martes, 1 de diciembre de 2020

Ética y Estética para una sociedad libre

 



He ahí un título excesivo para unas pobres reflexiones que al fin y al cabo son erráticas.

Tengo grabada en la memoria la fascinante Porta Borsari de Verona. Cuánto me recuerda a la St. André de Autun.

La proporción, la armonía de esos arcos de medio punto constituye el epítome de la estética occidental.

Otra aportación de Autun a la sabiduría occidental y a su concepto de justicia es esta frase, que impidió que la matanza de San Bartolomé se extendiera a Borgoña:

“Las órdenes de los monarcas enfurecidos deben ser obedecidas muy lentamente”
Pierre JEANNIN

Ésta asociación me ha llevado a otras reflexiones, a las que sirven de introducción estas citas:

«El verdadero grito de la Civilización es: ¡Nada de arbitrariedad!»
STENDHAL

«Estoy en contra de la pena de muerte, salvo en el caso de los arquitectos»
Jean-Luc GODARD

Por puro azar, me he tropezado estos días con tres anécdotas concurrentes:
La primera me la aportó la consulta a un plano turístico del barrio del Panteón, en Roma: en la esquina de un magnífico palazzo, una modesta tiendecita… cuyo dueño se negó a venderla para la construcción del soberbio edificio. Y no fue expulsado por la fuerza.
En una época de poder aristocrático, no democrático. Allí continúa la minúscula casita.

La segunda la refiere José María Álvarez al menos en dos de sus libros; Sieg Heil! y Los decorados del olvido:

“... sucedió en Hungría, en una cena muy agradable donde alguien recordó la anécdota, que yo ya sabía, del molinero prusiano al que el Rey quiso comprar sus tierras, y al negarse el molinero, un enviado del monarca lo amenazó con el uso del poder Real, a lo que el buen molinero repuso: «Todavía hay leyes en Prusia».”

La tercera es más siniestra; de la misma da cuenta con su lucidez habitual (que tanto debe a la influencia de Gibbon) Trevor-Roper en The last days of Hitler (1946). La respuesta dialéctica de Joseph Goebbels a la destrucción sistemática de las ciudades alemanas por los terribles bombardeos aéreos de los aliados en 1945:

“Las bombas terroristas -gritaba- no hacen distinción entre las casas de los ricos y las de los pobres; ante la violencia de la guerra total, las últimas barreras clasistas han tenido que desaparecer.
(...)
Junto con los monumentos de la cultura, se hunden también los últimos obstáculos que se oponían a la realización de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, tendremos que reconstruir Europa. En el pasado, la propiedad privada fue como una valla burguesa opuesta a nuestras ansias renovadoras. Ahora las bombas, en lugar de matar a todos los europeos, sólo han destruido los muros de la prisión en que permanecían encerrados… Al intentar destrozar el futuro de Europa, el enemigo sólo ha conseguido aplastar su pasado; y con él ha desaparecido todo lo gastado e inútil.”

La salvaje destrucción de la propiedad privada por los así llamados bombardeos-alfombra era interpretada como una peculiarísima manifestación de la doctrina de la guerra de clases, frente a la cual esa destrucción y esas matanzas se tornaban instrumentos saludables: servían para acelerar ese proceso de destrucción de un ideal de la propiedad.

No puedo dejar de pensar en el contraste brutal de España.

La subordinación de la propiedad al interés social puede que haya funcionado bien en países de tradición luterana, en los que la social-democracia ha sido un sistema ajeno a la desviación de poder: Alemania, Suecia, quizá Dinamarca, donde la sociedad aspira a la medianía y a la discreción, donde lo singular es visto casi con aversión.

Pero en España, donde todas las instituciones están corrompidas, este principio sólo ha servido de excusa para un abuso continuado, para arrebatar la propiedad privada a los débiles y para entregarla a los poderosos.

Ha servido para facilitar un tránsito perverso: el del caciquismo rural del siglo XIX al nuevo caciquismo urbano del siglo XX, mucho más rentable por las inmensas posibilidades de la especulación inmobiliaria en un país que procura concentrar a toda la población en grandes ciudades y abandona campos y pueblos, indicio incuestionable de decadencia y tercermundismo.

Ya hace algún tiempo se habla tímidamente de “la España vacía”, tristísima realidad.
El jurista que estudia la propiedad privada aprende que las mayores limitaciones a este derecho las ha establecido el Derecho Administrativo; singularmente a través de los instrumentos o procesos urbanísticos.

Si ya la teoría es mala -el que un Ayuntamiento, a menudo en manos de unos patanes, pueda entregar a un “agente urbanizador” el poder de decidir qué propiedades van a ser destruidas o expropiadas- la práctica ha superado los sueños de tiranos como Ceaucescu (que planeó derribar ciudades enteras en Rumanía, que serían sustituidas por un modelo uniforme de trama urbana).

Merced a estos instrumentos, las ciudades españolas se han convertido en megalópolis de bloques de pisos cortados por el mismo patrón de mal gusto y máximo volumen (y máximo beneficio para sus promotores).

En la costa mediterránea, bajo la excusa de deslindar y proteger la zona marítimo-terrestre, los talibanes de las Demarcaciones de Costas se han dedicado con una saña digna de mejor causa a la destrucción de todo aquello que oliese a singular o a antiguo, permitiendo en cambio que desde Barcelona al campo de Gibraltar, con pocas excepciones (como el cabo de Gata o parte de la costa cartagenera, en ambos casos por ser en exceso abruptas, no por amor al paisaje), toda la costa mediterránea española sea una muralla de ladrillos de un mal gusto supremo.

Diera la impresión de que es en España donde continúa el proceso que anticipara Goebbels; a pesar de que ninguna de sus ciudades padeciera una destrucción tan absoluta como Hamburgo o Dresde, la realidad muestra los centros históricos como si se hubieran tapado burdamente las heridas de una aniquilación total debida a una guerra de singular violencia: es el espectáculo del urbanismo salvaje, que el español asume como el ámbito de su existencia, acríticamente, incluso feliz de compartir el sueño en apariencia igualitario de vivir en un pisito; en suma monumentos del lumpen-desarrollo al servicio de la verdadera clase pujante en España: la lumpen-burguesía, que encuentra su existencia ideal en el seno de los partidos políticos.

Conviene usar este calificativo para distinguirla de esa burguesía culta que entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX convirtió las ciudades europeas en lugares mejores donde vivir, creando un paisaje urbano muy bello, que se complementó, casi nunca avasalló, a los edificios más antiguos, y donde siguió primando lo singular.

En la dignidad de los pobres cifraba Stendhal la grandeza del pueblo español, y a su juicio esto le hacía superior moralmente al francés. No nos engañemos; éste es un argumento sentimental, aquí usado al estilo de las Lettres persanes de Montesquieu para fustigar los propios vicios; al fin y a la postre, en los últimos siglos Francia ha dado mejores administradores de lo público que España, y como república, está en el papel bien fundada (Libertad, Igualdad, Fraternidad).

Ya en época de Stendhal (primeras décadas del siglo XIX), las clases dominantes de nuestro país eran ejemplo de ineptitud y falta de grandeza.

Las cosas no han mejorado, y hoy los principios constitucionales de facto en España siguen siendo la mediocridad, la venalidad y el nepotismo, justificadas a derecha y a izquierda con el cinismo habitual.

martes, 31 de marzo de 2020

Casa Spottorno


Esta casa es contigua a la mía. Una casa antigua más, de ésas que en Cartagena han venido siendo demolidas a centenares con verdadera saña criminal... y no por los bombardeos de 1874 o de la aviación franquista, sino por la Sociedad Casco Antiguo de Cartagena, que ha hecho con el patrimonio de esta ciudad lo mismo que los bomberos de Fahrenheit 451 (la distopía de Ray Bradbury) con los libros: reducirlos a cenizas.

Pero a veces las viejas piedras nos hablan, y eso nos sirve para quererlas más.

Ésta es la llamada casa Spottorno, un bello edificio de estilo isabelino, que en la región de Murcia no es muy frecuente.

Fue construida por un patricio cartagenero de origen genovés, Bartolomé Spottorno, que aparte de sus negocios, era cónsul de varios países, entre los cuales figuraban Prusia y Dinamarca, relevantes para las breves noticias que aquí os voy a dar. Su hija se casaría con el célebre filósofo Ortega y Gasset.

La casa posee muy bellas estancias, entre las cuales un gran salón de baile con artesonados y paredes pintadas al aceite.

Estuvo muchos años cerrada y deshabitada, y a punto de ser derribada; yo conocía a sus antiguos dueños, que me permitieron recorrer a mis anchas el edificio en días tan inciertos. Afortunadamente hoy viven allí personas amantes del patrimonio que la han ido restaurando primorosamente.

Bartolomé Spottorno fue uno de los primeros introductores de la música de Wagner en España, y daba conciertos en sus salones, los más reputados de la ciudad en su época, y a los que habitualmente acudían ilustres invitados; entre ellos estuvo el Gran Duque Alejo, hijo del zar Alejandro II, que visitó la ciudad con una flotilla de buques de guerra.

Otro ilustre visitante de esta casa fue Hans Christian Andersen, que al llegar a Cartagena en septiembre de 1862 lo primero que hizo fue ir a ver a D. Bartolomé, que para eso era su cónsul, como relata en la memoria de su viaje por España. Se hospedó al lado, en el hoy desaparecido Hotel de Paris, en la Plaza del Ayuntamiento, al que mi bisabuelo, négociant francés, surtía de barricas de genuino vino de Burdeos.

(Andersen deseaba ardientemente visitar España, cosa que hizo ya con los 58 años cumplidos. Tenía esa ilusión porque de niño conoció a los soldados españoles del Regimiento del Marqués de la Romana que estuvieron varios años en Dinamarca, y cuya memoria ha sido muy perdurable: congeniaron tan bien con la población civil que a ellos se sigue atribuyendo el que haya daneses de pelo oscuro; fueron los primeros hombres a los que allí se viera fumar cigarrillos, que ellos mismos se liaban; cuando se ordenó su repatriación algunos desertaron y se casaron con danesas. Andersen recordaba de su niñez a uno de esos soldados, que le cogía en brazos y le hacía besar una medalla que llevaba con una cinta al cuello...)

Hoy, en los bajos del edificio existe una bonita cafetería, llamada "El soldadito de plomo" en memoria del escritor, un lugar distinto, entrañable, donde se puede hablar, escuchar música, se ofrecen charlas... (incluso yo llegué a pronunciar una de ellas para la agrupación de Jóvenes Abogados, junto a mi amiga Rut Alvarez...).

Hay también un patio muy lindo, con miradores cerrado a la calle por un alto muro y portón, pero que yo veo desde mi casa, y donde a veces se han representado también obritas de teatro.

Cuando pases por la calle del Cañón, o de Príncipe de Vergara, o subas la Cuesta de las Monjas para ver el Teatro Romano, alza tu mirada a esas bellas formas de la casa Spottorno: son un pedazo de nuestra historia.

domingo, 29 de marzo de 2020

El año de la epidemia


La visión hiperrealista de la Gran Vía de Antonio López nos produce una emoción estética que nunca habría podido causarnos una fotografía.

Hasta hoy, cuando esa foto es perfectamente posible.

La visión de Antonio López es atroz porque no hay seres humanos, y en un lugar como la Gran Vía madrileña eso sólo puede significar que todos están (estamos) muertos.
(o bien porque estamos confinados por miedo a la epidemia, pero eso lo hemos sabido ahora)

A distancia (como fenómeno cultural), es la misma atrocidad que subyace en algo tan anodino como Cars, la película de dibujos animados de Pixar: presupone que ya no quedan humanos vivos.

Tras vivir estos días, no volveremos a ver imágenes como ésta de Antonio López con los mismos ojos.


lunes, 5 de noviembre de 2018

Sobre yugos y flechas, y sobre el mejor vino del mundo




He aquí una muy singular etiqueta de vino: la del Château Mouton Rothschild de 1924.

Era la primera cosecha en la que había impreso su impronta un entonces jovencísimo barón Philippe de Rothschild (21 años de edad), que de paso revolucionaba estéticamente el etiquetado del vino, al utilizar con tal fin una obra de arte singular.

La mayor parte de las marcas bordelesas continúan usando en sus etiquetas antiguas estampas o grabados con la imagen de sus châteaux, normalmente monumentales edificaciones que transmiten ideas conservadoras de nobleza y opulencia. Pero el Mouton, aunque posee uno de los mejores viñedos del mundo, no tiene ninguna mansión reseñable.

Y el barón Philippe fue cualquier cosa menos conservador: aunque usó esta  etiqueta durante varios años, a partir de 1945 cada una ha sido diferente a las anteriores. Incluso  constituyen un justificado objeto de colección, ya que sus diseños han corrido a cargo de artistas  de la talla de Picasso, Joan Miró, Dalí, Kandinsky, Chagall, Francis Bacon, Andy Warhol, Jeff Koons... Incluso el gran John Huston, cuyas dotes pictóricas eran desconocidas para muchos, fue el autor de la etiqueta de la añada de 1982.

El curioso lector puede visitar ese peculiar museo en la página de la bodega:

https://www.chateau-mouton-rothschild.com/label-art/discover-the-artwork

Fallecido el barón en 1988, su heredera, la baronesa Philippine de Rothschild, ha continuado esta tradición.

Pero volvamos a la etiqueta de la añada de 1924; de estilo cubista, su autor fue Jean Carlu, conocido por sus carteles publicitarios, algunos verdaderos iconos de su época. En la imagen se integran los motivos de la marca y de la familia: la silueta de los chais (las naves de vinificación, a falta de mansión), la cabeza de un carnero (en francés, mouton)… y un yugo y un haz de cinco flechas, superpuestos y en color rojo.

Sí, exactamente los mismos elementos, y con idéntico color y disposición, que los adoptados por José Antonio Primo de Rivera en 1933 para su partido, Falange Española.

¿Una mera coincidencia?

Adelanto que a mi juicio, no.

 Y por otro lado ¿Qué pinta el yugo y las flechas en manos de la familia Rothschild?

Pues mucho, porque ambos símbolos aparecen en el escudo que se dió el fundador de la estirpe, Mayer Amschel (nacido en 1744), pero por separado, uno a cada lado, exactamente con la misma disposición establecida por los Reyes Católicos.

Respecto al color, que Carlu mostrase el yugo y las fechas en rojo no fue un capricho. Rothschild significa en altoalemán “escudo rojo”, porque así estaba marcada la casa familiar en la Judengasse del ghetto de Frankfurt (destruida en 1944 durante un bombardeo norteamericano).


Destaquemos, sin embargo, que en la heráldica de los Reyes Católicos ambos símbolos están representados en color oro, como pueden verse copiosamente en los relieves de las techumbres de la Aljafería de Zaragoza.

Uno puede plantearse la posibilidad de que la prestigiosa familia Rothschild hubiese adoptado estos elementos heráldicos españoles por su origen sefardita, pero no es el caso: no es discutible el origen ashkenazi (judíos alemanes o centroeuropeos) de la familia.


Pocas veces una estirpe ha sido tan fiel a unos símbolos, pues el fundador, Mayer Amschel, inculcó en los suyos un espíritu de unidad, fidelidad y obediencia a los sucesivos patriarcas.

¿De dónde tomó, pues, el viejo Mayer Amschel el yugo y las cinco flechas?

A mi juicio, de las monedas de los Reyes Católicos. La familia Rothschild, como otras muchas familias judías, se había dedicado a operaciones de préstamo y a dar cartas de crédito. Desde el medievo, el respaldo del sistema financiero judío se basaba no sólo en el oro, sino en las monedas de prestigio, que hasta principios del siglo XIX fueron sobre todo españolas, por su abundancia y calidad (recuérdense los columnarios, las “piezas de a ocho” que cantaba el loro en la Isla del Tesoro de Stevenson, y que fueron el origen del dólar norteamericano, cuyo símbolo aún conserva las dos columnas de la monarquía Hispánica, los dos estremos del mundo…).

El conde Egon Caesar Corti, uno de los pocos que accedió a los archivos familiares de la Judengasse antes de su destrucción en 1944, nos da cuenta de que el viejo Mayer Amschel había sido consejero y suministrador de monedas de muy ilustres coleccionistas, hasta el punto de convertirse, con sólo 25 años de edad, en el proveedor oficial de los príncipes electores de Hesse (vid. CORTI, Egon Caesar, La Maison Rothschild, vol. I, Payot, Paris 1929, pp. 14 a 16).

El barón usó cinco flechas porque tuvo cinco hijos varones, en los que basó su expansión por Europa. Los Reyes Católicos, o más bien la reina Isabel, a quien representaba este símbolo, usaron indistintamente haces de sólo tres flechas hasta haces de una docena.

Aclarado el caso (o hecha la propuesta de aclaración) de los Rothschild, debemos volver a José Antonio Primo de Rivera. Una tradición que procede del mismo José Antonio quiere que el yugo y las flechas de Falange sean los del escudo de los Reyes Católicos, donde ya hemos visto que no tienen ni esa disposición ni ese color.

¿Pudo tomar José Antonio esta moderna representación de la etiqueta de Carlu?

Pienso que sí, lo que no significa en modo alguno que él no conociese el significado histórico de tales símbolos.

En abierto desafío al espíritu de los movimientos sociales de masas, ejercía en Madrid de elitista sin complejos, y se hacía rodear de un reducido y selecto grupo de poetas, aristócratas y dandys, que se jactaban además del disfrute de los mejores manjares.

Hablamos de Agustín de Foxá (que era conde), de Sánchez Mazas (padre del novelista Sánchez Ferlosio, también aristócrata y notable poeta), del también poeta Luys de Santamarina, del entonces vanguardista Giménez Caballero, de Mourlane Michelena, de Dionisio Ridruejo... todos ellos excelentes escritores, hoy olvidados por la tiranía de lo políticamente correcto.

Redimido sólo Ridruejo, porque vivió lo suficiente para renegar del franquismo, los demás murieron demasiado pronto (salvo Giménez Caballero), y aunque durante sus últimos años vivían de espaldas al régimen, no tuvieron tiempo de adscribirse a corriente o generación alguna ni a mostrar en sus escritos las razones profundas de ese distanciamiento. A mi juicio son todos en mayor o menor medida heterodoxos (siempre una difícil heterodoxia la de un falangista, mas no imposible), como explícitamente reconoce Andrés Trapiello de Foxá; personajes incómodos o desencantados en el estólido ambiente cultural de los años 40 y 50. Deberíamos ser capaces de leerlos como se lee en Francia a Louis Ferdinand Céline o a Drieu La Rochelle, no buscando justificación ideológica, ni rechazándoles, una vez constatado que no son nuestros gemelos homocigóticos… recordemos que la Literatura no constituye un plan de salvación político-social.

Para escarnio de los modernos papanatas, recuerdo aquí a un hombre tan comprometido con la República en el exilio como Max Aub, quien relató en esa crónica emocionante y desencantada que es La gallina ciega cómo en su primer regreso a España desde su exilio en México, a finales de los años 60, va a Barcelona en busca de su amigo de juventud, Luys de Santamarina, falangista amigo del fundador, pero condenado al ostracismo por el régimen de Franco. Beben juntos en un bar cualquiera, un lugar anodino; allí se encuentran dos hombres cansados, qué más amargo, el exilio interior de Santamarina, o la pérdida física de la patria de Max Aub. Se enfrentaron en la guerra, pero queda aún la amistad, la recíproca admiración de dos excelentes escritores.

Pero volvamos a la corte joseantoniana y a sus soirées: José Antonio, además de frecuentar la mejor mesa madrileña en el restaurante Rimbombín, en el Ritz o en el Savoy, había sido el creador de las “cenas de Carlomagno” en el Hotel de París de la Carrera de San Jerónimo. En esas teatrales cenas, a las que sólo acudían sus selectos amigos preceptivamente vestidos de smoking, bajo la luz de candelabros de plata (pas d’électricité, merci), se comían rebuscados manjares (como la carne de tortuga) y se reservaba un sillón vacío con una piel de corzo para Carlomagno, que desconsideradamente, siempre faltaba a la convocatoria.

Nadie lo ha comentado, y yo no estuve allí, pero estoy seguro de que no bebían el valdepeñas de entonces.

¿Tuvo José Antonio trato personal con los Rothschild?

De un modo u otro, sí.

Su padre, el general Miguel Primo de Rivera, favoreció durante su mandato todos los negocios de la  familia de banqueros, que era dueña de los más importantes recursos mineros (Almadén, Ríotinto, Peñaroya…) y ferroviarios de España. Fue bajo su dictadura que se promulgó una ley que concedía la nacionalidad a los sefarditas y se abrió en Madrid la primera sinagoga desde la expulsión en el siglo XV (llamada Midrás Abarnabel, situada frente al Teatro de la Comedia).

Fue financiada por un notable prócer judío, Ignacio Bauer, amigo personal de Alfonso XIII, cuyo palacio en la calle San Bernardo frecuentaba José Antonio, que recordemos, era marqués de Estella, Grande de España y gentilhombre de cámara del rey, y que estaba fascinado por la belleza de las hijas del patricio (Alfredo Amestoy, Tras las huellas de Jose Antonio en Madrid, sus pasos contados, 2015). Los Bauer llevaban desde 1856 en España, como representantes y encargados de negocios de la casa Rothschild, con quienes estaban además emparentados. Cultivaban el lujo, y sus salones imponían moda.

No es nada extraño que allí José Antonio conociese el Château Mouton.

En aquella época (años 20 y 30), el vino de mesa español carecía absolutamente del prestigio que hoy posee, y todos los buenos restaurantes exhibían en sus cartas media docena de vinos franceses como lo más excelso. Normalmente algún Champagne, algún clarete de Borgoña (lo más frecuente, el Chablis), y siempre varios Burdeos: los más selectos, en los mejores restaurantes, el Château Mouton, junto al Margaux, el Lafite o el Petrus. Tal es de ver en las viejas cartas de vinos de locales como Lhardy, en Madrid. También en boca de los mejores gourmets españoles, como Julio Camba, que en la década de 1920, en su muy recomendable La casa de Lúculo se lamenta de la mala calidad de los vinos de Rioja, y hace una detallada exposición de todos los grands crus de Burdeos, recordando al menos media docena de añadas de Château Mouton y de Château Pouget como quintaesencia de lo exquisito…

Afortunadamente, han cambiado mucho las cosas desde entonces.

Otro Hotel de Paris, el de Cartagena, era famoso en la ciudad por su excelente bodega de vinos de Burdeos. Años antes, un antepasado mío, marchante de esos vinos, tasaba los perjuicios sufridos tras la insurrección Cantonal, pues los revolucionarios se habían bebido absolutamente todas las barricas de vino sin pagárselo al dueño, lo que sin duda les insufló bon courage para repeler los ataques de los centralistas.

En suma, José Antonio por fuerza conocía el Château Mouton Rothschild como paradigma asociado a las élites, y más que posiblemente la adopción de la simbología falangista fue una mezcla de boutade y recuperación de un símbolo histórico de la monarquía Hispánica, en torno a una buena mesa, con alguna botella de Mouton vacía y el ambiente lleno de humo de buen tabaco cubano. Y eso explica la coincidencia de color, número de flechas y disposición del símbolo adoptado por la Falange, entre todas las opciones posibles.

De paso, el gesto posiblemente servía para recordar a los Rothschild que el uso de unos símbolos nítidamente hispánicos era punto menos que una usurpación.

Para terminar, y para aquellos que arruguen el ceño al leer acerca de ciertos vinos bordeleses, hemos de decir que éstos siguen brillando a gran altura, y no sólo por su precio inmoderado, al fin y al cabo fruto de la ley de la oferta y la demanda: lo que tienen en común vinos como el Château Mouton, el Lafite, el Pétrus o el Latour, es una longevidad casi sobrenatural. Cuando sus hermanos de cosecha de cualquier parte del mundo están muertos, ellos empiezan a desplegar unos aromas diríase feéricos.

El gran Robert Parker, en su voluminosa Guide des vins de Bordeaux, su obra más personal y apasionada, y en todo caso uno de los libros más interesantes jamás escritos sobre el vino, cuenta del Mouton de 1945 (degustado en 1997) que le otorgó 100 puntos únicamente porque el baremo de notación no permitía ir más allá; consideraba este vino una verdadera leyenda del siglo XX:

“...destacables aromas exóticos, suaves y maduros, a frutos rojos, a café, a tabaco, a moka y a especias orientales… el conjunto, opulento y rico, manifiesta una densidad extraordinaria… el final, largo de más de un minuto, revela un bello despliegue de extractos de fruta y suaves taninos… de este vino es destacable su juventud… ¿durará aún otros 50 años?” (PARKER, Robert, Guide Parker des vins de Bordeaux, Paris 2005, p. 254)   

Y sobre el Château Lafite, también propiedad de los Rothschild, relata algunas experiencias casi sobrenaturales al degustar en 1995 una serie de cosechas del siglo XIX, entre ellas, la de 1832 (sic), que aún exhalaba “… una nariz de caja de tabaco, de té helado y de hierbas, y presenta en boca aromas frágiles, ligeramente cerrados… encuentro destacable que este vino aún conserve aroma a fruta...”; o las de 1849 y 1865, a las que se atreve a augurar aún sus buenos 50 años de vigencia. De la última, dice: “mi nota de degustación comenzaba con un muy elocuente “Ouahou!!”… este vino de otro mundo aún muestra un color granate mediano, ligeramente oxidado y anaranjado por los bordes… el final, largo y voluptuoso expresa la perfecta redondez… es difícil imaginar un vino de 130 años, elaborado en vida de Robert E. Lee y de Ulysses S. Grant, feroces adversarios durante la Guerra de Secesión, en tal grado extraordinario, pero aquí está… lo he visto, olido, degustado y bebido. ¡Es irreal!” (PARKER, op. cit., p. 227).

En todo caso, el yugo y las flechas, superpuestos y en rojo, son hoy para todo el mundo el símbolo de la Falange, y nunca más volvieron a ser usados como los dibujara Carlu por los Rothschild, aunque éstos los sigan exhibiendo por separado, exactamente tal como lo hacían Isabel y Fernando...



martes, 28 de febrero de 2017

Smoking room





In the days of lace-ruffles, perukes and brocade

RUDYARD KIPLING



—T'is for high-treason quoth a very little man,
whispering as low as he could to a very tall man
that stood next him.
—Or else for murder —quoth the tall man.     
—Well thrown, Sice-ace! —quoth I.                
STERNE
Tristram Shandy, cap. CCVIII

Larga soirée de otoño
         un salón abierto
en ventanales sobre un porche
      llega olor a jazmín

(las luces son tenues y amarillentas;
en las paredes se enfrentan
                               doradas
                               cornucopias)

Sinuosos sofás se abandonan
                           en un sueño
                            de labrado
                             terciopelo
                           geométrico

(alternan con mesitas de caoba de la India
que habrían sido caras a Kipling
sostenidas por cabezas de elefantes con colmillos de marfil)

Un fuego calienta la estancia
crepitan mondas secas de naranja
En la mesa del salón se fuma
                                se juega
                                indolentemente al pináculo

Alguien propone pasar al poker
hay quien lo reputa una ordinariez
Alguien sugiere hacer café
Alguien huele con unción
                                       una caja de tabaco
Algunos (émulos de Samuel Beckett)
convienen en que habría que hacer algo

levanto la mirada de las cartas
por el pálido ventanal pasa
                           fantasmal
            un vestido de mujer

lunes, 24 de agosto de 2015

Un 24 de agosto a las puertas de París.



La circunstancia de estar a las puertas de París, de que hoy sea 24 de agosto, y de que el tiempo haya virado bruscamente y esté lloviendo desde anoche, convirtiendo los campos en barrizales, tal como ocurrió este mismo día en 1944, me hace evocar la historia de aquel puñado de españoles integrantes de “la nueve”, la 9ª Compañía de la 2ª División Blindada de Leclerc que se lanzaron sobre París para auxiliar la rebelión que se había desencadenado pocos días antes y que estaba a punto de sucumbir por falta de municiones.

Un largo periplo había llevado hasta allí a aquellos soldados, combatientes por la República española que sufrieron la derrota y el terrible éxodo de la retirada hacia la frontera francesa en marzo de 1939; que fueron humillados como ganado en campos de concentración, de los que se evadieron alistándose en compañías de trabajo o en la Legión extranjera francesa, tras lo cual participaron anónimamente en todas las batallas decisivas que libró el ejército francés desde entonces: ellos fueron de los primeros en combatir en Narvik en 1940, donde derrotaron a los alemanes; camino de Dunkerque las compañías de trabajadores españoles recompusieron sus cadenas de mando, se armaron con el material abandonado en la desbandada general y se retiraron combatiendo, y aunque nadie se preocupó de embarcarlos rumbo a Inglaterra, muchos se las apañaron para colarse haciéndose pasar por soldados franceses (de hecho, el último barquito que arribó a la pérfida isla era de españoles, que habían reparado precariamente un bote acribillado a balazos y un gallego había sido capaz de improvisar una vela…)

Cuando en Londres apenas medio millar de soldados –pues muchos más, franceses, pidieron ser desmovilizados y repatriados- aclamaron a De Gaulle tras su famosa proclama del otoño de 1940 (“la guerra no ha terminado”), sépase que un número importante de ellos eran españoles, que allí estaban salvando el Honor ajeno.

Siguieron a la Francia Libre, sin ningún derecho a que les fuera reconocido un status propio –como tenían los polacos, los checos, los belgas…-.
Dio igual, ellos se lo ganarían con su coraje. Una pena que la República francesa haya tardado tanto en reconocerlos.

No se perdieron una. Lucharon en los peores sitios consiguiendo éxitos para la Francia Libre: allí estaban, en el campo atrincherado de Bir Hakeim en 1942, protagonizando una épica resistencia que paró los pies por vez primera a Rommel, reventando los panzer con botellas de gasolina una vez agotaron la munición para sus viejos cañones soixante-quinze (los 75 de la Gran Guerra), como habían aprendido a hacer en la guerra de España.
Y todo para que se salvara el VIII Ejército inglés, que no acudió en su auxilio.
Cuando les dijeron que podían cesar la resistencia lograron romper el cerco alemán por sus propios medios, marchando toda la noche a través de los campos minados.

Así que cuando Leclerc decidió desobedecer expresamente las órdenes del general Omar Bradley y lanzar una compañía sola para que entrara en París en apoyo de los desfallecientes resistentes, no dudó: iría la nueve. Al mando de  esta díscola compañía española había puesto a un tipo duro, a su mejor chef d’esquadron, Dronne, que se entendía muy bien con aquellos soldados: no en vano había luchado también como voluntario en la Guerra civil.

Sépase también que el camino hacia París no fue un camino de rosas. Los alemanes estaban bien atrincherados en los cruces y puntos clave, donde habían situado sus temibles cañones de 88 mm. Sólo el 24 de agosto la 2ª DB sufrió la friolera de 71 muertos y 225 heridos, y 35 blindados y otros 117 vehículos fueron destruidos. Cuando la nueve entró en París sólo le quedaban 3 Sherman, el resto eran semiorugas (los famosos half-track americanos).

La entrada en el centro de París fue apoteósica, pero durante años los semanarios franceses manipularon las fotos para que no se vieran los letreros rotulados en los half tracks, que delataban la verdadera nacionalidad de sus ocupantes: “España Cañí”, “Teruel”, “Belchite”, “Rosita”…

(Dronne llevaba rotulado en su jeep Willys: Mort aux cons ! (Muerte a los gilipollas!). Cada vez que se tropezaba con él, Leclerc sonreía y le decía: “Dronne, ¿por qué quiere vd. matar a todo el mundo?”)

Alguien ha descrito la peligrosa situación en París aquél 24 de agosto como la overtura de una ópera: montones de gente entusiasmada hasta el delirio; de pronto violentos tiroteos que la dispersaban como por ensalmo; los párrocos movilizados desde la radio de la resistencia hacían tañer todas las campanas de París, silenciosas desde hacía cuatro años, incluidas las grandes de Nôtre-Dame; aquí y allí grupos que se arrancan a cantar La Marsellesa, cuya letra insufla coraje para hacer frente a los francotiradores:

“… que la sangre impura riegue nuestros campos”

En medio del caos de este día, el gran escritor Albert Camus intenta componer el editorial para Combat, el periódico clandestino de la Resistencia, en el cuchitril que le sirve de redacción. Y entonces todo lo que lleva vivido en los años de peligro, privaciones y silencio; y en los últimos agotadores días sin sueño, un cóctel hecho de abnegación, drama y euforia; todo cristaliza en una frase genial, una frase que a mi juicio sirve de epitafio para aquellos españoles de La Nueve:

“La grandeza del hombre estriba en su decisión de ser más fuerte que su condición”


Hoy en mi mesa brindo por ese puñado de soldados.

miércoles, 15 de abril de 2015

El viaje a la Luna


  
En mi niñez viví en un barrio extramuros que había sido rebautizado con el nombre de un hombre que había construido el primer submarino, así que todas sus calles cambiaron igualmente sus denominaciones por las de todos los miembros de la tripulación de aquel ingenio, y a las que quedaron les asignaron otras más o menos vinculadas: a la mía le pusieron la de calle de la Marina, había otra del Contramaestre, otra del Maquinista, etcétera.

Era una calle de bellos hotelitos con jardines muy al gusto francés, que discurría en paralelo no lejos de la vía; las locomotoras pasaban rugiendo varias veces al día y hacían temblar los cristales de la casa, de modo que mis hermanos y yo, pese a ser niños de la segunda mitad del siglo XX vivíamos recluidos en una especie de reserva vital del siglo XIX (alternativa Jules Verne, por lo del ferrocarril y el submarino, también por el viaje a la Luna que se detallará), gobernada por la autoridad silenciosa de nuestro fabuloso abuelo, que era el médico, y a quien todos llamaban Don Luciano. Pasaba consulta en el bajo de la casa, en un gran despacho lleno de bellos libros, de cuyo techo pendía una hélice de biplano convertida en lámpara.

El abuelo se negaba a instalar en casa las innovaciones del televisor y del teléfono, que a su entender trocaban la vida en exceso afanosa. Por descontado no teníamos coche, si bien mi padre hacía exclamar a Pepa la cocinera ¡Jesús María y José! cada vez que salía de casa como una centella -o algo menos- audazmente montado en un mosquito Velosolex. Bien considerado, televisión y automóvil eran invenciones no anticipadas por Verne, y el abuelo sentía en cambio mucha simpatía por el globo aerostático -que lamentablemente quedaba fuera de sus posibilidades-, y se pasaba sus ratos muertos dibujando veleros de varios palos con todo su aparejo, que conocía con todo detalle; es más, distinguía perfectamente una balandra de una goleta de un queche de una bricbarca.

La abuela descansaba todas las cuestiones domésticas en nuestra tata Mónica (más conocida por su alias de La Perla) y en Pepa la cocinera, y vivía pendiente de la Iglesia y de sus visitas. Era fácil seguir su rastro por el reguero de estampas de santos y misales que iba dejando a su paso, y que aún hoy aparecen entre sus antiguas pertenencias.

Dijérase que fue pensando en ella que Gil de Biedma escribió los versos de De vita Beata:

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia

Las calles eran de tierra batida y casi no había tráfico. De vez en cuando nuestra tía abuela Carmelina, que llevaba una ociosa vida de châtelaine en su mansión de los Turbintos, decidía que le apetecía ser visitada por nuestra abuela y nosotros, sus nietos, comme il faut, y entonces nos enviaba a su chófer, Enrique, ataviado con uniforme gris y gorra al volante de un viejo Fiat inmenso con unos cromados relucientes que era largamente observado desde jardines y ventanas mientras recorría majestuosamente la calle de la Marina.

En todo esto había una curiosa dosis de paralelismo inglés, dado que nuestra casa había pertenecido  antes a un ingeniero inglés, Don Arturo Warrington, representante de la compañía belga de los tranvías, la “Societé des Tramways de Carthagène”, que se había hecho traer de su país unas preciosas chimeneas de hierro colado y tiro regulable con el lema Empire made grabado. Y la mansión de la tía Carmelina también había sido construida para otro ingeniero inglés, y también tenía instaladas esas mismas salamandras e incluso unos lavabos y water closed victorianos realmente notables, frente a los cuales uno se sentía pequeño, muy pequeño.

Seres en estado de naturaleza, la ausencia de televisión no causaba trauma alguno en ningún habitante de la casa: Se escuchaba la radio, se observaba la existencia inane de las gallinas, cuyo número no menguaba merced a las contribuciones de la clientela, y el abuelo nos leía unas obritas de teatro con bellos ejemplos morales que escribía en unas libretas apaisadas, o bien ponía disco tras disco de ópera en su gramola. Si nos cansábamos de oír cantar al abuelo -que siempre intervenía doblando al barítono-, teníamos un rudimentario cinematógrafo con el que mi hermano mayor proyectaba unas peliculitas naïf, más otras que en un estilo lineal muy alpha art él mismo dibujaba con tinta china sobre tiras de papel de cebolla.

Los niños, desde bien pequeños, ocupábamos la calle, a veces bajo la atenta vigilancia de alguna criada, a veces ni eso. Ya dije que pocos fenómenos rompían la quietud del barrio; uno de mis primeros recuerdos es oír a las golondrinas al atardecer, resistiéndose a pausar su existencia perentoria ante la inminencia de la puesta de sol.

Pero hubo uno -un fenómeno- que hizo su aparición una vez y que se reservó a los niños: un alto y viejo furgón entoldado tirado por un gran percherón; en el pescante se sentaba un hombre tan viejo como el Holandés Errante debió serlo -algunos adultos dijeron luego que era un veterano de la guerra de Cuba-. Junto a él pendía una campana, que iba tañendo sin apremios, hasta parar en medio de la calle. Entonces se apeó y, haciendo aspas con los brazos muy teatralmente, soltó una perorata mientras señalaba los dibujos -inspirados en Meliès- que decoraban el entoldado, primorosamente rotulado en colores con el lema:

Viaje a la Luna

Los niños nos arremolinamos ansiosos alrededor del furgón, acariciábamos las crines del percherón, y luego porfiábamos para que la madre o incluso la criadita suministraran la moneda que permitía que el viejo, como en el caso del barquero Caronte, franqueara el embarque a la barca/furgón a través de una escalerilla colapsable.

Antes hubo que vencer la reserva de alguna madre, que temía que el viejo fuera un moderno trasunto del flautista de Hamelin, que a la postre limpiara de niños la calle para siempre -idea que por cierto no disgustaba a todo el mundo-.

Una vez dentro, todos los niños nos sentamos en unas bancadas de madera; del techo pendían colgantes y móviles que aludían inocentemente al objeto que consagraba el viaje. Éste último no consistía sino en dar una buena vuelta por las manzanas adyacentes escuchando la sarta de monsergas que en tono misterioso largaba el viejo sin esfuerzo. Los niños, encantados.

El viaje duraba lo suyo, porque ni el viejo ni el percherón ni nosotros mismos teníamos prisa. Es más, si algo teníamos en común los tres era el singular privilegio de ser aún todos dueños del tiempo. Bien considerado, aquello sólo tenía mérito en el viejo, dado que el caballo carecía de juicio, y nosotros poco más.

Quisiera decir que en aquel viaje sucedieron prodigios sin cuento, o que algo tuvo de iniciático, o que al volver a bajar por la escalerilla colapsable uno no era el mismo que había sido, pero cualquiera de estas cosas sería materia tan falsa como las aventuras del barón de Münchausen.

Tras depositarnos en nuestra calle, el viejo se largó por donde vino. Luego, las criaditas se enzarzaron en discusiones por ver a qué casa correspondía el derecho a retirar de la vía pública la bosta que había dejado el caballo, tan benéfica para las flores de los jardines.


Un par de años después se anunció a bombo y platillo que la misión Apolo XI había llegado a la Luna, pero se comprenderá que a una serie de niños y a mí la noticia nos pareciera absolutamente irrelevante: ¡nos habíamos anticipado a los americanos en tal viaje!