
perros llegarían después. ¿Cómo se llamaban sus perros? ¡Ah, sus
perros se llamaban con nombres extranjeros! En Cartagena, donde eran
familiares los nombres alemanes e ingleses, no podría extrañarse
nadie de que el perro de un pastor se llamara Jones.
El
Ladrillero quiso
intercalar una copla y, aunque los mozos se opusieron, la soltó,
quedándose con los últimos versos entre los labios, por creer,
quizá, que no venían a cuento:
...
que al castillo de Galeras
se
le han llevao al
amante
y
ella se muere de pena.
El
pastor respondió haciendo un paréntesis:
—A
Galeras ya no vamos nosotros, los pobres. Ahora van las personas
desentes.
(…)
El
grupo se perdió en las entrañas de la noche, mucho antes de llegar
a la puerta de San José. El faro de cabo Palos echaba sus ráfagas
al cielo y del puerto subía rumor de oleaje.
En la cruz de mayo de Media Legua quedaban tres viejos y algunas
mocitas, muy aburridos. Uno de ellos cogió la guitarra que había
abandonado el Ladrillero y rasgueó torpemente. Una mocita cantó,
con su vocecilla delgada e insegura:
Castillo
de las Galeras,
ten
cuidao al
dispará,
porque
va a pasá mi amante
con
la bandera encarná.
(…)
Y
el tren seguía rodando hacia Hellín, dejando detrás paisajes
bravíos, montes y simas pelados y cenicientos, sin un árbol, sin un
arbusto. Esparto en las laderas del Mediodía y hierro en la entraña
difícil.
Mucho
antes de llegar comenzó a anochecer. Los soldados cantaban en
grupos. Sus rostros, brillantes de sudor, se acercaban a los aros de
las ventanillas, y al pasar frente a alguna aldea el que lo sabia
decía su nombre y los demás lo repetían para volver en seguida a
cantar con indolencia.
En
la ventanilla más próxima al vagón del Estado Mayor asomaba un
rostro atezado —ángulos azules de gitano— que cantaba a plena
voz cuando las palmadas a contrapunto de sus compañeros cesaban:
Yo
nací en el Garbanzal,
me
crié en las Herrerías,
y
al que pregunte por mí
me
llamo José María,
de
Antonete el cornetín.
A
veces las cartageneras con Paco
el Herrero, Chilares,
ritmo de fragua y yunque, dejaban paso a las alegres seguidillas:
Un
fraile y una monja
dormían
juntos
porque
tenían miedo
de
los difuntos.
(…)
Un
centinela de infantería de Marina cantaba al pie de una tronera de
la muralla, bajo el balcón:
Metí
la mano en tu pecho
y
me picó un alacrán...
(…)
Alrededor
de las guardias se convocaban en la hora del rancho docenas de niños
andrajosos, sucios, comidos de las moscas. No había en sus caritas
el menor dramatismo. La mugre no era en sí misma dramática.
Con
el mendrugo o la cabeza de un pez entre los dientes correteaban y se
perseguían. A veces un grupo cantaba, llevando el compás con el pie
desnudo:
Agüil,
agüil,
que
vienen los moros
con
el candil.
A
matar escarabajos
con
trompetas y caballos.
Agüil,
agüil,
que
vienen los moros
con
el candil.
(…)
Las
mujeres que salieron temprano hacia la plaza de Abastos se
encontraron en medio de la calle del Salitre un hombre muerto. Se
había aplastado las narices y roto los dientes contra el empedrado.
Su cabeza descansaba sobre un charco de sangre. Lo identificaron
enseguida, aunque nadie sabía su nombre. Era un aljecero de San
Antón, ya viejo, que fue separado del servicio de la defensa
cantonal porque su miopía le incapacitaba para usar el fusil. Desde
entonces se había dedicado a componer coplas alusivas a la
deslealtad de unos jefes y a la cobardía de otros y las recitaba o
cantaba a quienes querían escucharle. Al principio la gente se
indignaba, pero como no tardaban en advertir por cualquier detalle
que el viejo no estaba en su juicio, lo dejaban en paz con sus
manías. El aljecero fue observando que a medida que arreciaba en sus
coplas el hambre se hacia más dura. La gente, que difícilmente
encontraba alimentos, no quería compartirlos con aquel viejo
deslenguado. Los últimos días había abandonado sus coplas mordaces
y componía otras. El hambre rechazaba la ironía. Con una voz tenue,
que apenas salía de los dientes, hacía un relato de comidas
espléndidas. En su fantasía se permitía ciertos sibaritismos como
el de
...buen
vino de Campo Nubia
en
jarrico del Hondón.
Hacia
sus diminutivos en ico porque procedía del campo murciano.
Aquella
madrugada fue hallado muerto en la calle vieja del Salitre, estrecha
y obscura como un ataúd. Las mujeres formaron corro. Al principio
creían que estaba borracho.
(…)
Los
chicos se nutrían como podían: con el sol, el aire y con la alegría
de sus juegos, que seguían siendo —dramática lección de
serenidad— juegos de paz bajo los cañones:
¿Dónde
va la cojita?
Piu,
piu, píu, pa.
Pero
ahora, alrededor del cadáver del aljecero, las mujeres, los viejos
iban resucitando sus pasiones, vivas en las coplas. Odiaba a los que
le quitan lo suyo al pobre para darle al rico más;
Y
cuando sus trovos iban por ese camino, la gente le escuchaba,
olvidando sus manías. Pero de pronto arremetía contra el general
Contreras:
Quié
cobrarse en
Cartagena
los
despresios de
Madrid.
La
gente dudaba. No faltaba alguno que se ofendiera por cuenta del
Cantón, y entonces todos lo insultaban y lo dejaban solo.
(…)
Al
frente de la manifestación iban dos voluntarios con banderas rojas.
En el aire había otra vez una pujanza nueva. Optimismo, fiebre en la
sangre y hasta cartageneras. Hasta una variante de la copla de las
Galeras, que nadie cantaba, pero que estaba en los oídos de muchas
mujeres:
Cañones
de las Galeras
callarse
y no tiréis más,
que
pasan los voluntarios;
que
pasan los voluntarios
con
banderas encarnás.