lunes, 17 de marzo de 2014

Santiago Garcés

Hace poco un amigo me envió unas fotos de la finca El Fondó, en las cercanías de Monóvar, donde se encuentra la villa que sirviera de última sede al ya entonces cuasi-fantasmal gobierno de la República en marzo de 1939. El Dr. Negrín con sus últimos fieles, casi todos más o menos vinculados al Partido Comunista, el único que sostenía la consigna de resistencia a ultranza de aquél, convencido como estaba de que sólo era cuestión de meses que la Segunda Guerra Mundial estallara, que eso alinearía a España con las grandes democracias, y sería a la postre su salvación.

Allí, en un lugar escondido e idílico, se representó el último bal masqué de la Guerra Civil española; sus actores no sólo fueron los políticos cuyos nombres registra la Historia, ni la corte de poetas (Rafael Alberti, María Teresa León) que puso el irreal contrapunto a aquéllos; veremos que los actores secundarios no desmerecen nada en este dramatis personǣ.

La lectura me recordó una extraña tarde de conversación que tuvo lugar aproximadamente en el otoño o invierno de 1987, un solitario día de semana.

Me encontraba de sobremesa en el Club Náutico de Los Alcázares, disfrutando de una animada conversación en buena compañía femenina. Salvo nosotros y un solitario anciano en una mesa próxima, el comedor se hallaba vacío.

La conversación en mi mesa había derivado -nada menos- que a la responsabilidad de los militares en el golpe de estado de julio de 1936; trataba el tema convencional del traidor y el héroe. El tono de mi diatriba era apasionado; en ese momento el anciano se levantó de su mesa, se acercó a la nuestra, y en tono sumamente educado terció en mi discurso -que no había podido evitar escuchar- recordándome que ya en el siglo XVI el padre Vitoria, el ilustre iusnaturalista español, había encontrado justificado el tiranicidio por el Derecho Natural.

A la postre el comentario no era idóneo, pues yo no estaba justificando a Franco, ni a Mola, ni a Sanjurjo, ni a ninguno de los generales golpistas, pero la entrada del anciano fue desde luego efectista, así que aclarado el caso le invitamos a compartir mesa, café y conversación. Sobre ésta última, lo que yo dijera es hoy irrelevante, salvo por un extremo puramente fortuito que fue detonante de una intensa emoción: fue ésta la que trajo todo lo demás.

Dijo llamarse Santiago Garcés.
Que muy joven, durante la guerra, fue director del Servicio de Inteligencia Militar de la República (en acrónimo, SIM).
Que de haber seguido a Negrín todas las fuerzas del bando republicano, la guerra no se habría perdido.
Que la causa inmediata de la derrota se debió a dos traiciones: la del coronel Casado en Madrid y la del almirante Buiza en Cartagena, al fugarse con la flota a Bizerta. Insistió con pasión en la condición de traidor de Buiza; me dió la impresión de que su animadversión era anterior a la defección de éste.
Que cruzó la frontera francesa con los restos del Ejército del Ebro en la dramática retirada de febrero de 1939, junto con el Presidente Azaña y otros. Más tarde supe que uno de éstos fue el coronel del Estado Mayor D. Manuel Estrada.
Que desde el sur de Francia regresó a Levante en avión junto con unos pocos fieles, para ponerse a las órdenes del gobierno y continuar la resistencia.

En su coche había recogido parte de los archivos del SIM, supongo que informes de particular importancia; otros los habría destruído. Obviamente los miembros de esta expedición no fueron a parar a ningún campo de concentración tras cruzar la frontera. El Presidente Azaña ya se había desentendido de la República; fue primero a París, donde se refugió en la embajada española, y después a Montauban, donde se recluyó hasta que la muerte le sorprendió en 1940, en vísperas de la débacle de Francia frente al invasor nazi. Allí terminó la sorprendente obrita de teatro (que él calificó meramente de “diálogo”) La velada en Benicarló, uno de cuyos personajes se llama Garcés, y en cuya boca coloca frases como: “la corriente inspiradora de la República ha quedado desviada o enturbiada”, o “nadie monopoliza la barbarie o el desmán”. Años después me pregunté si la coincidencia de nombres no sería casual, si no pensaría en Santiago Garcés aquél desencantado Azaña. Hoy pienso que no, o que la inspiración sería antitética.

En aquella época yo sabía de la existencia del SIM, pero nada más. No conocía la fama siniestra asociada a este nombre. Tampoco había escuchado nunca el nombre de Santiago Garcés.

Ignoraba, y lo supe después de conocerle, que Santiago Garcés formaba parte del grupo de guardias de asalto o carabineros que en Madrid, la noche del 12 de julio de 1936, en venganza por el asesinato del teniente José Castillo a manos de falangistas, decidieron secuestrar y asesinar a Calvo Sotelo, destacado diputado derechista.
De Calvo Sotelo se puede decir sin arriesgarse mucho que fue víctima, pero de haber vivido habría sido verdugo: ¿buscaba Garcés en el padre Vitoria una justificación a su desmán? ¿habría llegado a mixtificar tanto su culpa como para convencerse que había sido un nuevo Marco Bruto? El tema del héroe o el asesino no es sino una variación de la del traidor y el héroe.

Pero la conversación no discurría por tan ásperos derroteros. Continuó diciendo que marchó -como tantos otros- al exilio en México, donde se afincó y escaló puestos hasta situarse como ejecutivo de la compañía PEMEX (no sería el único republicano español en su plantilla); formando parte de una delegación de ésta pudo visitar España a comienzos de los años setenta; unos años después de muerto Franco, ya jubilado, se atrevió a regresar definitivamente a su patria.

Le pregunté si conocía al coronel Manuel Estrada Manchón, también exiliado en México. No sólo le conocía, sino que había trabajado estrechamente con él durante la guerra; con él cruzó la frontera francesa, y con él pasó los últimos días en España hasta el exilio definitivo; glosó su trayectoria, su desengaño y alejamiento posteriores del Partido Comunista, su inmensa calidad como intelectual, su brillante obra ensayística, injustamente desconocida en España...

Le conté entonces que Manuel Estrada era sobrino de mi abuelo Luciano Estrada, que sus hermanos menores, Eugenio y Felisa, habían pasado la guerra refugiados en su casa de Alumbres -donde ejercía de médico- con mi padre y mi abuela, y que merced a la intervención del coronel mi abuelo salvó la vida, pues fue secuestrado por unos facinerosos debido a su notoria condición de católico y conservador, y aquél consiguió tanto su liberación como la de todos los secuestrados, que habían sido ingresados en la Prisión de San Antón sin formación de causa.

La coincidencia le conmovió. No sabia nada de Manuel Estrada desde que volvió a España, ¿qué era de él? ¿tenía yo noticias suyas?

Sin pensarlo dos veces, le espeté que Manuel Estrada había muerto unos años antes, en 1980, de forma un tanto absurda, pues había sufrido al parecer una caída en la escalinata de la Universidad Autónoma, en Ciudad de México, de la que era catedrático.

La noticia le produjo verdadera consternación. Se llevó pudorosamente una mano al rostro y a duras penas reprimió un sollozo.

Todavía con los ojos llenos de lágrimas, me contó entonces el último episodio en aquella villa cercana a Monóvar. Los frentes se derrumbaban, nadie cumplía las órdenes, la flota había zarpado y en Cartagena había estallado una rebelión para entregar la plaza a Franco; Madrid, la capital de la defensa numantina, quedaba abierta a las tropas del invasor... Negrín se derrumbó también, ya nada se podía hacer. Pero él, Santiago Garcés, tuvo una idea, una acción insensata que serviría para que la República no fuera conquistada por Franco, para que una parte de España quedara bajo otro ocupante, de modo que tras el estallido de la Guerra Mundial, desde allí renaciese la República, alineada con los aliados... ¿Cómo? Muy sencillo: en el aeródromo de Los Llanos, cerca de Albacete, aún quedaba operativa una escuadrilla de bombarderos Katiuska, los cuales, dotados de tanques de combustible auxiliares, partirían en una misión sin retorno para bombardear el Vaticano. La salvaje acción produciría tal conmoción en el mundo entero que una fuerza armada amparada por la Sociedad de Naciones ocuparía inmediatamente la zona republicana, cuyas fuerzas no ofrecerían resistencia: voilà, una parte de España no sería franquista.
Negrín no dudó ni un instante: ¡No!. Como Garcés insistiera, la negativa del Presidente fue violenta, tajante.

Yo escuchaba sus palabras estupefacto, supongo que con los ojos abiertos como platos, pues la autenticidad del testimonio era innegable. Garcés lloraba.

Incurro en la inelegancia de señalar lo obvio: la idea de Garcés no sólo era una salvajada; era un disparate que ni habría llevado aparejadas las consecuencias pretendidas ni habría permitido un digno recuerdo de la República ni de las miles de personas de toda condición que por ella lucharon.

Pero para ser justos, pienso que Garcés contaba esto como una muestra de la situación delirante de esas últimas horas en territorio español; que no intentaba justificarse, que no pretendía que aquella idea hubiera servido para algo. En suma, que lo sensato fue la negativa de Negrín.
Paseando antes de despedirnos, me contaba que estaba desarrollando una teoría política que denominaba “panacea municipal”. A grandes rasgos, parecía mostrar una fe infinita en las posibilidades de democracia real en los pueblos y ciudades, más que en ámbitos más amplios. A la idea no le faltaba su lógica. La realidad, sin embargo, ha derivado hacia algo más siniestro, pues la administración local española es sin duda el epítome de la corrupción y el lumpen.

La idea es desde luego muy española, pudo venir sugerida por la tradición foral y por esa tendencia a la asamblea gemánica que tanto carácter -para bien y para mal- ha impreso en nuestro volksgeist. Quizá esta teoría viniera inspirada en la lúcida exposición que sobre la materia trazara uno de los autores del exilio más injustamente desconocidos: Antonio Ramos Oliveira, que publicó en México su Historia de España.

Escribió su nombre y teléfono en un papel, que aún conservo. Me pidió que le llamara, que nos viésemos alguna vez. Nunca lo hice.

jueves, 13 de junio de 2013


On the road


¿Dónde vas España
Mercedes de segunda mano
a través de la noche?

miércoles, 13 de julio de 2011

#spanishrevolution


La muerte de nuestra economía no por anunciada es menos muerte. Pero la permanente situación de invertebración social que padece España se ve por eso aún más agravada, de un lado, por el discurso manipulador y recurrente de los partidos políticos, y de otro, por lo que podríamos denominar síndrome borrador de las relaciones causa-efecto que tiene la política de las Comunidades Autónomas. La opinión pública se traga fácilmente el anzuelo de que de todo lo malo es responsable el gobierno de España, y todo lo bueno se debe a los gobiernos autonómicos.

Esto es particularmente cierto en lugares donde se evoluciona peligrosamente hacia la autocracia, hacia un simulacro de democracia, vgr. Valencia y Murcia. En el ámbito de las ciudades medianas, Cartagena es otro modelo de poder autocrático, donde incluso los partidos de la oposición hace tiempo que no quieren alcanzar el poder.

Tan cierto es ésto que las pasadas elecciones autonómicas y locales han renovado con reforzadas mayorías en multitud de ayuntamientos a los partidos, singularmente al Partido Popular, cuyos ediles están procesados por casos de corrupción, y en otros muchos donde, a pesar de no existir tales procesamientos, la corrupción es moneda corriente y bien conocida de la población.

En apariencia, nadie se plantea modelos, ni existe conciencia de lo que se ha ganado en relación a todo lo que se ha destruido.

Remedia amoris es el título de un delicioso librito de Ovidio, los remedios para el que padece el mal de amores. España está estos años enjugando su mal de amores, pero el suyo fue el amor de Narciso contemplándose en el agua del estanque. Ensimismada, sin pensar en los demás; todo el mundo contaba con hacerse rico de una u otra manera, como si eso fuese lo más natural de mundo.

Porque de repente todos dejamos de ser personajes de Unamuno, tan de chaleco negro y camisa blanca, tan unidos a nuestro destino trágico. Al fin y al cabo, si en España hubo algo peculiar es que aquí ni nació el capitalismo ni se creyó nunca en él (empezando por la Iglesia y acabando en el jornalero cenetista). España en su cénit proponía al mundo la quimera de la Monarchia Hispanica católica y sus mujeres parían buenos soldados y buenos escritores; también parían heterodoxos geniales, que postulaban otra fe u otra realidad, pero a estos se les deparaba el presidio, la hoguera o el exilio. Mientras tanto holandeses y anglosajones sentaban con sus Compañías de Indias el principio de las grandes corporaciones mercantiles que hoy detentan el poder mundial.

Dejamos de ser personajes dramáticos y nos convertimos en personajes de una película de Almodóvar: histéricos, inconsistentes, muy fashion, parlanchines. Ya no nos identifica esa enjuta figura que, digna y dramática, se recorta en el horizonte legendario de la llanura: ahora somos o queremos ser en las ocurrencias de un protomarujón.

Pero hablábamos de remedios, y no está de más analizar éstos.

Los papeles de wikileaks tienen mucha importancia. Deberíamos de mantener vivo el recuerdo de este chaparrón de sinceridad sucia.

Ha sido como si Occidente se hiciera el sepukku y brotaran de repente todos sus intestinos humeantes y malolientes. La comparación es oportuna si se está al tanto de algunas sublimidades niponas: para el japonés tradicional, la sinceridad radicaba en el bajo vientre: y ciertamente, aunque pensemos, comamos, bebamos y besemos con la cabeza, finalmente todo el placer de excretar y follar radica en el vientre. Ningún sacrificio era pues más generoso que eventrarse.

Los papeles de wikileaks quedarán para la posteridad? como el verdadero zeitgeist de nuestra época, de esta fase tan apoteósica como decadente del capitalismo.

Pues ya nadie podrá cuestionar que por debajo de las grandes frases y discursos, de la invocación de los más nobles principios, no hay sino una profunda abyección: la inmoralidad del capitalismo desnudo, el egoísmo de unos pocos y una ambición sin límites.

Y ojo, que no vale ese argumento de que siempre fue igual: ni fue igual ni da igual. Para que el fatum exista hay que creer en su influencia -cosa idéntica acontece con los dioses.

De repente los gurus repiten que EE.UU. continuará liderando el mundo, y que Europa se va a quedar sola si no invierte en el nuevo eje Pacífico (lo decía Garrigues Walker, el abogado hispano-yanki que tiene él solo más abogados empleados que la mayoría de los Colegios de Abogados de España). Que en Europa no hay liderazgo, y que se va a quedar pobre y bella -por sus monumentos-.

Habría que analizar estas palabras, pues a lo mejor tienen un sentido más profundo del que parece.

Durante varios siglos el capitalismo tuvo como herramienta al sistema democrático: pues el logro de la combinación democracia/capital fue la eclosión de la sociedad de consumo.

No existe ninguna razón para que esto siga siendo así.

El experimento de China es tan exitoso que cabe pensar que el capital ya ha encontrado su modelo ideal, un modelo menos molesto que el de las opulentas sociedades del denominado primer mundo, pioneras en discutir el pensamiento único.

Cabe conjeturar que el próximo modelo que postula el capital es esa síntesis hegeliana entre sociedad de consumo y dictadura comunista, en suma entre dos modelos de corrupción.

Todas las herramientas para una alienación global han sido implementadas, desde las tecnológicas hasta las farmacológicas. Las grandes alegorías de la dictadura perfecta que nos anticiparan Aldous Huxley y George Orwell son una realidad muy próxima.

Pero nos encontramos poco dispuestos a romper la cadena de la sumisión, a salir a la calle, a pintar en las paredes qué no nos gusta, quién es un ladrón (por lo demás las paredes están ensuciadas con pintadas ilegibles cuyos autores son una legión de necios de no sé qué tribu urbana: muchos ayuntamientos, claro, ya los consideran una manifestación “cultural”).

Preferimos cumplir el siniestro ritual de llegar a casa y encender la TV o el ordenador, incapaces de afrontar el quedo rumor del silencio, de nuestra existencia que pasa hasta vaciarse como en un mar, como sentía Tomasi di Lampedusa.

Lo decía Nietzsche: nos transmite más enfermedades nuestra opinión pública que nuestras mujeres públicas (Unzeitgemässe Betrachtungen, “Consideraciones intempestivas”, 1873). Cabe añadir que contra la primera no poseemos un remedio tan popular y barato como el preservativo.

En este caso, quizá lo más saludable sea el no hacer: si no ir de putas es un buen sistema para no contraer sífilis o SIDA, no comprar la prensa y sobre todo, no ver la televisión, son un buen medio de hablar un poco más reflexivamente: si de paso lo comentamos con los demás y ostensiblemente no decimos lo mismo que nuestros listorros de los media creo (pienso incluso) que empezaremos a hacer algo interesante (este adjetivo les encanta a los norteamericanos) y útil para la república.

Ya tenía escrito todo lo anterior cuando, de repente, ha estallado el movimiento 15M, y a pesar del desalentador y previsible resultado de las elecciones, algo maravilloso ha sucedido: una respuesta inesperada, un error del sistema, un virus que se expande; y a pesar del desabrido gesto de desprecio de los voceros de los neocons, caínes sempiternos, éste, el pueblo, ha encontrado su salida a la luz, ha brotado como un manantial.

Mantengamos #spanishrevolution en las redes sociales, pero sigamos también saliendo a la calle, hablemos, toquémonos, mirémonos a los ojos sin intermediarios.

jueves, 3 de marzo de 2011















Réquiem por las Cajas de Ahorro o la nueva historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

La historia de las últimas décadas de las Cajas de Ahorro españolas es una historia muy corriente: imagínense a un chico de provincias, un poco pacato, de los que van a misa los domingos y fiestas de guardar, que guarda en su alcancía el dinero que le dan sus padres y sus tíos, que hace los deberes todos los días, etc. pero que cuando empieza a salir de noche se siente acomplejado porque se ve poco mundano.
Y entonces se echa unos amigotes, unos señoritos muy simpáticos, con mucha pasta y muy sofisticados, que le dicen cómo debe de vestir, que le exhortan a que gaste mucho más de lo que gasta, le dicen que no se preocupe de nada y le inspiran confianza. Y al final a ese pobre chico lo pervierten, lo aficionan a los vicios y a las fulanas, se gasta lo suyo y lo del vecino, y cuando se ve al borde del abismo, se da cuenta de que se ha quedado solo, que sus amigotes de crápula tenían los riñones bien cubiertos y sobre todo, muchas influencias, mientras que él sigue siendo un pobre e ignorante provinciano.
Las Cajas de Ahorro todavía representan una peculiaridad de nuestro sistema financiero; en su día los barones de la banca se referían a ella denominándola anomalía, una anomalía que consiste en que una elevada cuota del mercado financiero español está ocupada por unas entidades que no pertenecen a nadie. Y se dice esto porque no tienen dividendos que repartir, no hay accionistas privados y no cotizan en bolsa.
Además, esos extraños seres sin dueño no tienen ánimo de lucro, tienen la obligación legal de destinar un porcentaje de sus beneficios a fines de interés social y cultural (por ley deben dedicar un mínimo del 50% de sus beneficios a un fondo para asegurar su solvencia y el resto a la Obra Social; normalmente, se destina entre el 60% y el 70% a dicho fondo) lo que hace que una parte del dinero que invertimos en ellas revierta al procomún, contrariando esa magnética propiedad del dinero que es la de acumularse en forma de capital y sustraerse a la redistribución de la riqueza.
Por esa razón, de un modo u otro desde el propio sistema financiero se incentivó a las Cajas a adoptar un rol que jamás había sido el suyo, y muchos directivos ambiciosos hicieron carrera usando de las cajas con esa falta de escrúpulos tan característica de la banca.
¿Y hoy toca financiar subprime? Nosotros los primeros, con la cuota más alta del mercado si hace falta.
Hace años me causó indignación que una conocida caja de ahorros ofreciera un fondo de inversión que la propia caja había fundado y domiciliado en la Isla de Gran Cayman.
Al director de la oficina le causaba extrañeza mi actitud, pero yo le insistía en que una entidad de interés social como una caja no podía invertir en un paraíso fiscal constituido no por las ansias nacionalistas de los habitantes de esa remota república, sino por el interés de los muy ricos por ser aún más ricos, por el interés de éstos en no pagar impuestos y en que grandes sumas de dinero se sustraigan a la redistribución de la riqueza y alcancen de paso la opacidad que ciertas operaciones inconfesables precisan.
Eso está bien para un banco, pero no era ético que una caja hiciera esas cosas.
Y en este seguidismo suicida está la clave de la ruina de las cajas, en haberse trasuntado en bancos, renunciando a ser un tertium genus dentro del sistema, con personalidad y objetivos propios y diferenciados. Y con su proyección local ¿por qué no? Esa es también una forma de descentralización.
Pero los partidos políticos también han puesto su granito de arena. Es un secreto a voces que debido al control que ejercen regionalmente en los consejos de las cajas, éstas se han dedicado a financiar a fondo perdido las campañas electorales, declarando luego fallidos los préstamos. O han financiado proyectos tan emblemáticos como ruinosos apoyados por los políticos regionales de turno. No pondremos ejemplos.
Sin duda este tipo de actividades han pesado, y mucho, en las cuentas de las cajas.
Pero vista la utilidad que éstas tenían para los partidos políticos, cabe preguntarse qué le habrá prometido la banca a éstos para que le hayan servido la cabeza de las cajas en una bandeja. Seguro que no ha sido la promesa de financiar conciertos, teatro o conferencias culturales.
Pues eso representa la reforma operada por el Real Decreto­ley 11/2010, de 9 de julio, de órganos de gobierno y otros aspectos del régimen jurídico de las Cajas de Ahorros, y las recientes medidas tendentes a acelerar el proceso de reforma. Con ésta se establecen una serie de cuestiones encaminadas, se mire por donde se mire, a privatizar a las cajas y convertirlas en bancos comerciales al uso:
-permite emitir cuotas participativas, es decir, acciones como en las sociedades anónimas, por un valor no superior al 50% del patrimonio de la entidad;
-establece la incompatibilidad de los cargos públicos electos para ser miembros de los órganos de dirección y se impide la participación de representantes de la administración ejecutiva en los órganos de gobierno de las entidades.
-las entidades podrán ejercer su actividad indirectamente a través de un banco y podrán optar por traspasarle el patrimonio sujeto a la actividad financiera, así como transformarse en una fundación renunciando a su condición de caja.
Sin duda esto es un remedio si se considera que el no ser de nadie es algo malo. Sin embargo, podemos objetar a tal planteamiento que lo que no es de nadie en realidad pertenece a todos, al procomún, así que esta peculiaridad de poseer unas entidades de crédito sin dueño es un bien en sí mismo que deberíamos preservar, aunque propugnando que estas entidades, en vez de tirarse sin paracaídas siguiendo a la banca en sus maniobras, sean un modelo de banca social, un referente de transparencia, de buenas prácticas, que sirva para luchar eficazmente contra esa desvergonzada tradición asociada al sector de comisiones ilegales, cláusulas abusivas, etc. etc.
Y desde luego esto no se va a conseguir convirtiéndose en o perteneciendo a un banco.
Lo que también parece haberse olvidado es que miles de poblaciones de España, incluso ciudades de cierto tamaño, tienen una agenda cultural más que razonable gracias a las cajas de ahorro. Lo mismo cabe decir de proyectos de utilidad social de toda índole.
Un banco no es una ONG: ni tiene por qué ni va a dedicar un porcentaje apreciable de sus beneficios a proyectos sociales y culturales (aunque seguro que lo poco que inviertan lo venden muy bien, el marketing es lo suyo), así que la metamorfosis de las cajas traerá consigo una merma muy apreciable en este sentido.
Esto nos introduce a la segunda objeción que podemos formular contra la reforma: ¿Es que el modelo de la banca convencional va a remediar los problemas de las cajas de ahorro? Los promotores de la reforma parecen hacer abstracción de que es precisamente la banca la responsable de la crisis que hoy padecemos maniobrando con una irresponsabilidad criminal y lanzando a este país a una espiral monetarista que vamos a tardar muchos años en digerir, fundamentalmente porque las arcas del Estado han quedado exhaustas con la ayuda al sistema financiero (unos 150.000 millones de euros), lo que de paso constituye una infamia sin precedentes: en vez de depurar responsabilidades, en vez de investigar las causas de esa situación, se premia a sus responsables entregándoles el dinero de los ciudadanos.
Hoy se cuentan por cientos los empresarios que no pueden aguantar la situación, que deben despedir a sus plantillas, que no pueden pagar a sus proveedores, que tampoco pueden acceder al crédito, que no tienen dinero ni para plantear el concurso de acreedores. Esto le va a costar a más de uno la extensión de la responsabilidad de sus sociedades a sus propias personas, y por tanto su ruina más cierta, la pérdida de todo aquéllo por lo que han luchado.
Nadie les va a ayudar.
Su error es no ser bancos. Si se es banquero a uno no se le juzga: se puede actuar con total impunidad, haciendo bueno el dicho de que en España lo que es de tontos es hacerla pequeña, porque cuanto más gorda la haces, más impune queda. Los fiscales y la policía están demasiado ocupados persiguiendo a los ladronzuelos de poca monta mientras unos pocos nos traen la ruina.
Esos pocos tienen vocación de ser los únicos, y el mejor camino para lograrlo es la desaparición o desnaturalización de las cajas de ahorro. Esto restringirá la oferta, y por tanto la competencia, consagrando la tendencia al oligopolio que caracteriza al sector.
Pero como en España rige la más absoluta perversión de las cosas, en vez de solucionar el problema obligando a las Cajas a sanearse, sí, pero permaneciendo en el procomún, y aún reforzando sus consejos rectores con una mayor presencia de los impositores, a través de asociaciones de consumidores y otros operadores sociales, en suma, a ser ellas mismas y no a trasuntarse en bancos convencionales, se hace justamente lo contrario, es decir, se las va a convertir en bancos y se va a permitir su total privatización.
Esto es como si se hallase al buen Dr. Jekyll, y bajo la excusa de curarle por haber tomado la pócima que le convertía en el malvado Mr. Hyde se le diera un atracón de esa misma pócima, para estar bien seguros de que ya nunca más volverá a ser el Dr. Jekyll, y se quede ya para siempre siendo su malvado alter ego.
Me hubiera gustado escribir un artículo en un tono más amable, pero no puedo: los tiempos no son nada amables; diera la impresión de que los que nos gobiernan nos toman por una sarta de imbéciles.
Podemos augurar que en el plazo de unos cinco años no va a quedar ninguna caja tal como hoy las conocemos, al igual que en el mismo plazo es posible que nos falte un buen pedazo del estado del bienestar que aún hoy disfrutamos, porque es la misma corriente la que arrastra a la ruina a ambos. Pero recordemos que nuestra Constitución de 1978 aún proclama, anacrónica, en su artículo 1 que España es un Estado social y democrático de Derecho ¿Quién se cree ésto ya?

domingo, 21 de noviembre de 2010

Nocturno


en la oscuridad vuelan
leves como alas de murciélago
palabras
susurradas entre sueños
besos
huidizos
gemidos
de dolor
visiones
diálogos
pinceladas de Nymphéas

la ciudad huele a hombre dormido
los callejones a gatos
que comieran raspas
de luna reflejada en charcos
las fachadas
se yerguen siniestras
como panteones góticos
esperanza
negra góndola
(quimera entre piano y ataúd)

toda la ciudad la sueña un borracho y está surcada por un grito
porque tú no estás allí

sábado, 31 de julio de 2010

El tiempo ya no es lo que era




Contaba Julio César de sí mismo
que al cumplir los treinta años
recordó lo que a esa edad
había llegado a ser Alejandro,
y lloró.
La noticia tiene una intención meramente estética.
Yo no suelo tener ganas de llorar.
Ni siquiera he pensado
si alguna vez he renunciado
a ser todos los hombres que pude haber sido.
Todo ha sucedido
demasiado rápido.

jueves, 17 de junio de 2010


Variaciones normandas
Los niños hasta cierta edad no saben en qué día de la semana viven, y confunden el ayer con el pasado más remoto, lo que no significa que no sepan señalar los días, datándolos –como decían que era costumbre entre los babilonios, carentes de calendario– por algún hecho notable. Incluso son capaces de recordar caprichosamente la coincidencia de algún hecho notable para todos con un hecho sólo notable para un niño.
Así sucedió aquél verano. Los niños constataban que el inicio del día estaba determinado por determinadas variables: primero, si llovía o no, pues de eso dependía el que pudieran salir a jugar al jardín; en segundo lugar, y esto tiene menos lógica para el adulto, si había caído o no algún ratón en una de las tres trampas situadas en la cocina de la casa; y por último, si para desayunar había croissants o no había croissants, lo que dependía de que a primera hora alguien hubiera ido al pueblo vecino a la panadería, e incluso de que los niños se hubieran levantado antes de la salida del adulto y se los hubieran pedido.
Así, simplificando el cómputo infantil y confrontándolo con el adulto, éste podía ser el esquema de una semana cualquiera:
Lunes: +L+1R-C
Martes: +L-R+C
Miercoles: -L-R-C
Jueves: -L+2R+C
Viernes: +L+1R+C
Sábado: -L-R-C
Domingo: +L-R-C
Lo que significa, por ejemplo, que el lunes amaneció lloviendo, cayó un ratón en una trampa pero en el desayuno no hubo croissants, mientras que el jueves no llovió, cayeron dos ratones en las trampas y además hubo croissants.
Si un adulto hubiera controlado el establecimiento de estas series para la datación del tiempo hubiera preferido introducir un orden, de suerte que el pater familias inexorablemente proveyera su hogar de croissants por días alternos, o cada dos días. Sin embargo, y dado que el preciado croissant era un extra en la dieta y no siempre los niños se levantaban a tiempo de reclamar que les fuera comprado, la provisión de éstos no respondía a ninguna pauta, salvo que no pasaban demasiados días sin que hubiera croissants. Por último, si el pater familias de esta casa hubiese estado bajo la autoridad de algún pontífice o mandarín que hubiera decretado como justo para los hombres y grato a los dioses –ius et fas– la periódica adquisición de croissants –o la sagrada interdicción de consumirlos ciertos días de la semana–, sin duda habría sujetado su conducta a este mandato; pero al no ser así, aquél mantenía la frecuencia de adquisición en el más absoluto caos, pues puede constatarse por esta semana cogida al azar que ni siquiera el domingo podían los niños tener la certeza de que tendrían croissants.
No del mismo modo, pues el hombre aún no puede decidir cuándo debe llover, habría intentado el adulto reconocer pautas de repetición para la lluvia, vgr. siempre que llueve lo hace durante tres días seguidos, como antes decían los viejos delante de los niños que pegados al cristal veían la lluvia, y que sucedía cuando ésta se debía a un temporal, dato del que se informaba al niño, ignorante de que la lluvia hubiese genealogía, género o especie.
Sin embargo, en la semana que al azar hemos tomado, y como ocurre en los países donde llueve con frecuencia, la lluvia no permitía ningún tipo de reducción a pautas repetitivas –o éstas eran tan largas que sólo los más viejos eran capaces de reconocerlas, como cuando sentencian: este año es muy lluvioso, o la lluvia vendrá tarde este año–; hecho que causa la natural consternación en los eruditos, que suelen incurrir en el olvido de que si por un azar se repite una sucesión caótica, ésta se convierte en orden.
También habría parecido conveniente a un adulto que se viera obligado a medir el tiempo por el patrón lluvia/ratón/croissant que la captura de ratones estuviera sujeta a un orden. Sin embargo, este problema ha sido reputado insoluble por expertos mundiales de la talla de BORNMÜELLER y de KROPATSCHEK, quienes por separado han llegado a las mismas conclusiones, basadas en el siguiente desarrollo: si se capturara la misma cifra de ratones todos los días o no se capturara ratón alguno todos los días, el factor ratón debería ser eliminado del patrón, pues no constituiría un fenómeno con variaciones apreciables. Sentado lo anterior a efectos puramente teóricos, dado que de hecho no todos los días se capturan ratones, se llega no obstante a la frustrante conclusión de que la captura de ratones no puede ser reducida a patrones razonables. Lo ideal sería que se capturara un ratón cada dos días, o sólo los jueves –posiblemente tendría un gran valor ejemplar que sólo se capturasen ratones los lunes y los viernes, pero los autores de esta conjetura no nos han explicado en su obra1 el porqué de esta obviedad, contra la cual hemos de elevar nuestra más respetuosa pero enérgica protesta–; y se podría forzar uno de estos principios instalando las trampas solamente los días establecidos, lo que impediría que se pudieran capturar ratones en un día nefas y/o limitando el número de trampas para no exceder el número de ejemplares capturados. También se podría intentar regularizar la captura de ratones criando éstos en abundancia y soltándolos luego, pero esto, amén de originar un grave problema de higiene pública, constituye una insensatez mayúscula que además no garantiza que se alcanzara la regularidad.
Lamentablemente los ratones se niegan a sujetarse a pauta alguna no ya en sus apariciones, sino en su disposición a caer en las trampas.
Por tanto, el patrón que comentamos para la datación del tiempo se basa en el más puro azar. Su ámbito de vigencia no pasa del hogar de referencia, pues si bien la lluvia es un fenómeno que puede ser percibido a veces en extensiones muy grandes, vgr. un país entero, es harto improbable2 que en esas mismas extensiones todos los ciudadanos con responsabilidades parentales hayan tomado la misma decisión en torno a adquirir o no croissants para sus hijos; y que globalmente hayan tenido la misma pauta de capturas de ratones.
De otro lado, y reducido por tanto a una familia este patrón de cómputo del tiempo, o a varias familias que vivieran bajo el mismo techo, con o sin invitados; si efectivamente prescindieran del calendario usual y adoptasen el que comentamos, posiblemente al cabo de unas pocas semanas perderían totalmente la noción del tiempo, aún cuando intentaran influir en la variable más fácilmente manipulable por el adulto: la adquisición de croissants, sujetando ésta a cierta periodicidad.
Es más, la adopción general por parte de todos los ciudadanos de este sistema de cómputo del tiempo que comentamos –y que humildemente nos permitimos proponer a V.E.– acarrearía grandes beneficios a la república, pues habida cuenta del potencial de angustia y nerviosismo que la conciencia del tiempo produce en las personas mayores, la adopción del patrón lluvia/ratón/croissant lograría que todo el mundo llegase a perder el tiempo.
Normandía, en un día de verano lluvioso sin ratón ni croissant (creo que coincide con el 20 de agosto de 2008 del calendario gregoriano, pero no estoy seguro).
Que los dioses guarden a V.E. muchos años.
-Miguel Pouget-
AL SR. MINISTRO DE FOMENTO DEL REINO.
Notas:
1 Por todos, vid. KROPATSCHEK, F. Prolegomena zu einer Kritischen Ausgabe von Nordmandisches variationen. Imprenta de Ambrosius Bärth, Leipzig, 1934, p. 465 y ss.
2 “... pero no imposible para un día imponderable”, según BORNMÜELLER (Gustav Aloysius BORNMÜELLER, Untersuchungen zur Nordmandisches Variationen Theorie, Berna, 1940, p. 168).