domingo, 24 de abril de 2022
Lo viejo y lo nuevo en la Guerra de Ucrania
miércoles, 12 de enero de 2022
Historia (quizá réquiem) de la vida privada
A destiempo -desde la perspectiva del mercado-, que es como se debe leer siempre, empecé -y aún no he terminado- la Historia de la Vida Privada, magna obra que a finales de los años ochenta del pasado siglo dirigió el gran medievalista francés Georges Duby, al que en esa misma época dió notoriedad entre el gran público su novela histórica Guillermo el Mariscal, o su ensayo sobre Leonor de Aquitania y María Magdalena.
Hacía muchos años que deseaba leerla, pero se encontraba descatalogada. A menudo había leído capítulos sueltos en casa de unos amigos a los que suelo visitar en Madrid. Por fin encontré a través de internet la colección completa y sin estrenar en una librería de Cádiz. Hace ya tiempo que por internet cualquier fuente bibliográfica, por rara que sea, es accesible, casi en cualquier parte del mundo. Antes ya había localizado libros más antiguos que me enviaron desde librerías de San Francisco, Marsella o Dublín.
Siempre me conmovió especialmente el objeto de la obra, pues el ámbito de lo privado -paralelo y a veces coincidente con la intrahistoria unamuniana- representa lo más íntimo y querido, también lo más frágil. Por esa razón me gusta tanto la colección de antiquísimos objetos -telas de oriente, borceguíes, tocados femeninos, joyas...- que se custodian en el precioso y recoleto Museo de Cluny, quizá el menos notorio de los museos de Paris, pese a estar en el Boulevard Saint Germain.
El plan de la obra, en cinco partes (de Roma al año 1000, del medievo al Renacimiento, del Renacimiento a la Ilustración, del siglo XIX a la I Guerra Mundial, y de la I Guerra Mundial a nuestros días), es ciertamente ambicioso, y cuenta con un buen número de especialistas de la Universidad francesa.
Es también una obra abierta, en el sentido de que intencionadamente deja grandes lagunas, y porque plantea grandes y pequeños interrogantes, otros tantos retos para los futuros investigadores.
Con todo, el curioso lector encontrará aquí una fuente inagotable de informaciones peregrinas que ampliarán la visión de la historia que hasta ahora poseía, normalmente basada en grandes hechos históricos, o en cuestiones económicas -la tediosa visión de la historiografía marxista- o en el devenir de guerras y dinastías.
En suma, uno saca la impresión de que antes de que existiera no sólo una vida social compleja, sino una concepción institucionalizada del individuo -o de algunos individuos, como la figura del pater familias-, la vida privada como tal carecía de entidad: no existía.
Por supuesto esto se deduce de los vestigios de las culturas neolíticas, cuya existencia carecía de un ámbito privado, diluido en el fenómeno tribal.
De forma un tanto malévola, podemos observar que en los países del Sur de Europa, la vida privada siempre había sido tan menguada como la pobre habitación de sus habitantes, que en épocas de calor preferían sacar las sillas a la calle, compartiendo refresco y conversación con vecinos y transeúntes, y en épocas de frío recurren a la taberna, actualmente al bar, donde a veces van incluso a ver la televisión.
Cualquier cosa antes que estar en casa. En suma, una cierta confusión entre vida pública y privada, lo que acaso no deje de representar la pervivencia de un elemento germánico de nuestra cultura.
O eso me creía yo, que debido a una peculiar visión procedente de la asignatura de Historia del Derecho, atribuía esa confusión al elemento germánico, pensando que Roma era la creadora de la distinción entre lo público y lo privado.
En esta obra, el prestigioso historiador Paul Reynaud nos da una lección verdaderamente magistral sobre esta cuestión, tras cuya consideración nos queda un sabor agridulce: como afirmaba Chesterton en A short history of England, realmente somos romanos; no es sólo esa sensación permanente de déjà vu frente a sus arcos y dinteles, frente a sus monumentos, ni al hecho de que apliquemos leyes que proceden de ellos: somos romanos hasta por el grado de corrupción irreductible de nuestra administración, por el sistema de cooptación para ascender en la sociedad, por la preeminencia del nepotismo sobre la capacidad, el mérito y el talento.
Una reflexión global inducida por esta obra, es que una de las singularidades de Occidente, íntimamente anudada al cultivo de la vida privada, es el amor al ocio.
No en vano apelaba Cervantes al desocupado lector en el prólogo al Quijote.
Será una obviedad, pero la presencia entre nosotros de colectivos sin integrar de otras culturas, muestran un rasgo común: carecen de ocio o no lo conciben.
Lo vemos tanto en ciudadanos chinos, como en bolivianos, marroquíes o paquistaníes, que montan tiendas y se pasan la vida entera allí despachando, día y noche, todos los días de la semana, ignorando los festivos.
Me pareció al principio desconcertante un hecho que luego me ha resultado obvio: de todas las partes de la obra, sólo una me resultaba anticuada o anacrónica: precisamente la que trata de “nuestros días”; y es porque aquéllos, los de los años 80, decididamente ya no son nuestros días.
Demasiadas cosas han cambiado. Eran sin duda tiempos muy interesantes, pero han quedado por detrás de la Era Digital, y aunque los autores intentan anticipar con bastante lucidez el futuro desenvolvimiento de lo privado en una sociedad dominada por los mass media -como entonces se solía denominar a los medios de comunicación de masas-, lo acaecido estos 40 años ha superado cualquier expectativa.
Y es que posiblemente el imperio de lo digital, con la proliferación de cámaras en ordenadores y teléfonos móviles, con el verdadero rol vital que representan las redes sociales, ha decretado de forma tácita la abolición de lo privado, y no ya por la pasión por el selfie, o por compartir en Facebook o Instagram desde la cama deshecha a cada plato de comida; la cosa llega hasta el punto de que ya hay un subgénero muy pujante del porno constituido por las grabaciones particulares, que son compartidas de forma entusiasta, en suma con una verdadera pasión social por el exhibicionismo -parejo de la moda por hacerse tatuajes, a menudo en zonas hasta ahora reputadas íntimas-.
Que esto sea coincidente también -como piensan muchos, por todos el lúcido Harold Bloom- con el posible abandono o agotamiento del canon occidental, no puede ser casualidad; más bien apunta a que en la década de 1990, con la generalización de internet, verdaderamente se ha iniciado una nueva era de la humanidad, en la cual el hombre, teniendo a su alcance más información de la que nunca pudo soñar, quizá acabe siendo más inculto que en el pasado y, sobre todo, deje de verse reflejado en esa laboriosa y apasionante tradición cultural que, al fin y a la postre, hacía más placentera y llevadera la existencia: y el centro de ésta no era otra cosa que la vida privada.
Todo esto, claro, tendrá una dimensión jurídica.
Y es que cabe anticipar que en una futura revisión del catálogo de los derechos fundamentales, quizá los que antes queden apeados de esa categoría sean por eso los de la intimidad personal, el secreto de las comunicaciones, la propia imagen o el domicilio; que sean degradados a derechos de segundo rango en medio de una general indiferencia.
lunes, 3 de enero de 2022
Carmen Bastida
Hacemos con nuestros allegados un poco lo que los jíbaros hacían con las cabezas de sus enemigos: los reducimos a una miniatura, a un breve sketch.
Acaso yo incurra en el mismo vicio escribiendo aquí y a vuelapluma que ayer, 27 de diciembre, ha muerto mi madre, Carmen Bastida García -hoy ya sólo cenizas-, pues con lo poco que diga, corro el riesgo de humillar su memoria.
Fue una mujer excepcional por muchas razones: mis hermanos y mis muchos primos lo saben de sobra, pues a lo largo de sus 95 años de vida nos inundó a todos con su amor y su profunda sensatez.
Esto es tanto más reseñable por cuanto su vida no fue fácil. Asumámoslo: normalmente, la adversidad no nos hace mejores.
El Resentimiento y la Envidia forman parte intangible de nuestra constitución, son vicios que trascienden la esfera del individuo y llegan a contaminar incluso el funcionamiento de las instituciones.
Mamá fue huérfana a muy temprana edad.
(este trauma le dejó una pena inconsolable, que nunca superó totalmente; meses antes de morir, aún se le llenaban los ojos de lágrimas recordando la pérdida tan temprana de sus padres. Algunas fotos y sus recuerdos nos han transmitido la imagen de los abuelos Miguel y Joaquina, que se amaron y amaron a sus hijos. Eran de origen humilde, y a fuerza de inteligencia y tesón lograron prosperar. Él fue un industrial hecho a sí mismo, honrado y fiel a la palabra dada. De ella, muy religiosa, nos recordaba mamá la imagen cotidiana rezando el rosario con sus hijos)
Sus ojos de niña contemplaron los bombardeos y otros horrores durante la Guerra civil.
(me contaba que vió a milicianos quemando estampas e imágenes religiosas expoliadas de parroquias, lo que la acongojaba; cuando sonaban las alarmas antiaéreas debian acudir sin demora al refugio que había a unos cientos de metros de su casa, en Ciudad Jardín, que aún estaba en pié cuando yo era niño y jugaba por allí; pero su hermana Lola y ella preferían escapar al Almarjal, la zona de pantanos y juncos, y su tumbaban en el suelo a ver el espectáculo fascinante de los bombarderos rugientes y lanzando razimos de bombas, mientras desde los castillos, baterías de costa y buques de la Armada los antiaéreos disparaban masivamente, formando un espectáculo colosal de ruido y luz, con las trayectorias a rayas discontinuas de las balas trazadoras. Se tumbaban en el suelo porque creían, ingenuamente, que así la metralla no las alcanzaría; el peligro no eran sólo las bombas, sino los cientos de miles de proyectiles antiaéreos que luego caían al suelo y podían matar. De hecho, en uno de los bombardeos la casa familiar en la calle 18 sufrió el impacto de algunos de esos proyectiles perdidos)
Después soportó con dignidad las penurias de la postguerra; pero sus hermanas y hermanos cerraron filas, la criaron como a una hija y lo afrontaron todo: la prisión injusta del hermano mayor por ser militar fiel a la República, la muerte del esposo de otra en el submarino C4....
Y luego tuvieron muchos hijos, que crecimos, ignorantes de cómo era el mundo, disfrutando de varias madres y aún de varios padres, tal era el amor que nos profesaban, pues mis tías y mis tíos eran prolongación natural de mis propios padres, y en sus casas no sentíamos extrañeza alguna, ni cortapisa.
La gran familia Bastida se convirtió así en una gens protectora formidable, mucho más fiable que el Estado y sus recursos, y sutilmente nos educó con valores que nos han dado lo mejor que conservamos.
Mamá y sus hermanos -ella ha sido la última- eran además personas liberales, ajenas a cualquier fanatismo o estupidez, inteligentes, que siguieron evolucionando toda su vida.
Siempre que tengo que afrontar una decisión difícil no necesito más que pensar qué haría en tal situación mamá, o mi tío Pedro, o mi tío Mariano, e invocar esos parangones jamás me falló.
Mamá se declaraba católica, y yo jugaba a declararla hereje, discutiendo malévolamente con ella hasta hacer que negase el misterio de la Transubstanciación de la Sangre y la Carne de Cristo: "pero hijo, eso es simbólico, ¿quién puede creerse que eso sea carne y sangre de verdad? ¡Ni que fuéramos caníbales!".
Mamá se declaraba católica, y hoy, un hijo que perdió hace mucho la fe musita la oración que ella nos enseñara y nos pidió para el día de su muerte: descubro que uso una vieja fórmula ya obsoleta del Padrenuestro.
Mamá, descansa en paz.
martes, 1 de diciembre de 2020
Ética y Estética para una sociedad libre
Tengo grabada en la memoria la fascinante Porta Borsari de Verona. Cuánto me recuerda a la St. André de Autun.
Pierre JEANNIN
STENDHAL
Jean-Luc GODARD
La primera me la aportó la consulta a un plano turístico del barrio del Panteón, en Roma: en la esquina de un magnífico palazzo, una modesta tiendecita… cuyo dueño se negó a venderla para la construcción del soberbio edificio. Y no fue expulsado por la fuerza.
En una época de poder aristocrático, no democrático. Allí continúa la minúscula casita.
“Las bombas terroristas -gritaba- no hacen distinción entre las casas de los ricos y las de los pobres; ante la violencia de la guerra total, las últimas barreras clasistas han tenido que desaparecer.
(...)
Junto con los monumentos de la cultura, se hunden también los últimos obstáculos que se oponían a la realización de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, tendremos que reconstruir Europa. En el pasado, la propiedad privada fue como una valla burguesa opuesta a nuestras ansias renovadoras. Ahora las bombas, en lugar de matar a todos los europeos, sólo han destruido los muros de la prisión en que permanecían encerrados… Al intentar destrozar el futuro de Europa, el enemigo sólo ha conseguido aplastar su pasado; y con él ha desaparecido todo lo gastado e inútil.”
El jurista que estudia la propiedad privada aprende que las mayores limitaciones a este derecho las ha establecido el Derecho Administrativo; singularmente a través de los instrumentos o procesos urbanísticos.
Conviene usar este calificativo para distinguirla de esa burguesía culta que entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX convirtió las ciudades europeas en lugares mejores donde vivir, creando un paisaje urbano muy bello, que se complementó, casi nunca avasalló, a los edificios más antiguos, y donde siguió primando lo singular.
En la dignidad de los pobres cifraba Stendhal la grandeza del pueblo español, y a su juicio esto le hacía superior moralmente al francés. No nos engañemos; éste es un argumento sentimental, aquí usado al estilo de las Lettres persanes de Montesquieu para fustigar los propios vicios; al fin y a la postre, en los últimos siglos Francia ha dado mejores administradores de lo público que España, y como república, está en el papel bien fundada (Libertad, Igualdad, Fraternidad).
Ya en época de Stendhal (primeras décadas del siglo XIX), las clases dominantes de nuestro país eran ejemplo de ineptitud y falta de grandeza.
Las cosas no han mejorado, y hoy los principios constitucionales de facto en España siguen siendo la mediocridad, la venalidad y el nepotismo, justificadas a derecha y a izquierda con el cinismo habitual.
martes, 31 de marzo de 2020
Casa Spottorno
Esta casa es contigua a la mía. Una casa antigua más, de ésas que en Cartagena han venido siendo demolidas a centenares con verdadera saña criminal... y no por los bombardeos de 1874 o de la aviación franquista, sino por la Sociedad Casco Antiguo de Cartagena, que ha hecho con el patrimonio de esta ciudad lo mismo que los bomberos de Fahrenheit 451 (la distopía de Ray Bradbury) con los libros: reducirlos a cenizas.
Pero a veces las viejas piedras nos hablan, y eso nos sirve para quererlas más.
Ésta es la llamada casa Spottorno, un bello edificio de estilo isabelino, que en la región de Murcia no es muy frecuente.
Fue construida por un patricio cartagenero de origen genovés, Bartolomé Spottorno, que aparte de sus negocios, era cónsul de varios países, entre los cuales figuraban Prusia y Dinamarca, relevantes para las breves noticias que aquí os voy a dar. Su hija se casaría con el célebre filósofo Ortega y Gasset.
La casa posee muy bellas estancias, entre las cuales un gran salón de baile con artesonados y paredes pintadas al aceite.
Estuvo muchos años cerrada y deshabitada, y a punto de ser derribada; yo conocía a sus antiguos dueños, que me permitieron recorrer a mis anchas el edificio en días tan inciertos. Afortunadamente hoy viven allí personas amantes del patrimonio que la han ido restaurando primorosamente.
Bartolomé Spottorno fue uno de los primeros introductores de la música de Wagner en España, y daba conciertos en sus salones, los más reputados de la ciudad en su época, y a los que habitualmente acudían ilustres invitados; entre ellos estuvo el Gran Duque Alejo, hijo del zar Alejandro II, que visitó la ciudad con una flotilla de buques de guerra.
Otro ilustre visitante de esta casa fue Hans Christian Andersen, que al llegar a Cartagena en septiembre de 1862 lo primero que hizo fue ir a ver a D. Bartolomé, que para eso era su cónsul, como relata en la memoria de su viaje por España. Se hospedó al lado, en el hoy desaparecido Hotel de Paris, en la Plaza del Ayuntamiento, al que mi bisabuelo, négociant francés, surtía de barricas de genuino vino de Burdeos.
(Andersen deseaba ardientemente visitar España, cosa que hizo ya con los 58 años cumplidos. Tenía esa ilusión porque de niño conoció a los soldados españoles del Regimiento del Marqués de la Romana que estuvieron varios años en Dinamarca, y cuya memoria ha sido muy perdurable: congeniaron tan bien con la población civil que a ellos se sigue atribuyendo el que haya daneses de pelo oscuro; fueron los primeros hombres a los que allí se viera fumar cigarrillos, que ellos mismos se liaban; cuando se ordenó su repatriación algunos desertaron y se casaron con danesas. Andersen recordaba de su niñez a uno de esos soldados, que le cogía en brazos y le hacía besar una medalla que llevaba con una cinta al cuello...)
Hoy, en los bajos del edificio existe una bonita cafetería, llamada "El soldadito de plomo" en memoria del escritor, un lugar distinto, entrañable, donde se puede hablar, escuchar música, se ofrecen charlas... (incluso yo llegué a pronunciar una de ellas para la agrupación de Jóvenes Abogados, junto a mi amiga Rut Alvarez...).
Hay también un patio muy lindo, con miradores cerrado a la calle por un alto muro y portón, pero que yo veo desde mi casa, y donde a veces se han representado también obritas de teatro.
Cuando pases por la calle del Cañón, o de Príncipe de Vergara, o subas la Cuesta de las Monjas para ver el Teatro Romano, alza tu mirada a esas bellas formas de la casa Spottorno: son un pedazo de nuestra historia.
domingo, 29 de marzo de 2020
El año de la epidemia
La visión de Antonio López es atroz porque no hay seres humanos, y en un lugar como la Gran Vía madrileña eso sólo puede significar que todos están (estamos) muertos.
A distancia (como fenómeno cultural), es la misma atrocidad que subyace en algo tan anodino como Cars, la película de dibujos animados de Pixar: presupone que ya no quedan humanos vivos.
Tras vivir estos días, no volveremos a ver imágenes como ésta de Antonio López con los mismos ojos.
lunes, 5 de noviembre de 2018
Sobre yugos y flechas, y sobre el mejor vino del mundo
Y el barón Philippe fue cualquier cosa menos conservador: aunque usó esta etiqueta durante varios años, a partir de 1945 cada una ha sido diferente a las anteriores. Incluso constituyen un justificado objeto de colección, ya que sus diseños han corrido a cargo de artistas de la talla de Picasso, Joan Miró, Dalí, Kandinsky, Chagall, Francis Bacon, Andy Warhol, Jeff Koons... Incluso el gran John Huston, cuyas dotes pictóricas eran desconocidas para muchos, fue el autor de la etiqueta de la añada de 1982.
El curioso lector puede visitar ese peculiar museo en la página de la bodega:
Adelanto que a mi juicio, no.
Destaquemos, sin embargo, que en la heráldica de los Reyes Católicos ambos símbolos están representados en color oro, como pueden verse copiosamente en los relieves de las techumbres de la Aljafería de Zaragoza.
Pocas veces una estirpe ha sido tan fiel a unos símbolos, pues el fundador, Mayer Amschel, inculcó en los suyos un espíritu de unidad, fidelidad y obediencia a los sucesivos patriarcas.
A mi juicio, de las monedas de los Reyes Católicos. La familia Rothschild, como otras muchas familias judías, se había dedicado a operaciones de préstamo y a dar cartas de crédito. Desde el medievo, el respaldo del sistema financiero judío se basaba no sólo en el oro, sino en las monedas de prestigio, que hasta principios del siglo XIX fueron sobre todo españolas, por su abundancia y calidad (recuérdense los columnarios, las “piezas de a ocho” que cantaba el loro en la Isla del Tesoro de Stevenson, y que fueron el origen del dólar norteamericano, cuyo símbolo aún conserva las dos columnas de la monarquía Hispánica, los dos estremos del mundo…).
Pienso que sí, lo que no significa en modo alguno que él no conociese el significado histórico de tales símbolos.
Hablamos de Agustín de Foxá (que era conde), de Sánchez Mazas (padre del novelista Sánchez Ferlosio, también aristócrata y notable poeta), del también poeta Luys de Santamarina, del entonces vanguardista Giménez Caballero, de Mourlane Michelena, de Dionisio Ridruejo... todos ellos excelentes escritores, hoy olvidados por la tiranía de lo políticamente correcto.
Para escarnio de los modernos papanatas, recuerdo aquí a un hombre tan comprometido con la República en el exilio como Max Aub, quien relató en esa crónica emocionante y desencantada que es La gallina ciega cómo en su primer regreso a España desde su exilio en México, a finales de los años 60, va a Barcelona en busca de su amigo de juventud, Luys de Santamarina, falangista amigo del fundador, pero condenado al ostracismo por el régimen de Franco. Beben juntos en un bar cualquiera, un lugar anodino; allí se encuentran dos hombres cansados, qué más amargo, el exilio interior de Santamarina, o la pérdida física de la patria de Max Aub. Se enfrentaron en la guerra, pero queda aún la amistad, la recíproca admiración de dos excelentes escritores.
De un modo u otro, sí.
Su padre, el general Miguel Primo de Rivera, favoreció durante su mandato todos los negocios de la familia de banqueros, que era dueña de los más importantes recursos mineros (Almadén, Ríotinto, Peñaroya…) y ferroviarios de España. Fue bajo su dictadura que se promulgó una ley que concedía la nacionalidad a los sefarditas y se abrió en Madrid la primera sinagoga desde la expulsión en el siglo XV (llamada Midrás Abarnabel, situada frente al Teatro de la Comedia).
Fue financiada por un notable prócer judío, Ignacio Bauer, amigo personal de Alfonso XIII, cuyo palacio en la calle San Bernardo frecuentaba José Antonio, que recordemos, era marqués de Estella, Grande de España y gentilhombre de cámara del rey, y que estaba fascinado por la belleza de las hijas del patricio (Alfredo Amestoy, Tras las huellas de Jose Antonio en Madrid, sus pasos contados, 2015). Los Bauer llevaban desde 1856 en España, como representantes y encargados de negocios de la casa Rothschild, con quienes estaban además emparentados. Cultivaban el lujo, y sus salones imponían moda.
No es nada extraño que allí José Antonio conociese el Château Mouton.
Afortunadamente, han cambiado mucho las cosas desde entonces.
De paso, el gesto posiblemente servía para recordar a los Rothschild que el uso de unos símbolos nítidamente hispánicos era punto menos que una usurpación.
El gran Robert Parker, en su voluminosa Guide des vins de Bordeaux, su obra más personal y apasionada, y en todo caso uno de los libros más interesantes jamás escritos sobre el vino, cuenta del Mouton de 1945 (degustado en 1997) que le otorgó 100 puntos únicamente porque el baremo de notación no permitía ir más allá; consideraba este vino una verdadera leyenda del siglo XX:









