miércoles, 12 de enero de 2022

Historia (quizá réquiem) de la vida privada


 A destiempo -desde la perspectiva del mercado-, que es como se debe leer siempre, empecé -y aún no he terminado- la Historia de la Vida Privada, magna obra que a finales de los años ochenta del pasado siglo dirigió el gran medievalista francés Georges Duby, al que en esa misma época dió notoriedad entre el gran público su novela histórica Guillermo el Mariscal, o su ensayo sobre Leonor de Aquitania y María Magdalena.

Hacía muchos años que deseaba leerla, pero se encontraba descatalogada. A menudo había leído capítulos sueltos en casa de unos amigos a los que suelo visitar en Madrid. Por fin encontré a través de internet la colección completa y sin estrenar en una librería de Cádiz. Hace ya tiempo que por internet cualquier fuente bibliográfica, por rara que sea, es accesible, casi en cualquier parte del mundo. Antes ya había localizado libros más antiguos que me enviaron desde librerías de San Francisco, Marsella o Dublín.

Siempre me conmovió especialmente el objeto de la obra, pues el ámbito de lo privado -paralelo y a veces coincidente con la intrahistoria unamuniana- representa lo más íntimo y querido, también lo más frágil. Por esa razón me gusta tanto la colección de antiquísimos objetos -telas de oriente, borceguíes, tocados femeninos, joyas...- que se custodian en el precioso y recoleto Museo de Cluny, quizá el menos notorio de los museos de Paris, pese a estar en el Boulevard Saint Germain.

El plan de la obra, en cinco partes (de Roma al año 1000, del medievo al Renacimiento, del Renacimiento a la Ilustración, del siglo XIX a la I Guerra Mundial, y de la I Guerra Mundial a nuestros días), es ciertamente ambicioso, y cuenta con un buen número de especialistas de la Universidad francesa.

Es también una obra abierta, en el sentido de que intencionadamente deja grandes lagunas, y porque plantea grandes y pequeños interrogantes, otros tantos retos para los futuros investigadores.

Con todo, el curioso lector encontrará aquí una fuente inagotable de informaciones peregrinas que ampliarán la visión de la historia que hasta ahora poseía, normalmente basada en grandes hechos históricos, o en cuestiones económicas -la tediosa visión de la historiografía marxista- o en el devenir de guerras y dinastías.

En suma, uno saca la impresión de que antes de que existiera no sólo una vida social compleja, sino una concepción institucionalizada del individuo -o de algunos individuos, como la figura del pater familias-, la vida privada como tal carecía de entidad: no existía.

Por supuesto esto se deduce de los vestigios de las culturas neolíticas, cuya existencia carecía de un ámbito privado, diluido en el fenómeno tribal.

De forma un tanto malévola, podemos observar que en los países del Sur de Europa, la vida privada siempre había sido tan menguada como la pobre habitación de sus habitantes, que en épocas de calor preferían sacar las sillas a la calle, compartiendo refresco y conversación con vecinos y transeúntes, y en épocas de frío recurren a la taberna, actualmente al bar, donde a veces van incluso a ver la televisión.

Cualquier cosa antes que estar en casa. En suma, una cierta confusión entre vida pública y privada, lo que acaso no deje de representar la pervivencia de un elemento germánico de nuestra cultura.

O eso me creía yo, que debido a una peculiar visión procedente de la asignatura de Historia del Derecho, atribuía esa confusión al elemento germánico, pensando que Roma era la creadora de la distinción entre lo público y lo privado.

En esta obra, el prestigioso historiador Paul Reynaud nos da una lección verdaderamente magistral sobre esta cuestión, tras cuya consideración nos queda un sabor agridulce: como afirmaba Chesterton en A short history of England, realmente somos romanos; no es sólo esa sensación permanente de déjà vu frente a sus arcos y dinteles, frente a sus monumentos, ni al hecho de que apliquemos leyes que proceden de ellos: somos romanos hasta por el grado de corrupción irreductible de nuestra administración, por el sistema de cooptación para ascender en la sociedad, por la preeminencia del nepotismo sobre la capacidad, el mérito y el talento.

Una reflexión global inducida por esta obra, es que una de las singularidades de Occidente, íntimamente anudada al cultivo de la vida privada, es el amor al ocio.

No en vano apelaba Cervantes al desocupado lector en el prólogo al Quijote.

Será una obviedad, pero la presencia entre nosotros de colectivos sin integrar de otras culturas, muestran un rasgo común: carecen de ocio o no lo conciben.

Lo vemos tanto en ciudadanos chinos, como en bolivianos, marroquíes o paquistaníes, que montan tiendas y se pasan la vida entera allí despachando, día y noche, todos los días de la semana, ignorando los festivos.

Me pareció al principio desconcertante un hecho que luego me ha resultado obvio: de todas las partes de la obra, sólo una me resultaba anticuada o anacrónica: precisamente la que trata de “nuestros días”; y es porque aquéllos, los de los años 80, decididamente ya no son nuestros días.

Demasiadas cosas han cambiado. Eran sin duda tiempos muy interesantes, pero han quedado por detrás de la Era Digital, y aunque los autores intentan anticipar con bastante lucidez el futuro desenvolvimiento de lo privado en una sociedad dominada por los mass media -como entonces se solía denominar a los medios de comunicación de masas-, lo acaecido estos 40 años ha superado cualquier expectativa.

Y es que posiblemente el imperio de lo digital, con la proliferación de cámaras en ordenadores y teléfonos móviles, con el verdadero rol vital que representan las redes sociales, ha decretado de forma tácita la abolición de lo privado, y no ya por la pasión por el selfie, o por compartir en Facebook o Instagram desde la cama deshecha a cada plato de comida; la cosa llega hasta el punto de que ya hay un subgénero muy pujante del porno constituido por las grabaciones particulares, que son compartidas de forma entusiasta, en suma con una verdadera pasión social por el exhibicionismo -parejo de la moda por hacerse tatuajes, a menudo en zonas hasta ahora reputadas íntimas-.

Que esto sea coincidente también -como piensan muchos, por todos el lúcido Harold Bloom- con el posible abandono o agotamiento del canon occidental, no puede ser casualidad; más bien apunta a que en la década de 1990, con la generalización de internet, verdaderamente se ha iniciado una nueva era de la humanidad, en la cual el hombre, teniendo a su alcance más información de la que nunca pudo soñar, quizá acabe siendo más inculto que en el pasado y, sobre todo, deje de verse reflejado en esa laboriosa y apasionante tradición cultural que, al fin y a la postre, hacía más placentera y llevadera la existencia: y el centro de ésta no era otra cosa que la vida privada.

Todo esto, claro, tendrá una dimensión jurídica. 

Y es que cabe anticipar que en una futura revisión del catálogo de los derechos fundamentales, quizá los que antes queden apeados de esa categoría sean por eso los de la intimidad personal, el secreto de las comunicaciones, la propia imagen o el domicilio; que sean degradados a derechos de segundo rango en medio de una general indiferencia.

lunes, 3 de enero de 2022

Carmen Bastida

 


Hacemos con nuestros allegados un poco lo que los jíbaros hacían con las cabezas de sus enemigos: los reducimos a una miniatura, a un breve sketch.

Acaso yo incurra en el mismo vicio escribiendo aquí y a vuelapluma que ayer, 27 de diciembre, ha muerto mi madre, Carmen Bastida García -hoy ya sólo cenizas-, pues con lo poco que diga, corro el riesgo de humillar su memoria.

Fue una mujer excepcional por muchas razones: mis hermanos y mis muchos primos lo saben de sobra, pues a lo largo de sus 95 años de vida nos inundó a todos con su amor y su profunda sensatez.

Esto es tanto más reseñable por cuanto su vida no fue fácil. Asumámoslo: normalmente, la adversidad no nos hace mejores.

El Resentimiento y la Envidia forman parte intangible de nuestra constitución, son vicios que trascienden la esfera del individuo y llegan a contaminar  incluso el funcionamiento de las instituciones.

Mamá fue huérfana a muy temprana edad.

(este trauma le dejó una pena inconsolable, que nunca superó totalmente; meses antes de morir, aún se le llenaban los ojos de lágrimas recordando la pérdida tan temprana de sus padres. Algunas fotos y sus recuerdos nos han transmitido la imagen de los abuelos Miguel y Joaquina, que se amaron y amaron a sus hijos. Eran de origen humilde, y a fuerza de inteligencia y tesón lograron prosperar. Él fue un industrial hecho a sí mismo, honrado y fiel a la palabra dada. De ella, muy religiosa, nos recordaba mamá la imagen cotidiana rezando el rosario con sus hijos)

Sus ojos de niña contemplaron los bombardeos y otros horrores durante la Guerra civil. 

(me contaba que vió a milicianos quemando estampas e imágenes religiosas expoliadas de parroquias, lo que la acongojaba; cuando sonaban las alarmas antiaéreas debian acudir sin demora al refugio que había a unos cientos de metros de su casa, en Ciudad Jardín, que aún estaba en pié cuando yo era niño y jugaba por allí; pero su hermana Lola y ella preferían escapar al Almarjal, la zona de pantanos y juncos, y su tumbaban en el suelo a ver el espectáculo fascinante de los bombarderos rugientes y lanzando razimos de bombas, mientras desde los castillos, baterías de costa y buques de la Armada los antiaéreos disparaban masivamente, formando un espectáculo colosal de ruido y luz, con las trayectorias a rayas discontinuas de las balas trazadoras. Se tumbaban en el suelo porque creían, ingenuamente, que así la metralla no las alcanzaría; el peligro no eran sólo las bombas, sino los cientos de miles de proyectiles antiaéreos que luego caían al suelo y podían matar. De hecho, en uno de los bombardeos la casa familiar en la calle 18 sufrió el impacto de algunos de esos proyectiles perdidos) 

Después soportó con dignidad las penurias de la postguerra; pero sus hermanas y hermanos cerraron filas, la criaron como a una hija y lo afrontaron todo: la prisión injusta del hermano mayor por ser militar fiel a la República, la muerte del esposo de otra en el submarino C4....

Y luego tuvieron muchos hijos, que crecimos, ignorantes de cómo era el mundo, disfrutando de varias madres y aún de varios padres, tal era el amor que nos profesaban, pues mis tías y mis tíos eran prolongación natural de mis propios padres, y en sus casas no sentíamos extrañeza alguna, ni cortapisa.

La gran familia Bastida se convirtió así en una gens protectora formidable, mucho más fiable que el Estado y sus recursos, y sutilmente nos educó con valores que nos han dado lo mejor que conservamos.

Mamá y sus hermanos -ella ha sido la última- eran además personas liberales, ajenas a cualquier fanatismo o estupidez, inteligentes, que siguieron evolucionando toda su vida.

Siempre que tengo que afrontar una decisión difícil no necesito más que pensar  qué haría en tal situación mamá, o mi tío Pedro, o mi tío Mariano, e invocar esos parangones jamás me falló.

Mamá se declaraba católica, y yo jugaba a declararla hereje, discutiendo malévolamente con ella hasta hacer que negase el misterio de la Transubstanciación de la Sangre y la Carne de Cristo: "pero hijo, eso es simbólico, ¿quién puede creerse que eso sea carne y sangre de verdad? ¡Ni que fuéramos caníbales!".

Mamá se declaraba católica, y hoy, un hijo que perdió hace mucho la fe musita la oración que ella nos enseñara y nos pidió para el día de su muerte: descubro que uso una vieja fórmula ya obsoleta del Padrenuestro.

Mamá, descansa en paz.

martes, 1 de diciembre de 2020

Ética y Estética para una sociedad libre

 



He ahí un título excesivo para unas pobres reflexiones que al fin y al cabo son erráticas.

Tengo grabada en la memoria la fascinante Porta Borsari de Verona. Cuánto me recuerda a la St. André de Autun.

La proporción, la armonía de esos arcos de medio punto constituye el epítome de la estética occidental.

Otra aportación de Autun a la sabiduría occidental y a su concepto de justicia es esta frase, que impidió que la matanza de San Bartolomé se extendiera a Borgoña:

“Las órdenes de los monarcas enfurecidos deben ser obedecidas muy lentamente”
Pierre JEANNIN

Ésta asociación me ha llevado a otras reflexiones, a las que sirven de introducción estas citas:

«El verdadero grito de la Civilización es: ¡Nada de arbitrariedad!»
STENDHAL

«Estoy en contra de la pena de muerte, salvo en el caso de los arquitectos»
Jean-Luc GODARD

Por puro azar, me he tropezado estos días con tres anécdotas concurrentes:
La primera me la aportó la consulta a un plano turístico del barrio del Panteón, en Roma: en la esquina de un magnífico palazzo, una modesta tiendecita… cuyo dueño se negó a venderla para la construcción del soberbio edificio. Y no fue expulsado por la fuerza.
En una época de poder aristocrático, no democrático. Allí continúa la minúscula casita.

La segunda la refiere José María Álvarez al menos en dos de sus libros; Sieg Heil! y Los decorados del olvido:

“... sucedió en Hungría, en una cena muy agradable donde alguien recordó la anécdota, que yo ya sabía, del molinero prusiano al que el Rey quiso comprar sus tierras, y al negarse el molinero, un enviado del monarca lo amenazó con el uso del poder Real, a lo que el buen molinero repuso: «Todavía hay leyes en Prusia».”

La tercera es más siniestra; de la misma da cuenta con su lucidez habitual (que tanto debe a la influencia de Gibbon) Trevor-Roper en The last days of Hitler (1946). La respuesta dialéctica de Joseph Goebbels a la destrucción sistemática de las ciudades alemanas por los terribles bombardeos aéreos de los aliados en 1945:

“Las bombas terroristas -gritaba- no hacen distinción entre las casas de los ricos y las de los pobres; ante la violencia de la guerra total, las últimas barreras clasistas han tenido que desaparecer.
(...)
Junto con los monumentos de la cultura, se hunden también los últimos obstáculos que se oponían a la realización de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, tendremos que reconstruir Europa. En el pasado, la propiedad privada fue como una valla burguesa opuesta a nuestras ansias renovadoras. Ahora las bombas, en lugar de matar a todos los europeos, sólo han destruido los muros de la prisión en que permanecían encerrados… Al intentar destrozar el futuro de Europa, el enemigo sólo ha conseguido aplastar su pasado; y con él ha desaparecido todo lo gastado e inútil.”

La salvaje destrucción de la propiedad privada por los así llamados bombardeos-alfombra era interpretada como una peculiarísima manifestación de la doctrina de la guerra de clases, frente a la cual esa destrucción y esas matanzas se tornaban instrumentos saludables: servían para acelerar ese proceso de destrucción de un ideal de la propiedad.

No puedo dejar de pensar en el contraste brutal de España.

La subordinación de la propiedad al interés social puede que haya funcionado bien en países de tradición luterana, en los que la social-democracia ha sido un sistema ajeno a la desviación de poder: Alemania, Suecia, quizá Dinamarca, donde la sociedad aspira a la medianía y a la discreción, donde lo singular es visto casi con aversión.

Pero en España, donde todas las instituciones están corrompidas, este principio sólo ha servido de excusa para un abuso continuado, para arrebatar la propiedad privada a los débiles y para entregarla a los poderosos.

Ha servido para facilitar un tránsito perverso: el del caciquismo rural del siglo XIX al nuevo caciquismo urbano del siglo XX, mucho más rentable por las inmensas posibilidades de la especulación inmobiliaria en un país que procura concentrar a toda la población en grandes ciudades y abandona campos y pueblos, indicio incuestionable de decadencia y tercermundismo.

Ya hace algún tiempo se habla tímidamente de “la España vacía”, tristísima realidad.
El jurista que estudia la propiedad privada aprende que las mayores limitaciones a este derecho las ha establecido el Derecho Administrativo; singularmente a través de los instrumentos o procesos urbanísticos.

Si ya la teoría es mala -el que un Ayuntamiento, a menudo en manos de unos patanes, pueda entregar a un “agente urbanizador” el poder de decidir qué propiedades van a ser destruidas o expropiadas- la práctica ha superado los sueños de tiranos como Ceaucescu (que planeó derribar ciudades enteras en Rumanía, que serían sustituidas por un modelo uniforme de trama urbana).

Merced a estos instrumentos, las ciudades españolas se han convertido en megalópolis de bloques de pisos cortados por el mismo patrón de mal gusto y máximo volumen (y máximo beneficio para sus promotores).

En la costa mediterránea, bajo la excusa de deslindar y proteger la zona marítimo-terrestre, los talibanes de las Demarcaciones de Costas se han dedicado con una saña digna de mejor causa a la destrucción de todo aquello que oliese a singular o a antiguo, permitiendo en cambio que desde Barcelona al campo de Gibraltar, con pocas excepciones (como el cabo de Gata o parte de la costa cartagenera, en ambos casos por ser en exceso abruptas, no por amor al paisaje), toda la costa mediterránea española sea una muralla de ladrillos de un mal gusto supremo.

Diera la impresión de que es en España donde continúa el proceso que anticipara Goebbels; a pesar de que ninguna de sus ciudades padeciera una destrucción tan absoluta como Hamburgo o Dresde, la realidad muestra los centros históricos como si se hubieran tapado burdamente las heridas de una aniquilación total debida a una guerra de singular violencia: es el espectáculo del urbanismo salvaje, que el español asume como el ámbito de su existencia, acríticamente, incluso feliz de compartir el sueño en apariencia igualitario de vivir en un pisito; en suma monumentos del lumpen-desarrollo al servicio de la verdadera clase pujante en España: la lumpen-burguesía, que encuentra su existencia ideal en el seno de los partidos políticos.

Conviene usar este calificativo para distinguirla de esa burguesía culta que entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX convirtió las ciudades europeas en lugares mejores donde vivir, creando un paisaje urbano muy bello, que se complementó, casi nunca avasalló, a los edificios más antiguos, y donde siguió primando lo singular.

En la dignidad de los pobres cifraba Stendhal la grandeza del pueblo español, y a su juicio esto le hacía superior moralmente al francés. No nos engañemos; éste es un argumento sentimental, aquí usado al estilo de las Lettres persanes de Montesquieu para fustigar los propios vicios; al fin y a la postre, en los últimos siglos Francia ha dado mejores administradores de lo público que España, y como república, está en el papel bien fundada (Libertad, Igualdad, Fraternidad).

Ya en época de Stendhal (primeras décadas del siglo XIX), las clases dominantes de nuestro país eran ejemplo de ineptitud y falta de grandeza.

Las cosas no han mejorado, y hoy los principios constitucionales de facto en España siguen siendo la mediocridad, la venalidad y el nepotismo, justificadas a derecha y a izquierda con el cinismo habitual.

martes, 31 de marzo de 2020

Casa Spottorno


Esta casa es contigua a la mía. Una casa antigua más, de ésas que en Cartagena han venido siendo demolidas a centenares con verdadera saña criminal... y no por los bombardeos de 1874 o de la aviación franquista, sino por la Sociedad Casco Antiguo de Cartagena, que ha hecho con el patrimonio de esta ciudad lo mismo que los bomberos de Fahrenheit 451 (la distopía de Ray Bradbury) con los libros: reducirlos a cenizas.

Pero a veces las viejas piedras nos hablan, y eso nos sirve para quererlas más.

Ésta es la llamada casa Spottorno, un bello edificio de estilo isabelino, que en la región de Murcia no es muy frecuente.

Fue construida por un patricio cartagenero de origen genovés, Bartolomé Spottorno, que aparte de sus negocios, era cónsul de varios países, entre los cuales figuraban Prusia y Dinamarca, relevantes para las breves noticias que aquí os voy a dar. Su hija se casaría con el célebre filósofo Ortega y Gasset.

La casa posee muy bellas estancias, entre las cuales un gran salón de baile con artesonados y paredes pintadas al aceite.

Estuvo muchos años cerrada y deshabitada, y a punto de ser derribada; yo conocía a sus antiguos dueños, que me permitieron recorrer a mis anchas el edificio en días tan inciertos. Afortunadamente hoy viven allí personas amantes del patrimonio que la han ido restaurando primorosamente.

Bartolomé Spottorno fue uno de los primeros introductores de la música de Wagner en España, y daba conciertos en sus salones, los más reputados de la ciudad en su época, y a los que habitualmente acudían ilustres invitados; entre ellos estuvo el Gran Duque Alejo, hijo del zar Alejandro II, que visitó la ciudad con una flotilla de buques de guerra.

Otro ilustre visitante de esta casa fue Hans Christian Andersen, que al llegar a Cartagena en septiembre de 1862 lo primero que hizo fue ir a ver a D. Bartolomé, que para eso era su cónsul, como relata en la memoria de su viaje por España. Se hospedó al lado, en el hoy desaparecido Hotel de Paris, en la Plaza del Ayuntamiento, al que mi bisabuelo, négociant francés, surtía de barricas de genuino vino de Burdeos.

(Andersen deseaba ardientemente visitar España, cosa que hizo ya con los 58 años cumplidos. Tenía esa ilusión porque de niño conoció a los soldados españoles del Regimiento del Marqués de la Romana que estuvieron varios años en Dinamarca, y cuya memoria ha sido muy perdurable: congeniaron tan bien con la población civil que a ellos se sigue atribuyendo el que haya daneses de pelo oscuro; fueron los primeros hombres a los que allí se viera fumar cigarrillos, que ellos mismos se liaban; cuando se ordenó su repatriación algunos desertaron y se casaron con danesas. Andersen recordaba de su niñez a uno de esos soldados, que le cogía en brazos y le hacía besar una medalla que llevaba con una cinta al cuello...)

Hoy, en los bajos del edificio existe una bonita cafetería, llamada "El soldadito de plomo" en memoria del escritor, un lugar distinto, entrañable, donde se puede hablar, escuchar música, se ofrecen charlas... (incluso yo llegué a pronunciar una de ellas para la agrupación de Jóvenes Abogados, junto a mi amiga Rut Alvarez...).

Hay también un patio muy lindo, con miradores cerrado a la calle por un alto muro y portón, pero que yo veo desde mi casa, y donde a veces se han representado también obritas de teatro.

Cuando pases por la calle del Cañón, o de Príncipe de Vergara, o subas la Cuesta de las Monjas para ver el Teatro Romano, alza tu mirada a esas bellas formas de la casa Spottorno: son un pedazo de nuestra historia.

domingo, 29 de marzo de 2020

El año de la epidemia


La visión hiperrealista de la Gran Vía de Antonio López nos produce una emoción estética que nunca habría podido causarnos una fotografía.

Hasta hoy, cuando esa foto es perfectamente posible.

La visión de Antonio López es atroz porque no hay seres humanos, y en un lugar como la Gran Vía madrileña eso sólo puede significar que todos están (estamos) muertos.
(o bien porque estamos confinados por miedo a la epidemia, pero eso lo hemos sabido ahora)

A distancia (como fenómeno cultural), es la misma atrocidad que subyace en algo tan anodino como Cars, la película de dibujos animados de Pixar: presupone que ya no quedan humanos vivos.

Tras vivir estos días, no volveremos a ver imágenes como ésta de Antonio López con los mismos ojos.


lunes, 5 de noviembre de 2018

Sobre yugos y flechas, y sobre el mejor vino del mundo




He aquí una muy singular etiqueta de vino: la del Château Mouton Rothschild de 1924.

Era la primera cosecha en la que había impreso su impronta un entonces jovencísimo barón Philippe de Rothschild (21 años de edad), que de paso revolucionaba estéticamente el etiquetado del vino, al utilizar con tal fin una obra de arte singular.

La mayor parte de las marcas bordelesas continúan usando en sus etiquetas antiguas estampas o grabados con la imagen de sus châteaux, normalmente monumentales edificaciones que transmiten ideas conservadoras de nobleza y opulencia. Pero el Mouton, aunque posee uno de los mejores viñedos del mundo, no tiene ninguna mansión reseñable.

Y el barón Philippe fue cualquier cosa menos conservador: aunque usó esta  etiqueta durante varios años, a partir de 1945 cada una ha sido diferente a las anteriores. Incluso  constituyen un justificado objeto de colección, ya que sus diseños han corrido a cargo de artistas  de la talla de Picasso, Joan Miró, Dalí, Kandinsky, Chagall, Francis Bacon, Andy Warhol, Jeff Koons... Incluso el gran John Huston, cuyas dotes pictóricas eran desconocidas para muchos, fue el autor de la etiqueta de la añada de 1982.

El curioso lector puede visitar ese peculiar museo en la página de la bodega:

https://www.chateau-mouton-rothschild.com/label-art/discover-the-artwork

Fallecido el barón en 1988, su heredera, la baronesa Philippine de Rothschild, ha continuado esta tradición.

Pero volvamos a la etiqueta de la añada de 1924; de estilo cubista, su autor fue Jean Carlu, conocido por sus carteles publicitarios, algunos verdaderos iconos de su época. En la imagen se integran los motivos de la marca y de la familia: la silueta de los chais (las naves de vinificación, a falta de mansión), la cabeza de un carnero (en francés, mouton)… y un yugo y un haz de cinco flechas, superpuestos y en color rojo.

Sí, exactamente los mismos elementos, y con idéntico color y disposición, que los adoptados por José Antonio Primo de Rivera en 1933 para su partido, Falange Española.

¿Una mera coincidencia?

Adelanto que a mi juicio, no.

 Y por otro lado ¿Qué pinta el yugo y las flechas en manos de la familia Rothschild?

Pues mucho, porque ambos símbolos aparecen en el escudo que se dió el fundador de la estirpe, Mayer Amschel (nacido en 1744), pero por separado, uno a cada lado, exactamente con la misma disposición establecida por los Reyes Católicos.

Respecto al color, que Carlu mostrase el yugo y las fechas en rojo no fue un capricho. Rothschild significa en altoalemán “escudo rojo”, porque así estaba marcada la casa familiar en la Judengasse del ghetto de Frankfurt (destruida en 1944 durante un bombardeo norteamericano).


Destaquemos, sin embargo, que en la heráldica de los Reyes Católicos ambos símbolos están representados en color oro, como pueden verse copiosamente en los relieves de las techumbres de la Aljafería de Zaragoza.

Uno puede plantearse la posibilidad de que la prestigiosa familia Rothschild hubiese adoptado estos elementos heráldicos españoles por su origen sefardita, pero no es el caso: no es discutible el origen ashkenazi (judíos alemanes o centroeuropeos) de la familia.


Pocas veces una estirpe ha sido tan fiel a unos símbolos, pues el fundador, Mayer Amschel, inculcó en los suyos un espíritu de unidad, fidelidad y obediencia a los sucesivos patriarcas.

¿De dónde tomó, pues, el viejo Mayer Amschel el yugo y las cinco flechas?

A mi juicio, de las monedas de los Reyes Católicos. La familia Rothschild, como otras muchas familias judías, se había dedicado a operaciones de préstamo y a dar cartas de crédito. Desde el medievo, el respaldo del sistema financiero judío se basaba no sólo en el oro, sino en las monedas de prestigio, que hasta principios del siglo XIX fueron sobre todo españolas, por su abundancia y calidad (recuérdense los columnarios, las “piezas de a ocho” que cantaba el loro en la Isla del Tesoro de Stevenson, y que fueron el origen del dólar norteamericano, cuyo símbolo aún conserva las dos columnas de la monarquía Hispánica, los dos estremos del mundo…).

El conde Egon Caesar Corti, uno de los pocos que accedió a los archivos familiares de la Judengasse antes de su destrucción en 1944, nos da cuenta de que el viejo Mayer Amschel había sido consejero y suministrador de monedas de muy ilustres coleccionistas, hasta el punto de convertirse, con sólo 25 años de edad, en el proveedor oficial de los príncipes electores de Hesse (vid. CORTI, Egon Caesar, La Maison Rothschild, vol. I, Payot, Paris 1929, pp. 14 a 16).

El barón usó cinco flechas porque tuvo cinco hijos varones, en los que basó su expansión por Europa. Los Reyes Católicos, o más bien la reina Isabel, a quien representaba este símbolo, usaron indistintamente haces de sólo tres flechas hasta haces de una docena.

Aclarado el caso (o hecha la propuesta de aclaración) de los Rothschild, debemos volver a José Antonio Primo de Rivera. Una tradición que procede del mismo José Antonio quiere que el yugo y las flechas de Falange sean los del escudo de los Reyes Católicos, donde ya hemos visto que no tienen ni esa disposición ni ese color.

¿Pudo tomar José Antonio esta moderna representación de la etiqueta de Carlu?

Pienso que sí, lo que no significa en modo alguno que él no conociese el significado histórico de tales símbolos.

En abierto desafío al espíritu de los movimientos sociales de masas, ejercía en Madrid de elitista sin complejos, y se hacía rodear de un reducido y selecto grupo de poetas, aristócratas y dandys, que se jactaban además del disfrute de los mejores manjares.

Hablamos de Agustín de Foxá (que era conde), de Sánchez Mazas (padre del novelista Sánchez Ferlosio, también aristócrata y notable poeta), del también poeta Luys de Santamarina, del entonces vanguardista Giménez Caballero, de Mourlane Michelena, de Dionisio Ridruejo... todos ellos excelentes escritores, hoy olvidados por la tiranía de lo políticamente correcto.

Redimido sólo Ridruejo, porque vivió lo suficiente para renegar del franquismo, los demás murieron demasiado pronto (salvo Giménez Caballero), y aunque durante sus últimos años vivían de espaldas al régimen, no tuvieron tiempo de adscribirse a corriente o generación alguna ni a mostrar en sus escritos las razones profundas de ese distanciamiento. A mi juicio son todos en mayor o menor medida heterodoxos (siempre una difícil heterodoxia la de un falangista, mas no imposible), como explícitamente reconoce Andrés Trapiello de Foxá; personajes incómodos o desencantados en el estólido ambiente cultural de los años 40 y 50. Deberíamos ser capaces de leerlos como se lee en Francia a Louis Ferdinand Céline o a Drieu La Rochelle, no buscando justificación ideológica, ni rechazándoles, una vez constatado que no son nuestros gemelos homocigóticos… recordemos que la Literatura no constituye un plan de salvación político-social.

Para escarnio de los modernos papanatas, recuerdo aquí a un hombre tan comprometido con la República en el exilio como Max Aub, quien relató en esa crónica emocionante y desencantada que es La gallina ciega cómo en su primer regreso a España desde su exilio en México, a finales de los años 60, va a Barcelona en busca de su amigo de juventud, Luys de Santamarina, falangista amigo del fundador, pero condenado al ostracismo por el régimen de Franco. Beben juntos en un bar cualquiera, un lugar anodino; allí se encuentran dos hombres cansados, qué más amargo, el exilio interior de Santamarina, o la pérdida física de la patria de Max Aub. Se enfrentaron en la guerra, pero queda aún la amistad, la recíproca admiración de dos excelentes escritores.

Pero volvamos a la corte joseantoniana y a sus soirées: José Antonio, además de frecuentar la mejor mesa madrileña en el restaurante Rimbombín, en el Ritz o en el Savoy, había sido el creador de las “cenas de Carlomagno” en el Hotel de París de la Carrera de San Jerónimo. En esas teatrales cenas, a las que sólo acudían sus selectos amigos preceptivamente vestidos de smoking, bajo la luz de candelabros de plata (pas d’électricité, merci), se comían rebuscados manjares (como la carne de tortuga) y se reservaba un sillón vacío con una piel de corzo para Carlomagno, que desconsideradamente, siempre faltaba a la convocatoria.

Nadie lo ha comentado, y yo no estuve allí, pero estoy seguro de que no bebían el valdepeñas de entonces.

¿Tuvo José Antonio trato personal con los Rothschild?

De un modo u otro, sí.

Su padre, el general Miguel Primo de Rivera, favoreció durante su mandato todos los negocios de la  familia de banqueros, que era dueña de los más importantes recursos mineros (Almadén, Ríotinto, Peñaroya…) y ferroviarios de España. Fue bajo su dictadura que se promulgó una ley que concedía la nacionalidad a los sefarditas y se abrió en Madrid la primera sinagoga desde la expulsión en el siglo XV (llamada Midrás Abarnabel, situada frente al Teatro de la Comedia).

Fue financiada por un notable prócer judío, Ignacio Bauer, amigo personal de Alfonso XIII, cuyo palacio en la calle San Bernardo frecuentaba José Antonio, que recordemos, era marqués de Estella, Grande de España y gentilhombre de cámara del rey, y que estaba fascinado por la belleza de las hijas del patricio (Alfredo Amestoy, Tras las huellas de Jose Antonio en Madrid, sus pasos contados, 2015). Los Bauer llevaban desde 1856 en España, como representantes y encargados de negocios de la casa Rothschild, con quienes estaban además emparentados. Cultivaban el lujo, y sus salones imponían moda.

No es nada extraño que allí José Antonio conociese el Château Mouton.

En aquella época (años 20 y 30), el vino de mesa español carecía absolutamente del prestigio que hoy posee, y todos los buenos restaurantes exhibían en sus cartas media docena de vinos franceses como lo más excelso. Normalmente algún Champagne, algún clarete de Borgoña (lo más frecuente, el Chablis), y siempre varios Burdeos: los más selectos, en los mejores restaurantes, el Château Mouton, junto al Margaux, el Lafite o el Petrus. Tal es de ver en las viejas cartas de vinos de locales como Lhardy, en Madrid. También en boca de los mejores gourmets españoles, como Julio Camba, que en la década de 1920, en su muy recomendable La casa de Lúculo se lamenta de la mala calidad de los vinos de Rioja, y hace una detallada exposición de todos los grands crus de Burdeos, recordando al menos media docena de añadas de Château Mouton y de Château Pouget como quintaesencia de lo exquisito…

Afortunadamente, han cambiado mucho las cosas desde entonces.

Otro Hotel de Paris, el de Cartagena, era famoso en la ciudad por su excelente bodega de vinos de Burdeos. Años antes, un antepasado mío, marchante de esos vinos, tasaba los perjuicios sufridos tras la insurrección Cantonal, pues los revolucionarios se habían bebido absolutamente todas las barricas de vino sin pagárselo al dueño, lo que sin duda les insufló bon courage para repeler los ataques de los centralistas.

En suma, José Antonio por fuerza conocía el Château Mouton Rothschild como paradigma asociado a las élites, y más que posiblemente la adopción de la simbología falangista fue una mezcla de boutade y recuperación de un símbolo histórico de la monarquía Hispánica, en torno a una buena mesa, con alguna botella de Mouton vacía y el ambiente lleno de humo de buen tabaco cubano. Y eso explica la coincidencia de color, número de flechas y disposición del símbolo adoptado por la Falange, entre todas las opciones posibles.

De paso, el gesto posiblemente servía para recordar a los Rothschild que el uso de unos símbolos nítidamente hispánicos era punto menos que una usurpación.

Para terminar, y para aquellos que arruguen el ceño al leer acerca de ciertos vinos bordeleses, hemos de decir que éstos siguen brillando a gran altura, y no sólo por su precio inmoderado, al fin y al cabo fruto de la ley de la oferta y la demanda: lo que tienen en común vinos como el Château Mouton, el Lafite, el Pétrus o el Latour, es una longevidad casi sobrenatural. Cuando sus hermanos de cosecha de cualquier parte del mundo están muertos, ellos empiezan a desplegar unos aromas diríase feéricos.

El gran Robert Parker, en su voluminosa Guide des vins de Bordeaux, su obra más personal y apasionada, y en todo caso uno de los libros más interesantes jamás escritos sobre el vino, cuenta del Mouton de 1945 (degustado en 1997) que le otorgó 100 puntos únicamente porque el baremo de notación no permitía ir más allá; consideraba este vino una verdadera leyenda del siglo XX:

“...destacables aromas exóticos, suaves y maduros, a frutos rojos, a café, a tabaco, a moka y a especias orientales… el conjunto, opulento y rico, manifiesta una densidad extraordinaria… el final, largo de más de un minuto, revela un bello despliegue de extractos de fruta y suaves taninos… de este vino es destacable su juventud… ¿durará aún otros 50 años?” (PARKER, Robert, Guide Parker des vins de Bordeaux, Paris 2005, p. 254)   

Y sobre el Château Lafite, también propiedad de los Rothschild, relata algunas experiencias casi sobrenaturales al degustar en 1995 una serie de cosechas del siglo XIX, entre ellas, la de 1832 (sic), que aún exhalaba “… una nariz de caja de tabaco, de té helado y de hierbas, y presenta en boca aromas frágiles, ligeramente cerrados… encuentro destacable que este vino aún conserve aroma a fruta...”; o las de 1849 y 1865, a las que se atreve a augurar aún sus buenos 50 años de vigencia. De la última, dice: “mi nota de degustación comenzaba con un muy elocuente “Ouahou!!”… este vino de otro mundo aún muestra un color granate mediano, ligeramente oxidado y anaranjado por los bordes… el final, largo y voluptuoso expresa la perfecta redondez… es difícil imaginar un vino de 130 años, elaborado en vida de Robert E. Lee y de Ulysses S. Grant, feroces adversarios durante la Guerra de Secesión, en tal grado extraordinario, pero aquí está… lo he visto, olido, degustado y bebido. ¡Es irreal!” (PARKER, op. cit., p. 227).

En todo caso, el yugo y las flechas, superpuestos y en rojo, son hoy para todo el mundo el símbolo de la Falange, y nunca más volvieron a ser usados como los dibujara Carlu por los Rothschild, aunque éstos los sigan exhibiendo por separado, exactamente tal como lo hacían Isabel y Fernando...



martes, 28 de febrero de 2017

Smoking room





In the days of lace-ruffles, perukes and brocade

RUDYARD KIPLING



—T'is for high-treason quoth a very little man,
whispering as low as he could to a very tall man
that stood next him.
—Or else for murder —quoth the tall man.     
—Well thrown, Sice-ace! —quoth I.                
STERNE
Tristram Shandy, cap. CCVIII

Larga soirée de otoño
         un salón abierto
en ventanales sobre un porche
      llega olor a jazmín

(las luces son tenues y amarillentas;
en las paredes se enfrentan
                               doradas
                               cornucopias)

Sinuosos sofás se abandonan
                           en un sueño
                            de labrado
                             terciopelo
                           geométrico

(alternan con mesitas de caoba de la India
que habrían sido caras a Kipling
sostenidas por cabezas de elefantes con colmillos de marfil)

Un fuego calienta la estancia
crepitan mondas secas de naranja
En la mesa del salón se fuma
                                se juega
                                indolentemente al pináculo

Alguien propone pasar al poker
hay quien lo reputa una ordinariez
Alguien sugiere hacer café
Alguien huele con unción
                                       una caja de tabaco
Algunos (émulos de Samuel Beckett)
convienen en que habría que hacer algo

levanto la mirada de las cartas
por el pálido ventanal pasa
                           fantasmal
            un vestido de mujer